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El viaje inesperado de Víctor Manuel Pazarín

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Este año, antes siquiera de que la fecha del 21 de marzo nos indicara que había llegado la primavera, vi resplandecientes árboles teñidos de flores áureas que centellean con el sol del mediodía. Había uno en particular en Esteban Alatorre y Francisco Sarabia, que marcaba la hora de la biología en la que la avenida de La Paz también se cubriría de un tapete de mariposas amarillas; unas aún aleteando en las ramas del árbol del que nacieron, otras tantas por los suelos, transformadas en florecillas que cubren las banquetas con un tapete de oro.

Tres semanas antes de que el corazón le dejara de latir por un bache repentino, Víctor Manuel Pazarín nos explicó qué eran aquellos pétalos dorados en el lento viento de la primera estación del ciclo solar, que en el Valle de Atemajac apreciamos cada año:

 “Eran el poema que él mismo soñó escribir”

Poeta del deseo y de la vida. De la maravilla y del tiempo; los tiempos y sus tiempos. Consejero, maestro y alumno de la existencia. De la luz. De los momentos. Como esos en los que la iridiscencia de unas florecillas iluminan el paisaje.  

Él era un ser preguntas y respuestas. Era la pausa del reloj que detiene la rutina. Veía, en el cosmos, aquello que dejamos de apreciar, como la belleza en el existir. Todo era un viaje: la plática con los amigos, la cerveza al anochecer, las frases en la boca de otros, el baile en los pasos de las damas, las risas en los espacios de fraternidad. 

Yo vi a Víctor Manuel Pazarín como brujo y chamán desde aquella tarde de hace una década en la que explicó, en una junta editorial, con una línea invisible que salía de su índice derecho y dibujaba en el aire que giraba con vuelcos descendientes, cómo era que morían las moscas con el calor sofocante de Sonora.

También lo recuerdo como hombre peregrino el otoño olvidado de 2013 cuando me recomendó  salir a las orillas de San Miguel Allende para conocer los lavaderos, en la visita turística que yo haría a esa ciudad del Bajío. Como loco saltimbanqui, con sus formas histriónicas plagadas de pasión, me dijo: “Son cosas que tienes que ver, porque están allí desde la época de la Colonia”.

 Tiempo después supe que en la década de los ochenta, un mozo Víctor Manuel había llegado con un andar de romero a los caminos de Guanajuato y cediendo a la curiosidad cayó justo a San Miguel de Allende, sin planearlo, y a la morada de uno de sus próceres literarios: Daniel Sada. Allí habitó por semanas. Lo leí en su libro La vuelta a la aldea (2018) y después lo platiqué con él, quien rememoró que aquel viaje le dio a la historia del novicio Víctor una nueva ruta. 

“Si a mí me preguntan quién fue Pazarín en mi vida, lo primero que respondería es: un maestro y un amigo”. 

A pesar de los más de 20 años de distancia que nos llevábamos de edad, él acercaba nuestras similitudes con el mismo brillo que emanan las estrellas en el universo. También era amigo de todos y diccionario de otros. Sabía lo que querían decir palabras como “efímero” sin la consistencia de la definición de la Real Academia Española. Lo hacía con la métrica del momento que pasaba y midiendo las sílabas, buscando el canto. 

Medía la luz con selfies. Y el deseo con poemas. Explotaba en emociones de manera repentina y como si le agradeciera a alguien supremo, alzaba los brazos para interpretar el papel que representaba de sí mismo.

Cuando supe que había fallecido me vino a la mente el helado que comía algunas tardes, “con la glucosa necesaria para evitar la ensoñación de la tarde que deja la toma de los alimentos”, y también recordé al pequeño Víctor que subía a un árbol en su infancia —momento al cual con la emoción el gran Víctor siempre buscaba volver — en Zapotlán el Grande en las épocas de la feria, como la que dejó para la posteridad Juan José Arreola. En la imaginación vi cuando Víctor quedó sentado en la copa del árbol y en ese instante brotaron los cohetes en el cielo y se esparcieron como diente de león luminoso, con el firmamento en el fondo para que el niño Víctor Manuel supiera, en ese instante, lo que significaba la poesía, descrita en su memoria con palabras de Octavio Paz.

A los 58 años, la pólvora de la vida le estalló dejándonos la luz de su persona. Ese momento le (y nos) llegó con la velocidad del segundo y como el último libro que publicó, se lo llevó en un viaje inesperado. Nos dejó aquí, con sus lecturas, sus brazos histriónicos dibujando postales, sus palabras de sabio, viejo y diablo, y su concepción del amor esparcido entre todos los que lo conocimos y aquellos que lo leerán en el futuro. Como varias veces le dije directamente: gracias por tanto, tocayo. 

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