La pluma sardónica de Bierce

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La guerra es un producto derivado de las artes de la paz y Ambroise Bierce (nacido en junio de 1842, en Ohio, Estados Unidos) se unió como voluntario en un regimiento de las fuerzas unionistas en la guerra de secesión. Y fue herido. Se dedicó al periodismo. Vivió en Londres, donde escribió sus primeros relatos cortos. Terminó sus días en territorio mexicano, convulso entonces por la revolución, donde se cuenta, se unió, en calidad de observador, al ejército de Pancho Villa, donde se perdió su rastro.
Llevado a personaje de ficción por Carlos Fuentes en Gringo viejo, Bierce, en una carta de 1913, escribe antes de partir rumbo a nuestro país: “si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México –¡ah, eso sí es eutanasia!”. Al fin, la muerte es, según la descripción que da en su Diccionario del diablo, acabar con el trabajo de respirar, terminar con todo el mundo, completar la loca carrera.
De acuerdo a una anécdota sobre Bías de Priene (uno de los siete sabios), narrada por Plutarco, se le envió a éste un animal, pidiéndole lo devolviera después de haberle privado de la parte del cuerpo que fuera la más excelente y la más perversa; el sabio como respuesta regresó al animal luego de haberle quitado la lengua. Así, la pluma de Bierce, excelente y perversa, destacó en el ámbito periodístico, al que se consagró durante 30 años, publicando en revistas y diarios de California.
Heredero de Poe, de la recreación de atmósferas desasosegantes, del horror. Sitios semejantes a la boca del infierno, inhóspitos precipicios, poderes oscuros que moran en el corazón humano, son parajes de obras como la novela corta El monje y la hija del verdugo.
¿Es que el hombre se acostumbra a vivir en lugares malditos, abandonados? “Porque el abismo no es un lugar / porque el abismo es una emoción / porque el abismo es una intensidad // Cuidado con las sogas / cuidado con los cuchillos / cuidado con las flores”, escribe el poeta chileno Héctor Hernández. Cuidado con el hombre, añadiría Bierce. El lado oscuro palpita junto, muy cerca, casi dentro de las ideas de redención, amor y sacrificio; el hombre es el patíbulo.
En los cuentos que forman parte de El clan de los parricidas, el asesinato no es únicamente, como en De Quincey, visto como acto estético, mucho menos desde la perspectiva de la consideración moral. Es algo inherente al hombre: siendo la libertad “una de las posesiones más preciosas de la imaginación”, parece que no hubiera posibilidad de conducirse de distinto modo. Parece que el famoso aceite de perro adquiere propiedades curativas cuando se hace con humanos y una caja –obra de la más bella artesanía– que tocaba gran variedad de melodías, además de silbar, ladrar, cacarear y recitar los diez mandamientos, y es motivo razonable para arrancar la vida de los padres.

La ebriedad de la decepción
Bierce definía el optimismo como una “doctrina o creencia según la cual todo es bello, incluido lo que es feo; todo es bueno, sobre todo lo malo; y todo lo equivocado es acertado […] Tratándose de una fe ciega, no corre el peligro de que la deslumbren las luces de la refutación; se trata de un trastorno intelectual que no tiene más tratamiento que la muerte. Es hereditaria pero, por suerte, no es contagiosa”.
El ojo mordaz de Bierce (Bitter Bierce, como lo llamó un crítico) personifica el desencantamiento de la creencia en que vivimos en el mejor de los mundos posibles, convencido de que –según piensa también E. M. Cioran– las grandes decepciones de la vida se deben a que nos hemos hecho una falsa idea de ésta y el hombre detesta al hombre (la felicidad, leemos en el Diccionario del diablo, es la “agradable sensación producida al contemplar la desdicha ajena”). El autor estadunidense mira las posibles perspectivas en que se sitúan los hombres para percibir y enfrentar las cosas, da cuenta de que la vertiente trágica de la vida puede ser cómica, de que hay, gracias a la ironía, otra manera de estar en el mundo.
Su humor cáustico y su pesimismo responden al ejercicio de poner en entredicho cuestiones que a veces se toman como evidencias: la bondad esencial del hombre, la libertad, la hermandad, etcétera. La ironía no es meramente un recurso retórico, sino el terreno en que se planta Bierce para sacudir (desde la literatura, el periodismo o el mencionado diccionario), las ideas convencionales, heredadas, palabras huecas, ilusiones. Mostrar, con la lucidez que lo caracteriza, lo fácil que es creer esas quimeras; mostrar el otro rostro de las mismas realidades. Y, en definitiva, dejar traslucir por medio de la ironía, la falta de seriedad de la existencia.
El infierno son los otros, formuló Sartre, pero la amargura bierciana se nutre de la ebriedad (en su sentido más amplio), lejos de confinarnos a cárceles de tristeza, constituye un legado victorioso, pues como hace ver Cioran, la risa es el único y verdadero triunfo sobre la vida y la muerte.