Epidemia silenciosa­­­­

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Nuestra evidente falta de cultura ambiental les abre la puerta a nuestros invisibles amigos, los microbios, con quienes compartimos la naturaleza para que, violentamente, salgan de sus nichos e irrumpan nuestros hábitats predominantes. De tal manera que los contactos primarios y contagios subsecuentes se multiplican sin control. Dicha situación se traduce en un incremento por demás significativo de los casos reportados, y generalmente se asocian a las competencias virulentas que les son inherentes a su propio origen.
Bien lo dice el refrán popular: “No tiene la culpa el que lo hace compadre… sino el que se deja”. Aquí, y en lo que corresponde a nuestros estimadísimos bichos, sucede que la mayoría de sus manifestaciones de sobrevivencia y adaptación son, simplemente, sustentables esfuerzos de su aparente y mecánica agresividad. Imposible. No puede ni debe visualizarse de tal forma. Los microbios ante la necesidad de resolver un ataque de agentes antimicrobianos, por ejemplo (entiéndase antibióticos y antisépticos), simplemente reaccionan produciendo substancias que para nuestras debilidades orgánicas son tóxicas y agresivas, pero no por ellas mismas sino por los flagrantes descuidos higiénico sanitarios de quienes se los permitimos.
Un caso típico se demuestra por los medicamentos con actividad microbicida y antiséptica, porque ambas partes involucradas, es decir, quien los receta y quien los consume, no tienen la suficiencia cognoscitiva como para saber regular adecuadamente su manejo durante el tratamiento elegido.
En lo que corresponde al profesional quien lo receta lo hace habitualmente sin haber llevado a cabo, y con la oportunidad adecuada, las pruebas laboratoriales que le darían la mejor pauta electiva para decidir con plena responsabilidad la mejor categoría y tipo de medicina necesario. Asimismo, y en lo que toca a los pacientes con determinado problema de tipo infecto contagioso, la situación se complica por sí misma, puesto que tradicionalmente los enfermos acuden al médico cuando la situación propia de su bienestar ya se ha complicado y requiere atención urgente. Además, también es por demás cotidiano por parte de los pacientes infectados que no concluyen como debiera de ser el tratamiento recomendado por el facultativo en turno.
En cuanto dicen sentirse mejor, simplemente abandonan las indicaciones referidas porque piensan que ya no requieren concluir el tiempo considerado, y que sin falta seguramente les fue mencionado por escrito en la receta entregada por el profesional correspondiente.
El mejor ejemplo global que matiza dicha irregularidad está representado por la tragicomedia que se demuestra con el modelo adoptado e impuesto para la tuberculosis (Tb). En principio vale decir que la Tb es considerada por la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) como una pandemia que llegó para quedarse, y que anualmente ocasiona la defunción de millones de personas en todo el mundo. Su principal complicación es la creciente multiresistencia que se induce por los estilos de vida explicitados anteriormente, y que complica extraordinariamente su seguimiento.
La carencia de apego al tratamiento antimicrobiano es multifactorial, pero podríamos destacar el fondo de miseria y pobreza predominantes en los países que mantienen una prevalencia elevada de la misma.
Bolivia nos ha demostrado sin complicaciones —y valiéndose de sus propios recursos humanos de pregrado—, que sí se puede minimizar y controlar el impacto local de la carencia de apego al tratamiento antimicrobiana para la Tb. Ahí lograron involucrar organizativamente a los estudiantes de segundo grado de medicina, mediante su participación activa en el programa denominado “adopte a un paciente”, en el cual la única obligación de los aspirantes facultativos fue la regulación positiva, precisa y exacta de la medicación correspondiente en tiempo y forma, ya sea a través de visitas domiciliares directas, o bien telefónicamente. De esta manera se consiguió abatir los índices de abandono y apego al tratamiento recomendado. Su convencida participación fue un factor determinante en el éxito operativo de la iniciativa propuesta.
Por lo mismo, y aunque parezca redundante, entre los saberes populares, los estilos de vida, las costumbres y las mismas tradiciones, se entrelazan las actitudes y comportamientos que nuestra sacrosanta y civilizada inteligencia humana manifiesta cotidianamente, y que determina finalmente las oportunidades que nuestros invisibles microbios rápidamente toman sin medir las consecuencias a terceros, en este caso, a nosotros mismos por las múltiples alteraciones a nuestro bienestar y salud que ocasionan.
En verdad lo que hacemos y dejamos de hacer —que a veces enmascaramos por nuestra hiperactividad superficial y nuestras inercias antidiluvianas—, representan efectivos facilitadores para que se desarrollen condiciones artificiales para que los bichitos extiendan su influencia natural, desde sus propios nichos hasta nuestros hábitats compartidos, pero que su misma cercanía con los seres humanos representa un riesgo por las facilidades tiempo espacio para su dispersión a través de la exposición y contagio.
Por lo mismo, es cierto que una epidemia silenciosa puede transformarse cuando se trastocan y pervierten los valores sociales que modifican sus escenarios naturales para beneplácito del desarrollo microbiano, mismo que visto en la balanza costo beneficio, no favorece a las personas por el impacto negativo que frecuentemente ocasiona en sus organismos. Corregir el camino depende de nosotros mismos. Cambiar el silencio por una actitud constructiva y propositiva, representaría un necesario y deseable cambio significativo para la minimización y control preventivo de los brotes epidémicos que seguramente seguirán presentándose en el futuro cercano.
Finalmente, la epidemia silenciosa no se presenta por sí misma. Su desarrollo y consolidación es por nuestros descuidos e inercias, mismos que podríamos mejorar para reconvertir las modernidades de su impacto en nuestro bienestar y salud.