Fervor y cultura guadalupana

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Es un ritual el que año tras año los mexicanos acudan, el 12 de diciembre, a la basílica de Guadalupe a rendirse ante la imagen que data de hace siglos, cuando —como quiere la leyenda— se le apareció al indio Juan Diego, en el cerro del Tepeyac. Sobre este hecho y la posible existencia de Juan Diego, se ha escrito mucho, pero también acerca del guadalupanismo mexicano, que ya —desde hace mucho— se ha extendido hacia otros puntos del orbe.
De Los íngeles y hasta Centroamérica, el fevor cruza y vuelve a regresar cada año, hasta posarse en el centro de México. Vuelve a su entorno natural y, a través de la calzada de los Misterios, un mar de gente se avecina con paso firme hacia el Santuario, y rememora los pasos del indio Juan Diego, cuando en el cerro tuvo una repentina aparición. Ese mismo camino es el que los peregrinos siguen y logran, para alivio de sus males en la vida. Caminan largos trayectos desde innumerables puntos de lo largo y ancho del territorio mexicano, para alcanzar, por unos brevísimos instantes, vislumbrar en lo alto la imagen guadalupana.
En torno a este peregrinaje se ha forjado, por cierto, una especie de subcultura que muestra imágenes maravillosas de fervor y de asombro, pues todo un pueblo se identifica y acude como si se tratara de alces hacia la muerte esperando la vida, el milagro, el masaje espiritual, la caricia de unos ojos de una imagen que, se ha dicho, no fue hecha por manos humanas, sino por la divinidad. Esta subcultura se enlaza a la cultura religiosa, pero asimismo se entorna con la cultura urbana de la capital mexicana, pues el caminante atento, y aquel que por conducto de la lente de su cámara eterniza las imágenes nacidas de lo fugaz, logra de lo efímero una permanencia que quizás en cien años alguien la verá y podrá saber, por medio de este testimonio, lo que algún día fue ese peregrino que, es muy probable, ya no exista en la tierra.
La mirada del fotógrafo Óscar Valle nos deja observar la repetición del ritual mexicano, para testimonio de la historia —siempre fugaz, efímera y quizás perenne…

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