La poética continua del color

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En la primera mitad del siglo XX, México vivía el más esperanzador renacimiento cultural. Filósofos, literatos, pintores, músicos y poetas dedicaban su obra y pensamiento a proyectar una idea de país a través del juego con la historia y sus signos. A un lado o en contra del partido oficial y su revolución ad hoc, la vena creativa de los artistas se satisfacía en la experimentación de formas expresivas, que desde el grupo o la intimidad, buscaban su rostro. María Izquierdo (1902-1955) comienza a encontrarlo a través de sus primeros retratos. Hoy, a 54 años de su muerte, la recordamos.
Con el apoyo de Carlos Mérida, la pintora jalisciense, nacida en San Juan de los Lagos, efectúa su primera exposición en 1929. En la galería del Teatro Nacional, hoy Palacio de Bellas Artes, Izquierdo presenta el primero de sus universos, uno que quizá pueda explicarse a través de Belén, el retrato de su media hermana adolescente.
El tratamiento del espacio es de gran sencillez. Precisamente por ello, cada uno de los objetos que intervienen multiplica su importancia y poder. La joven está de pie y mantiene una pose de modelo. Su expresión no es suave: al contrario, guarda una contrastante dulzura, con base en la seriedad y rudeza de su morena presencia. El equilibrio se consigue con el mueble en el que se apoya. Ahí, sobre un mantel blanco, está la dócil ingenuidad del mundo cotidiano: una diminuta maraca de madera, una canasta verde con flores. María Izquierdo cerró la composición con una manzana que descansa a un lado de las zapatillas negras de la chica. Así nacía la elegante simplicidad que caracteriza su obra.

Presencias e influencias
“El talento de esta mujer es equilibrado y ardiente, pero reservado y contenido, desarrollándose más en profundidad que en superficie. En sus pocos años la corriente de la vida ha debido dejar muchos sedimentos en el fondo de un subconsciente”. Así describía Diego Rivera la obra de Izquierdo en el catálogo de su primera exposición individual.
En el mismo año de su exposición y desilusionada por los juicios conservadores de los que su obra fue blanco, María Izquierdo deja la Escuela de Bellas Artes en 1929, para tomar su propio camino.
Viaja a Nueva York en 1930, para exponer en el Art Center y convertirse en la primera pintora mexicana en hacerlo en Estados Unidos. En Nueva York se acerca a la obra de los “fundadores de la pintura moderna”, como Cézanne, Van Gogh, Gauguin y Seurat, quienes influyeron definitivamente en el proceso creativo de la pintora.
Luego vendrían más ciudades para presentar su obra: Tokio, Bombay, Santiago, París. Durante ese tiempo la pintora se vinculó sentimentalmente con Rufino Tamayo, con quien viviera por más de cuatro años. Las producciones de ambos conservan empatía estilística, tanto en los temas como en la paleta de colores.
Pinturas como La sopera (1929) y El teléfono (1931), condensan el valor de los objetos comunes en la medida en la que comparten la habitación, el espacio. Claramente influidos por la apuesta estética de Tamayo, ambas pinturas dejan atrás la frontalidad de cuadros anteriores, para hacer crecer la escala de figuras aparentemente simples, pero que tienen la capacidad de llenar el espacio. Hay una intención clara de privilegiar los objetos a través de posicionarlos de manera diferente, así como de la utilización de colores más profundos.
La abstracción iba ganando espacio. Le Corbusier, con sus tratados sobre el arte, pero sobre todo con su pintura y su obra constructiva impacta notablemente la dinámica de creación artística de esos años. Izquierdo recupera el acento que este artista francés imprime a las formas geométricas, consiguiendo dotar de fuerza sus figuras, que subraya al colocarlas sobre líneas dobles que marcan puntos de fuga cruzados.

El México de Izquierdo
El peso religioso del arte virreinal, así como el sincretismo de las reivindicadas fiestas tradicionales mexicanas, fueron nutriente de la obra de María Izquierdo, como también las vanguardias, la experimentación constante que tuvo con los materiales y el pensamiento e ideas que aparecían atropelladas en el escenario creativo de la primera mitad del siglo XX.
Antonin Artaud mueve su sensibilidad y la obliga a seguir buscando atrás de cada uno de los escenarios coloridos mexicanos, que tanto se celebraban entonces.
Izquierdo padeció también el competido monopolio artístico de los muralistas Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, quienes bloquearon en más de una ocasión sus esfuerzos por pintar murales en la ciudad de México.
Finalmente María Izquierdo muere en 1955, tras sufrir un derrame cerebral.
El mundo de la crítica de arte, pero sobre todo el marketing, han convertido a figuras como Frida Kalho y Lola ílvarez Bravo, en iconos del nacionalismo feminista reciclado. Las dos Fridas decoran un par de tenis, las fotografías de Lola se venden como loterías y mouse pads. Las playeras con el rostro de la mujer con una sola ceja, se producen tanto como las del Che o Coca Cola.
Hablar del arte plástico creado por mujeres, parece un asunto más de copy right y de “fashion”, que de estética. Para nuestra fortuna, hoy todavía María permanece un poco al margen de esta dinámica mercantil. Sin lugar a dudas su obra cuenta otra historia. No se trata de pintura femenina: se trata de la creación de una artista que buscó honestamente desde todo lo que tuvo y fue, una habitación propia, un escenario distinto al del nacionalismo purista de aquellos años.