Italia bajo el sol jaguar

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Magia, misterio y revolución parecen encerrar la atracción que México ejercía sobre los extranjeros de la primera mitad del siglo XX. Nuestro país era considerando zona exótica, poblado de pobreza, política y guerrilla. Un país mágico enriquecido por su pasado prehispánico y su componente indígena.
País digno de viaje, de visita, de descubrimiento, de la meditación, de espíritu creador, de las novelas de André Breton, pero también esa nación revolucionaria que encontramos en las novelas de Graham Greene.
De acuerdo a Ana María González Luna Corvera, investigadora de la lengua española de la Universidad de Milano Bicocca, los italianos de la primera mitad del siglo XX, condicionados por una ideología nacionalista, veían a México digno de atención, con el concepto de un continente recién nacido a la historia, un país infantil e inepto.
Los periodistas enviados por el régimen fascista retrataban a la nación mexicana lejos de la modernidad y el progreso. Pensaban que sólo a través de la cultura y la civilización italiana, los mexicanos alcanzarían la madurez que había sido truncada por la colonización. Italia tenía una visión redentora.
Lo mismo sucedió en la Revolución mexicana de 1910, cuando la violencia y el fundamentalismo radical de la guerra de los cristeros eran focos de atención para Europa. Estaban fascinados por las decisiones en materia de nacionalización, tanto de las masas como del petróleo; así lo mostraban Emilio Cecchi y Luigi Barzini en sus artículos publicados en el diario Corriere de la Sera.
Emilio Cecchi se distinguió de entre los demás italianos porque vino a México en dos ocasiones, una en 1930 y la segunda 1938. Cada viaje bastó para que escribiera un libro: Messico y America Amara.
Cecchi se ocupó del arte popular, las fiestas y la concepción del tiempo en la sociedad indígena. México le sirvió como espejo para ver más de cerca y con ojos críticos a la sociedad europea. Decía: “Se armó en torno a la revolución de Emilio Zapata una retórica muy grande y de sus excesos, pero hemos terminado con lo que está sucediéndonos a nosotros, en la civilizadísima Europa, con el estallido de la guerra y la barbarie del nazismo”.
Para el escritor Carlo Coccioli, México fue su segunda patria, una tierra ideal, habitable y acogedora. Una parte del nuevo mundo descubierto por los europeos y que representa la mirada fresca pero marcada por estereotipos europeos.
Coccioli no escapó de esos estereotipos y así leyó la realidad mexicana.
Carlo Coccioli llegó en mayo de 1953 después de haber vivido en Francia, donde se consagró como autor, emigró a Montreal y, por casualidad, a México. Era un escritor católico y homosexual que buscaba el autoexilio, huía del ambiente italiano que no le permitía su propia expresión en el riguroso ambiente religioso de los años cincuenta, dijo la investigadora González Luna.
Escribió sus viajes como una autobiografía, habló de lo otro para hablar de sí. Consideró a los mexicanos como seres espirituales que comprenden el alma humana y que acogen a los viajeros. Durante su estancia en nuestro país escribió en francés Manuel, el mexicano, y en italiano Omeyolt, diario di un messicano; este último era una recopilación de artículos publicados en diarios italianos y está ilustrado por José Guadalupe Posada.
Solía decir que “Somos las lenguas que hablamos, pensamos, soñamos. Si hablas tres idiomas, eres tres seres diferentes. Qué prodigio, qué milagro”.
En México, publicó en la revista Siempre!, luego tuvo una columna que se llamaba “Columpio” en el periódico Excélsior. En sus columnas europeas describió la tortilla, el rebozo, el mestizaje, el dualismo, lo prehispánico y las fiestas. En esa época Samuel Ramos, Octavio Paz y Juan Rulfo trataban de explicar qué era lo mexicano y Coccioli también se lo preguntó, pero desde la perspectiva italiana.
“Yo me sentía extranjero en la manera de pensar, de hablar, de vestir, pero cuando entré a una iglesia mexicana y viví esa experiencia religiosa me di cuenta de que es una experiencia universal, me sentí parte del pueblo mexicano a través de la religión”.
Para Coccioli y Cecchi la gran Tenochtitlan fue tierra y símbolo de creación.

Calvino en tierra azteca
Italo Calvino, uno de los escritores italianos más influyentes de la literatura universal también vivió un romance con México. La historia inició con su padre Mario Calvino, un liberal masónico, brillante docente e investigador agrónomo que llegó en 1909 a nuestro país como director de horticultura de la Estación agrícola central.
De acuerdo a Irina Bajini, investigadora de la Universitá degli Studi de Milan, Mario Calvino escribió en diarios y revistas mexicanas y trazó las líneas para una futura reforma agraria, ya que la realidad del campo mexicano se asemejaba a la italiana.
Dialogó con los campesinos, escarbó en la tierra, organizó exposiciones florales e instauró un día para celebrar al árbol.
En 1915 es nombrado investigador de estudios agrícolas de la unidad de fomento de la Secretaría de agronomía, donde escribió folletos con las técnicas elementales de agricultura.
Cuando en Yucatán estalló la guerra contra la invasión yanqui, Mario escribió una carta al gobernador ofreciéndose contra el invasor, sin embargo la situación se volvió demasiado peligrosa y decide irse a Cuba junto con su esposa, la botánica Eva Mameli.
En Cuba, Mario trabajó como director en la Estación agronómica experimental de Santiago de las Vegas. Estudió sobre plantas americanas y empleó un dialecto mexicano-cubano para referirse a ellas.
Italo nació en Cuba el 15 de octubre de 1923 y desde niño nunca se interesó por la botánica, incluso rechazaba la manía que les producían a sus padres las especies de las flores. A lo largo de su vida, en Italo se hace cada vez más creciente la tensión literaria hacia el universo hispánico por sus largos viajes a Cuba, México y Argentina, donde ofrece estímulos literarios y su trabajo en la difusión de la narrativa latinoamericana.
En 1976 fue invitado a participar en la televisión de nuestro país, a una mesa redonda de ciencia ficción. En una carta a su amigo escritor Fernando Benítez le cuenta su intención de curioso turista de ver en cinco días “lo más posible de azteca, maya, tolteca, y de colonial”. Antes de emprender el viaje publicó en el diario Corriere de la Sera una reflexión sobre la época precolombina y la colonización llamado Moctezuma y los dioses de México.
Al volver a Italia escribió artículos en diversos diarios que hablaban de México, entre ellos La forma del árbol, El tiempo y las ramas; La floresta de los dioses; Los dioses indios que hablan de la tierra, construidos a través de la imagen de la serpiente, que toma de la región de Tula y el árbol del tule en Oaxaca, de dos mil años de viejo. Calvino se refiere a los dos modelos de conocimiento: el racionalista occidental, que pretende explicarlo todo, y el otro, a través del cual es inconsciente portador del significado de los mexicanos. “México se vuelve el eje de la lucha entre el mundo escrito y el mundo no escrito”.
Otro elemento que toma es la gastronomía mexicana, tan elaborada y rica en nuevos sabores, Calvino sostiene que para conocer México son necesarios los cinco sentidos. “Tal como hace la gastronomía, que hechiza los sentidos”, decía.
Le dedica un homenaje en el diario de la Republica a Octavio Paz en su 70 aniversario por reivindicar los valores de las civilizaciones prehispánicas.
Sin embargo, Italo comenzó a inclinarse por la literatura gobernada sólo por el intelecto, y estima la obra de Jorge Luis Borges, pero se le escapa Rulfo.

Inspiración italiana
La narrativa de autoras mexicanas nacidas a partir de 1960 son obras cargadas de referencias habituales a otras literaturas. Sin embargo, pocas son las que se han sumergido en las páginas italianas y que han retomado hilos conductores en su propia obra.
De acuerdo con Elizabeth Vivero, investigadora de estudios de género la UdeG, escritoras como Zelene Bueno o Gabriela Velázquez rinden abiertamente homenaje a autores claves de la literatura italiana contemporánea, como Italo Calvino y Antonio Tabucchi.
Ellas van más allá de evidenciar la influencia directa de los italianos al apropiarse, de manera muy particular, de la línea temática presente en los textos italianos.
En el caso de Zelene Bueno, en sus obras como Verbo Ciro, De tanto contar y Poesía peregrina, Estoy en casa se hace notoria la manera en que la autora retoma la idea central de Calvino de formular mundos posibles pero, a diferencia de él, sus ciudades no son públicas sino privadas; lo importante para la autora tapatía es el viaje poético al interior de un mundo femenino.
Para Gabriela Velázquez en sus obras Trahumancía y Babel, en medio del derrumbe de los cielos lo fantástico y lo irreal sirven de pretexto para dar cuenta de un fracaso no tanto existencial, como sucede en los textos de Tabucchi, si no más bien efectivo de donde la relación del devenir socio-político es tomada únicamente como marco de referencia para ambientar lo improbable de la unión.
Según Vivero, las autoras mexicanas recontextualizan y resignifican las obras de los italianos haciéndolas propias y construyendo universos diferentes, que ciertamente coquetean con sus cimientos italianos, pero que se erigen con tonos y matices latinoamericanos.