La enérgica sensualidad

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La sensual asimetría del mundo vegetal, el salvajismo domesticado de un jardín de helechos y la sinuosa composición de la figura femenina, dominaron la creación del art nouveau. Luego el art decó dio paso al imperio de la línea recta y la formalidad del lenguaje geométrico. Eran los años de entreguerras.
A principios del siglo XX, después de la primera Guerra Mundial, el mundo occidental tuvo la certeza de que la verdadera transformación del pensamiento venía de la Revolución Industrial. En los años 20 y 30 la industria metalúrgica había demostrado su poder. La electricidad, así como los avances tecnológicos que crearon las nuevas máquinas (locomotoras, automóviles, aviones), fueron los motivos principales para la creación artística y el diseño de las artes decorativas, que hasta hacía poco habían sido ocupadas por libélulas y flores de Tiffany.

La metrópoli como meta
El art decó responde a la demanda de la sociedad, que tiene la intención de modernizar la fisonomía del concepto ciudad. Se trata de “metropolizar” los ambientes, de dar idea de desarrollo y bienestar. La contundencia de esta necesidad se encuentra principalmente en la arquitectura, el diseño industrial, gráfico y de interiores; en las artes visuales, en el grabado, la litografía –recientemente aparecida en esos años–, y con menor intensidad, en la pintura y la cinematografía.
Esta sublimación de lo aerodinámico, que consigue lo cúbico geométrico, tiene su inspiración en vanguardias como el constructivismo, futurismo y cubismo, así como en importantes descubrimientos arqueológicos en el antiguo Egipto.
Todo este pensamiento lo sistematizó el colectivo dedicado a las artes decorativas de vanguardia que formaron artistas franceses como Raoul Lachenal, Hector Guimard, Emile Decour, Paul Follot y Eugí¨ne Grasset, pero no fue sino hasta 1966 cuando con motivo de una retrospectiva del Musée des Arts Décoratifs, en París, se acuña el término art decó para dar nombre a la serie de obras creadas con este sello.
México no estuvo al margen de esta tendencia. Arquitectos como Manuel Ortiz Monasterio, Bernardo Calderón, Luis ívila y Vicente Mendiola, expresan el rostro opulento de los años 20 y 30 en nuestro país. El funcionalismo expresionista de sus edificios permanece en obras como el edificio Moro (sede de la Lotería Nacional), el Palacio de Bellas Artes, a pesar de su eclecticismo, y el Antiguo Hospital Civil de Tampico, entre otros.

El retrato del art decó
Esta nueva opulencia buscaba demostrar la superación de las experiencias de los conflictos bélicos a través de la demostración de una vida elegante y moderna. Las élites de esos años gustaban del jazz, del cine y sus grandes estrellas. Se abrían a experiencias de todo tipo, como el consumo de drogas o la bisexualidad. Sólo así consideraban ser cosmopolitas, sin olvidar la importancia del glamour.
Pocos personajes consiguen tal congruencia con su época como Tamara de Lempicka (1898-1980). Pintora nacida en Varsovia, tempranamente inscribe su obra en dos aspectos: en el postcubismo y el manierismo modernista, movimientos estéticos de ese periodo, y en el gusto por interpretar la buena vida que otorga la libertad de costumbres. El retrato será para ella el mejor camino para la síntesis de sus intereses estéticos.
Favorecida por su nivel económico, Lempicka crece en un hogar cultivado. En 1916 se casa con el conde Tadeusz de Lempicki, en San Petersburgo, lugar del que sale con su esposo una vez iniciada la Revolución de Octubre. La pareja se establece en París. Tamara comienza a tomar clases con los pintores Maurice Denis y André Lhote. También ahí realiza sus primeras exposiciones, como la de la Galerie Zak, con un éxito notable.
En 1929, luego de terminar su relación con el conde ruso, hace su primer viaje a Estados Unidos para participar en el salón anual del Carnegie Institute en Pittsburg. De ahí en adelante viajará con mucha frecuencia. Vive y expone en París, Nueva York, Houston, Los íngeles e incluso en Cuernavaca, a donde viaja para pasar sus últimos años.
Lempicka no se queda al margen de los avances tecnológicos de los que fue admiradora. Vive entre vuelos trasatlánticos y maneja automóviles lujosos. La vida que lleva le permite establecer contacto directo con recursos plásticos como el stream line y el zigzag, que si bien fueron usados mayormente por la arquitectura decó, la pintora los integra con fuerza en sus retratos.
Las figuras de Lempicka están cargadas de la fuerza fría que posee la corriente del agua, la energía lumínica y la dureza de las máquinas. La ruptura femenina de la tradición no sólo está en las mujeres que pinta. Ella misma la representa. Su actitud y estilo es intenso, desafiante, sensual, provocador y enérgico al mismo tiempo.
La aristocracia, a la cual siempre perteneció, siguió a Lempicka hasta modernizarse. Los viejos cánones estéticos y costumbristas se renovaron con la frescura de las sólidas líneas de su pintura, el sensualismo de la moda y sus desnudos, así como el extraordinario manejo de su técnica.
Actualmente el Palacio de Bellas Artes presenta, hasta el 2 de agosto, una exposición retrospectiva de Lempicka, compuesta por 88 obras. Vale la pena el viaje.

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