El último acto del niño mago

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Todo termina aquí, diez años de espera para este desenlace que en la historia original sólo cuenta siete, los años que Harry Potter, el niño mago, estudió en Hogwarts y que millones de aficionados siguieron en sus libros y películas.
Hoy sólo unas cuantas horas me separan del final de esta saga. Pero en mi espera no estoy solo, me encuentro acompañado de cientos de personas que, como yo, ansiamos entrar a la sala, todos preparados con el boleto en mano, los cuales fueron comprados con mucha anticipación, para poder asegurar nuestro lugar en este día, en la primer función posible en Guadalajara, para ser de los primeros en ver el filme, por lo menos de los que no pudimos viajar a Londres, donde fue presentada la película contando con la presencia de los actores principales.
Algunos investigaron por semanas la fecha en que iniciaría la preventa de boletos, visitando constantemente la página web del complejo de cines, llamando por teléfono hasta que les dieran día y hora en que comenzaría la venta. Hay quienes utilizan sus contactos para saber este dato, como Ricardo, quien tiene un amigo que trabaja en el cine y le decía la fecha exacta de la venta de boletos.
El primer paso ya está listo, el boleto en mano; el segundo: hacer fila. Es bien sabido que en estas funciones de estreno hay que apartar el lugar desde temprano. Samanta, junto con sus amigos, estaba sentada en el piso a un lado de un letrero que indicaba el inicio de la fila para la sala Imax, que marcaba el horario en 22:00 horas. Por curiosidad me acerqué para preguntar desde qué hora esperaban, ella emocionada y con una sonrisa me dice: “Diez de la mañana, pero somos los primeros en la fila”.
Me quedé un momento platicando con ellos, sus edades giraban alrededor de los 18 años, lo que indica que ellos tenían ocho años cuando vieron la primera película de Harry Potter. Algunos no habían leído los libros en ese entonces, pero al ver esta primera entrega sintieron la curiosidad de saber qué pasaba más adelante en la historia, y no pudiendo esperar las demás películas, optaron por leer los libros. El saber el final de la historia por haber leído el libro no fue impedimento para sentir la emoción y expectativa de ver esta última entrega.
Samanta y sus amigos, como las demás personas que estaban formados en esa fila, prefirieron calidad a rapidez, decidieron ver la película en una pantalla de alta tecnología, más grande y con mejor sonido, a verla dos horas antes en una sala más convencional.
En ocasiones anteriores, la función de estreno se realizaba el viernes a primera hora, era la función de media noche, hora en la cual los magos y hechiceras salían de sus casas, escuelas y trabajos para realizar un gathering frente a la gran pantalla para ver al mejor hechicero de gafas redondas y cabello alborotado. Pero no en esta ocasión, había funciones desde las ocho de la noche, un horario más conveniente para los que tenemos que trabajar temprano al día siguiente.
Otro detalle diferente con respecto a las premieres de las entregas anteriores fue la baja en la cantidad de personas disfrazadas. Recuerdo que en el 2004 en el estreno de El prisionero de Azkaban, yo me sentía como bicho raro al ser de los pocos que no vestían algo alusivo a la película, aunque fuera una bufanda con los colores representativos de alguna casa de Hogwarts, una túnica, o por lo menos traer una varita. En esta ocasión pocos fueron los que respetaron esta tradición, algunos con sus uniformes de gala, otros con los del equipo de Quidditch, pero la gran mayoría con colores de Gryffindor. Uno, el que llamó más mi atención, fue aquel que tenía un peluche en el hombro de Hedwig, el búho blanco que fue aliado de Potter y murió a inicios del séptimo libro.
El personal del cine pasó a la fila pidiendo los boletos, partiéndolos y entregando los lentes 3D, esto quiere decir que estamos a unos minutos de entrar a la sala, es hora de comprar los suministros, unas palomitas y una bebida para disfrutar los 130 minutos que durará la función.
La fila comienza a moverse, ante la mirada de los demás que esperan su función, somos los primeros en entrar a una sala en donde se exhibirá esta película. Hay que correr para alcanzar los mejores asientos, y apartar los lugares a los amigos que están por llegar. Colocados en nuestros asientos, todavía hay tiempo para una foto, una llamada a la persona que no pudo venir para presumirle: “Ya estoy esperando la proyección”. La sala llena, no veo un solo lugar disponible, pongo mi celular en silencio, mi bebida a la izquierda, las palomitas a mi derecha para compartirlas. Un anuncio promocional del cine se proyecta, apagan la luz, me pongo los lentes 3D y en la pantalla aparece el logo en el famoso tanque de agua del estudio cinematográfico encargado de realizar la película. Así comienza el fin.

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