La libertad mancillada

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Tres atributos distintivos de lo humano son la racionalidad, el saber como recurso para orientar nuestra vida y la posibilidad de ser libres. Las acciones individuales o colectivas en contra de los rasgos aludidos son acciones contrarias a la humanidad. Estas cualidades distinguen a los hombres, porque no hay manifestaciones contundentes de que otras especies realicen acciones que impliquen una participación amplia de abstracciones intelectuales para orientar su vida. Dicho de otra manera: las acciones individuales o colectivas en contra de las manifestaciones de la inteligencia son un atentado a lo humano.
Una primera impresión nos haría sospechar que nadie en su sano juicio trasgrediría contra la inteligencia, pero una mirada desapasionada del comportamiento humano nos ayuda a constatar que se ha atentado y se sigue atentando en contra de lo distintivo del hombre.
Antes de mostrar algunos casos ejemplares, me permito aclarar algunas nociones.
Sin lugar a dudas hay otros atributos que distinguen a lo humano en el plano biológico, emocional y social; lo biológico es el sustrato material de las cualidades intelectuales que, hipotéticamente, podría ser distinto a como lo conocemos; lo emocional también forma parte de las características aludidas y lo social es una manifestación de estos rasgos; por ello podemos centrar la comprensión de lo distintivo del hombre en lo que reconocemos como cualidades intelectuales.
La más clara manifestación del entendimiento tiene que ver con la libertad, esto es, fundar en la razón el móvil de nuestras decisiones, acciones y proyectos de vida. La libertad es una manifestación distintiva del hombre por sus expresiones; sólo el hombre hace ciencia, tecnología, filosofía, religiones y construye sistemas de valores que se manifiestan como principios para forjar su vida. Sin embargo, a pesar de que el intelecto y la libertad son características distintivas del hombre, hay algunas personas que renuncian a éstas y hay individuos que se aprovechan de tales renuncias en beneficio propio. En otras palabras, la libertad en tanto móvil de la acción humana, cuando llega a ser controlada por otro, legitima las condiciones para la subordinación y el dominio.
Digámoslo en otros términos: si por libertad entendemos la propia determinación de nuestros actos fundados en nuestra inteligencia, entonces quienes renuncian al uso del entendimiento para tomar decisiones, son proclives a ser serviles ante quienes no dudan en aprovecharse de la inteligencia para actuar.
Parece extraño, pero es más común de lo que podemos imaginar: la renuncia al uso del entendimiento y, por ende, de la libertad.
Lo anterior facilita la propagación de los esquemas de subordinación. Una representación básica de subordinación podemos describirla en los siguientes términos: una persona se aprovecha de la renuncia al uso de la inteligencia del otro para obtener un beneficio.
Renunciamos a nuestra libertad cuando preferimos que otros decidan por nosotros, por pereza de pensar o por temor de convertirnos en responsables de nuestras decisiones. La consecuencia negativa más común de la pereza de pensar es convertirnos en víctimas del engaño y el temor de asumir una responsabilidad. Esto nos coloca en el papel de servidores de aquellos que sí son capaces de afrontarlas.
Kant suponía que a pesar de que se valora el pensamiento, siempre habrá otros que lo obstaculizan, porque de ahí obtienen beneficios.
Entre las formas más ordinariamente utilizadas para promover la renuncia a la libertad destacan la seducción y el temor. Mediante la seducción se admite un mundo fantástico, pero carente de sustento, y mediante el temor se suscita el alejamiento de las ideas propias por la figuración de un supuesto infierno tampoco confirmado. De esta manera el político dice: “Votando por mí el mundo será mejor y el otro será un peligro”. El empresario dirá: “Consumiendo mis productos satisfaces tus necesidades o, de lo contrario, tendrás carencias”. El religioso persuade para que se sigan sus creencias bajo la promesa de un paraíso o un castigo eterno.
En toda relación de poder que lleva implícita una relación de subordinación, se encuentra implícita la renuncia al uso de la inteligencia como recurso de superación de la desigualdad. Es cierto que hay instancias que a través de amenazas o actos reales de terror doblegan nuestra pretensión de libertad, pero resulta inaudito responder a la irracionalidad con dosis más altas de irracionalidad.
El anhelo de libertad acompaña la historia de los pueblos, así como las estrategias para obstaculizar sus manifestaciones. En las sociedades actuales han surgido nuevas formas de atentar contra la autonomía, poniendo como bandera nociones asociadas a la propia libertad. En el plano moral el “bien” se asocia con la posesión de recursos materiales, en que el uso de la inteligencia deja de ser un recurso de liberación para convertirse en un medio de acumulación.
A nivel político la “democracia” dejó de ser un recurso para consensuar las voluntades de la comunidad y se ha transformado en un recurso que justifica el poder de minorías oligárquicas. Y en el plano estético la noción de la “belleza” no es más un asunto de elección individual, sino la manifestación de lo dictaminado por emporios como el cine, la música y los medios de comunicación.
La ansiada libertad de los individuos y las naciones sólo puede alcanzar un puerto seguro en tanto que florezcan instituciones realmente estimulantes del intelecto, y los individuos reconozcan que la construcción de una auténtica democracia, un creciente desarrollo de la ciencia y las artes requieren también una voluntad que ponga la razón en la base de su actividad.