The Night o de vivir en la oscuridad

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Como si la literatura tuviera algo que ver con la vida.

La vida sí tiene que ver con la literatura, pero eso es distinto.

Rodrigo Blanco Calderón
The Night

 

El pretexto sería un apagón ocurrido en 2010 en la ciudad de Caracas. Por el apagón se tocarían sombras y sería posible hablar concentradamente en un bar de chinos llamado Chef Woo. Allí dos comensales, uno, psiquiatra (Miguel Ardiles) y el otro, un escritor (Matías Rye), hablarían, entre otros temas, de un hecho violento que ha impactado a la sociedad venezolana: el secuestro, la violación y la tortura que sufrió una mujer llamada Lila Hernández. El autor de tal crimen: un hijo del poeta y ganador del Premio Nacional de Literatura, Camejo Salas.

Es en ese mismo bar donde la realidad se pronunciaría en parpadeos de luces y de “una ola de gritos y de carcajadas” que cesarían y darían paso a conversaciones “en un tono menor, de intriga”. Es en ese bar que ambos personajes nos advierten de esa realidad cargada de violencia extrema, particularmente dirigida hacia las mujeres.

El texto de la novela The Night1 de Rodrigo Blanco Calderón, en su amplia extensión, nos coloca en los territorios de la psiquiatría y la literatura. A su vez, estos territorios estarán asentados en un fondo de recapitulación política y de movimientos sociales. En The Night, el juego de la escritura radica en contraponer dos ideas. Una, que consiste en pensar la literatura como un fenómeno cultural independiente —hasta un cierto grado— de la vida; y la otra que consiste en ofrecernos la vida misma como una condición —en extremo necesaria— para hacer comprensible todo eso sobre lo que trata la literatura. La primera idea estaría lográndose en el juego de los personajes nucleares que guardan íntima relación con la psiquiatría y la literatura, en tanto que la otra idea estaría colocada mediante el espectro social por el que la vida contiene las muy diversas figuras del sentido y del sinsentido.

Un psiquiatra que viola y mata a sus pacientes. Sólo a las mujeres. El modelo, por supuesto, es el doctor Montesinos: personificación del psiquiatra nacional, intelectual de referencia los domingos, rector de la Universidad Central, excandidato a la presidencia.

Para el caso de la literatura, tenemos el gusto por los juegos del lenguaje: anagramas y palíndromos. En torno al espectro social, además de mostrarse en oficios y profesiones, existe una síntesis poderosa que nos permite vislumbrar, con suma preocupación, los signos de la catástrofe: “Inseguridad. Hambre. Desempleo. Caos y violencia. Injusticia. Inflación. Militarización. Cortes eléctricos.”

Con embargo, hay una pregunta que nos interpela y nos obliga a meditar, y a buscar —o a crear— las salidas a un estado de emergencia humanitaria. La pregunta es: “¿En qué momento nos acostumbramos a vivir en la oscuridad?” Esta es la cuestión fundamental por la que se ponen en funcionamiento los juegos del lenguaje, para hacernos reparar en la vinculación que hay entre lenguaje y cultura, entre lenguaje y creación, entre lenguaje y conocimiento, entre lenguaje y civilización, entre lenguaje e inteligencia. La oscuridad a la que se hace referencia con dicha interrogante, además de considerar su aspecto físico (ausencia de luz) se suma y se integra el aspecto metafórico (carencia de visión, de lenguaje, de inteligencia, de sensibilidad).

En varios momentos se exhiben variables significativas en torno al lenguaje, pero hay especialmente una que me interesa citar, por cuanto que en ella observo el aspecto individual (creativo) y el social (asimilativo), que son propios del ser energético del lenguaje:

El lenguaje es como la electricidad, piensa Ardiles, un poco volado por el cansancio. Solo que no existe un Nikola Tesla de la lingüística. La sustitución que Tesla hizo del uso de la corriente directa por la corriente alterna permitió que la electricidad pudiera viajar con eficacia desde las grandes centrales generadoras hasta distancias inconcebibles para entonces.

En síntesis, The Night es una novela que posee un stock de historias con intensidades distintas, con argumentos cuyas ideas provienen de diferentes ámbitos (la psiquiatría, la medicina, la retórica, la lingüística, el cine, la literatura) y con caracterizaciones que hacen pensar en el uso de estereotipos. Todo esto como un modo de asegurar una tradición literaria, particularmente el de la novela europea y latinoamericana, y como un mecanismo para registrar ciertos hechos de una historia local y catastrófica, y que en absoluto resulta muy distinta de la situación que vivimos en nuestros días.

1Obra ganadora de la tercera edición de la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.