Fernando Carlos Vevia Romero

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Dice el doctor Fernando Carlos Vevia Romero —con su voz sentenciosa y pausada, que me hace recordar la sabia y elocuente sintaxis de El Quijote— que le parece muy importante “que la gente no vaya desconociendo por la vida reflexiones muy serias y profundas que se han hecho en tiempos pasados sobre la sociedad en que vivimos, cómo hemos llegado hasta aquí y qué se podría hacer”.

Esto lo dice entrevistado a propósito de la presentación de su libro La sociedad mexicana en el teatro de Rodolfo Usigli, con la que se inauguró la semana pasada en el Paraninfo de la UdeG la colección de ensayo que lleva su nombre, auspiciada por el programa de promoción de lectura Letras para volar.

Una de las frases con la que inicia la colección —que ensaya sobre las ideas de grandes pensadores— es la de Jean-Jacques Rousseau en El contrato social, y que reza así: “Todos dicen que el ser humano vive libre, pero yo miro alrededor y veo que todos están en cadenas”, recuerda Vevia Romero, pero señala que además de retomar las ideas más universales de reconocidos intelectuales, en este proyecto “al mismo tiempo me di cuenta de que era la posibilidad de hacerlo más concreto para la vida mexicana”, por lo que de ahí surgió la concepción del primer título de la colección que ya había sido publicado antes, al igual que el de El hombre americano. Ensayo de antropología filosófica mexicana, también de su autoría, entre los otros títulos de diversos autores.

La colección forma parte de las antologías realizadas por los escritores Hugo Gutiérrez Vega en poesía y Fernando del Paso en narrativa. Todas ellas están dirigidas a los estudiantes de nivel medio y superior, para “crear un puente entre los jóvenes de esta generación y los poetas, narradores y ensayistas de todas las épocas y de diferentes culturas”, de acuerdo a los organizadores.

Fernando Carlos Vevia Romero es originario de Madrid, España, y fue hacia 1975 cuando llegó a la Universidad de Guadalajara, de la que es Maestro Emérito, gracias a la invitación que le hiciera Adalberto Navarro Sánchez, cuando se estaba creando una maestría en Letras en esta institución.

Para él, la filosofía es algo que simplemente no se puede dejar, porque “en realidad es una actividad que todos hacemos, sólo prosiguiéndola todo mundo se pregunta: bueno y qué hago yo aquí; y lo que llamamos filosofía sería continuar la línea sin interrumpirla hasta llegar a preguntas más generales”.

Si desde su perspectiva aún hay el interés de antes en esta disciplina, dice que se debe asumir que la filosofía no sólo es para fines académicos, sino para cualquier persona “que quiere saber más sobre el mundo y sobre sí mismo”. Y aquí subraya que, aunque es justo que la gente quiera asegurar con su carrera un trabajo, “la filosofía no es para eso, en todas las universidades grandes tendría que haber otro tipo de alumnos”, y “los políticos y los hombres de negocios, deberían de tener este tipo de formación”.

Traductor   
De su labor como traductor dice Vevia Romero que no le ha dado sino placeres, tanto por el “acompañamiento mental” en los momentos en que se ha visto solo, como por el deseo de adentrarse en el pensamiento de los autores estudiados, por el que han pasado filósofos y semióticos.  Pero confiesa que “cuando empecé lo hacía para obligarme a leer despacio al autor”, y bajo ese rigor para su propia comprensión se adentró en tal oficio.

La experiencia de tantos años de haber dado clases le dejaron satisfacciones, y en ello encontró una diferencia entre el haberlo hecho en Europa y en México, ya que aquí hay un trato más humano y cercano con los alumnos, debido a los grupos pequeños, y eso sin contar el clima que le parece más favorable, del que está seguro que no influye en una menor reflexión filosófica como se tiende a creer, sino que, al contrario, ha visto en contemporáneos de estas tierras una que es “profunda y dolorida, y por la que es muy difícil que encuentren paz y tranquilidad, gente que poco se halla en Europa, porque le ven la vuelta a todos los sistemas y filosofías con el alma herida”.

Por ello mismo, cree que los grandes literatos de América Latina “están en el terreno de la filosofía vital en la convivencia humana, piensan terriblemente en la sociedad, sienten toda la amargura de que ésta es tan difícil de ordenar y de hacerla caminar hacia alguna parte”, y con un origen enraizado en su propia cultura, reacciones que a Vevia le recuerdan tanto al filósofo Walter Benjamin.

Pese a sus conocimientos, Vevia Romero no se ha querido pensar como un filósofo, “pero sí un amante de la filosofía, pero no con un sistema propio, que ni creo que sea necesario, ya que hay algunos tan maravillosos —que para él son Kant, Spinoza y el antropólogo Arnold Gehlen— que no siento la necesidad de organizar las cosas de otra manera”.

Carlos Fernando Vevia Romero también es un especialista en la máxima obra de Cervantes, y si llegó a interesarse en ella, fue porque recuerda que cuando era estudiante de Filosofía y Letras “tuve un año de El Quijote, con un profesor extraordinario”, que los hacía valorar y degustar cada palabra del texto, del que aunque sabe que se ha hablado hasta el cansancio, poco se ha hecho bien; por lo que está seguro de que es necesario seguir estudiándolo, pero dejando ya de lado las visiones políticas, biográficas, sesgadas por prejuicios, o incluso casi romanticoides sobre su época y personajes, para atender más a sus estructuras literarias y sus elementos semióticos.

Al presentar el libro de su colección, Vevia Romero no pudo dejar de advertir que más allá de las bondades de la lectura, también existe, por otra parte, una flaqueza en su promoción, porque tendemos a creer que solamente son obras que causan placer, pero “no parece realista pensar que en la lectura, la educación, no hubiera sucedido nada de espantoso en nuestras vidas. Y pasa cada día en el planeta, que pone en tela de juicio el valor de la lectura. Los fanatismos fuera de control, los secuestros de personas, las torturas, persecuciones y asesinatos en nombre de libros que exigen ser catalogados como sagrados, no debe ser borrado de nuestro horizonte personal. Sabemos que a veces las artes, las universidades, el mundo de los libros, han sido incapaces de ofrecer una resistencia adecuada a la brutalidad política, y a veces incluso han hecho su apología como en el caso de los nazis. Podría entonces asaltarnos la duda de que los libros son sólo un lujo apasionado para una élite cerrada, o por lo menos que distraen de utilidades más responsables, y más urgentes. El elogio de la lectura debe pues sentir siempre la presencia amenazante de un posible lado oscuro”.