La literatura pierde a uno de sus últimos “rudos”

El pasado miércoles murió el escritor brasileño Rubem Fonseca, quien en su obra retrató con un estilo seco, áspero y directo la lujuria, la miseria y la violencia

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A la memoria del narrador
Octavio Romero

 

Directa, dura e inusual, así es la prosa del narrador brasileño Rubem Fonseca, quien la mañana del miércoles 15 de abril murió a los noventa y cuatro años, de un infarto en su departamento de Río de Janeiro, de acuerdo con comunicado del diario O’Globo.

Fonseca dedicó sus mejores momentos creativos al género del cuento, variedad narrativa en la cual nos ha entregado magníficas piezas, deliciosas fábulas que hielan la sangre por sus descarnadas historias, obras que se antojan siniestras, muy de este loco mundo moderno.

Entre sus mejores libros de cuentos están Feliz Año Nuevo (1975) y El cobrador (1979); pero también ha hecho entrega de historias más largas, menos concentradas, que, de igual manera, logran su afán: ofrecer al lector una imagen de la realidad, no solamente de su país, sino del orbe.

Sus novelas más conocidas son El caso Morel (1973), El gran arte (1983), pero sobre todo la muy celebrada Buffo & Spallanzani (1986), conocida también como Pasado negro en castellano.

Con esta novela se dio a conocer ampliamente en México y en ella se encuentran algunas de las claves de su ficción: el crimen, el sexo y la música clásica.

Fonseca en Guadalajara

La biografía del narrador es singular. Nació en Juiz de Fora, Minas Gerais, el 11 de mayo de 1925 y estudió Derecho Penal. Perteneció al cuerpo policiaco de su país, de donde extrajo con toda seguridad —muy a su modo—, algunas de las historias que fueron cuentos, novelas o guiones cinematográficos.

Comenzó tarde en la literatura, de acuerdo a su leyenda, fue hasta que tenía los treinta y ocho años cumplidos que dedicó todo su tiempo a elucubrar o a recordar las historias de violencia que caracterizan a su literatura.

La editorial española Bruguera comenzó a publicar su obra en castellano en los años setenta, y muchos de sus libros, cuando llegué a Guadalajara (hace al menos treinta y cinco años), las encontré buceando en los estantes del fondo de la ya desaparecida Librería Casarrubias.

Desde mil novecientos ochenta y seis, año en que conocí a Rubem Fonseca, Feliz Año Nuevo y El cobrador se convirtieron en parte de mis libros de cabecera y a los que les debo mucho. Luego, llegarían los demás, pero sin Pasado negro (y sus cuentos leídos) nunca hubiera escrito algunas de mis novelas, como Miedo al vacío y Cazadores de gallinas, tan llenas de esa violencia y sexo.

Cuando en el dos mil tres la Feria Internacional del Libro (FIL) lo reconoció con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (hoy Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances), lo fui a ver en todos los eventos donde se presentó.

Me sorprendió mirarlo de cerca. La primera vista fue en la entrada de la FIL, donde una televisora internacional lo entrevistaba. Su aspecto extraño dio cuenta de sus trabajos literarios para mí: vi la viva presencia de un sepulturero: delgado y elegante, su rostro era la de un muerto viviente. Aunque vivaz y lleno de humor, me recordó que no es sencillo abismarse a ninguna de sus obras.

Rubem Fonseca siempre fue un autor que no dio concesiones: es molesto si uno no se introduce y logra entender que lo que se cuenta es una historia que bien puede estar ocurriendo ahora mismo, en Guadalajara, o en cualquier lugar de la tierra.

Sin embargo, de manera puntual, y con un estilo seco, áspero y directo, retrató la violencia humana, la lujuria. En cada una de sus obras Fonseca abrió los mundos de la sociedad marginada, de los seres resentidos, de los asesinos, las prostitutas, la de la gente que vive en la miseria y la demencia existencial que hoy y siempre han sido pan de cada día.