La blanca flor de Arreola

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Arreola fue, ante todo, un experimentador de registros narrativos y un consumado fabulador satírico de la existencia humana. Sus cuentos ofrecen la oportunidad de mirar y de mirarnos, y da cuenta de cada detalle de nuestros actos y hace de una sola vez una crítica, y eso lo convierte en un autor moralista muy cercano a Esopo.

En cada uno de sus cuentos parecería que el lector se hallara ante el descubrimiento de un escritor nuevo: Arreola crea y pule —cada vez que escribe— un mundo. Los universos arreolinos son piezas de joyería únicos. Es un artesano que después de terminar su creación —y de colocarla en la mesa de trabajo—, destruye una y otra vez los moldes para volver a comenzar, luego, desde el principio.

Leer su obra completa es encontrarse ante varios escritores y uno en su totalidad. Quizás por eso, de manera atinada, Alberto Paredes en Figuras de letras, dice que Arreola es “un laberinto y un laboratorio”.

Afirma Paredes que “la unidad de los textos de Arreola se sustenta en un extremo por la misma y continua visión del paisaje humano; ahí donde sátira, ironía y fábula moral son lo mismo actitud que género literario y soporte narrativo”.

Y después lo describe con exactitud cuando dice que en el otro extremo de su prosa está “la precisión verbal como necesidad y como compromiso en tanto escritor” y es “la rúbrica reconocible de Arreola”.

El fabulador de Zapotlán es, ante todo, un estilista, muy cercano a la tradición fundada por Julio Torri y Alfonso Reyes y algunos de los autores del grupo de los Contemporáneos.

“El cuidado estilístico y narrativo de Arreola —dice Paredes— es una oportuna llamada de atención a la importancia artesanal e intelectual que el escritor debe tener para con su material de trabajo e imaginación: las palabras”.

Juan José Arreola, tras una larga enfermedad, murió el tres de diciembre de dos mil uno. Yo, que había leído infinitamente sus obras, pero en especial La feria (1963), como muchos, me sentí dolorido.

De La feria, en mil novecientos setenta y dos, Octavio Paz había dicho que es una “…obra en la que la prodigiosa pirotecnia verbal se alía a la mirada, a un tiempo imparcial e irónica, de un historiador de las costumbres y las almas”.

Y el cuatro de diciembre la imagen que yo veía, me probaba que todo artista, en cierto momento, se convierte en parte de su propia escritura, pues vi llegar el féretro donde estaba el cuerpo mortal del narrador de Zapotlán, y todo hacía recordar su trabajo y su persona. Una larga fila de gente lo seguía y recordaba a alguna escena de su novela. Fue entonces Guadalajara, Zapotlán. Fue el Paraninfo el templo de la velación. Fuimos todos personajes de una imaginación en ese momento ya dormida, pero despierta en cada uno de sus cuentos.

Yo me paré a la entrada del recinto, sobre la escalinata, para ver pasar por vez última a Arreola. Al féretro de finas maderas lo adornaba un arreglo de rosas blancas, que a esa hora de mucho sol resplandecían. A su paso no pude evitar la tentación de alargar mi brazo y tomar una, guardarla en el bolsillo interior del saco y, luego que vi perderse el ataúd donde estaba el cuerpo de Arreola, huir con ese diamante. Quizás mi mano resplandecía, porque sentía su luz. Tal vez el hurto fue una forma de despedir al maestro, al narrador.

La blanca flor, luego, la deposité en una vasija especial. Allí ha permanecido oculta. Ahora que escribo estas líneas, después de muchos años, la he vuelto a sacar. Está en mis manos. Brilla. Deslumbra en mis ojos. Abre en mi corazón el sentimiento y el cariño que tuve, desde muy joven, por Arreola. Desde que leí por vez primera La feria en la escuela primaria. Desde que supe que Juan José Arreola era mi vecino o yo de él, pero no lo sabía. Ahora lo sé. Siempre debí haberlo sabido porque el mismo cielo —el mismo y distinto— a ambos nos abrigó en Zapotlán…