El pulso vital de Sylvia

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Tengo la impresión de que los lectores de la poeta norteamericana Sylvia Plath (1932), se han acercado a su obra solamente llevados por la leyenda y su mito, y no por considerarla una eficaz oficiante. Cuando escucho a quien la ha frecuentado por vez primera, sus palabras van hacia su muerte, y de algún modo hay un acentuado morbo en sus comentarios. La Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963, en su casa del 23 de Fitzroy Road, de Londres, a donde había ido a residir, ya separada de su esposo, el poeta inglés Ted Hughes.
Desde 1961, a Sylvia Plath se le presentaron desiguales sucesos, todos —me parece— definitorios en su existencia: en marzo la operan de apendicitis; durante la primavera escribe su novela La campana de cristal; viaja a Francia en julio y gana el premio Guinness; durante ese viaje se embaraza y todavía casada con Ted, deciden juntos comprar una vieja casa en Devon; conoce a Assia Gutman; coordina, ya en Inglaterra, la antología de poetas norteamericanos actuales; en septiembre se instala en Devon, donde la casona guarda un espacio donde hay amplios huertos. En enero del siguiente año nace su segundo hijo, Nicholas, y en abril escribe —frenéticamente— una enorme cantidad de poemas, en solamente diez días; durante mayo se publica en Estados Unidos su The Colossus & Other Poems; Ted se enreda en un lío amoroso con la Gutman y comienza, entonces, la debacle en la vida de Sylvia. Programas de televisión; dramatización de sus poemas en la BBC; viaja a Irlanda con su marido y vuelve sola: se da la separación; en diciembre se muda al 23 de Fitzroy Road; dos meses después —ya en 1963—, se presenta la tragedia y el mito de Silvia Plath cautiva a sus lectores en todo el mundo.
Conozco únicamente un ensayo el cual se centra en la poesía de la Plath y deja de lado su tragedia; se lo debemos a Seamus Heaney, y está colocado en De la emoción a las palabras. Heaney, en tanto rapsoda y ensayista, logra el mejor retrato de Sylvia Plath a partir de su obra y nos recuerda: “…el poeta necesita superar su ego para llegar a tener una voz que sea algo más que su autobiografía”. De esas palabras parte el irlandés para descubrirnos lo esencial de los textos contenidos en Ariel, de la Plath.
El riesgo en el planteamiento de Heaney es inminente: la totalidad de la obra literaria de Sylvia Plath está basada en su biografía (y se puede constatar con claridad en las cartas dirigidas a la madre, un libro indispensable para comprender enteramente su poesía y narrativa), pero Heaney se toma el compromiso y nos entrega una definición de los (últimos) textos de Plath.
Una de las virtudes más claras, en todos los poemas de la autora, es describir su propia existencia como tema de su poesía. Eso la vuelve íntima y complicada a la vez, pues es el resultado de pequeños y grandes pasajes de su vida que ella vuelve grandes: los deposita como tragedias humanas; los encauza hacia cualquiera; los retoma y hace maquinarias poéticas cautivadoras; con todo, podría persistir el morbo de verla en cada poema o narración.
“En la obra de Sylvia Plath —anota Heaney— no hay nada poéticamente defectuoso. Lo que tal vez podría acabar siendo una limitación es el tema predominante de autodescubrimiento y autodefinición, aunque esa preocupación debe ser entendida como una campaña constante y valerosa contra el agujero negro de la depresión y el suicidio”.
La mujer alcanzó la perfección. /Su cuerpo //muerto muestra una sonrisa de realización; /la apariencia de una necesidad griega //fluye por los pergaminos de su toga; /sus pies //desnudos parecen decir: /hasta aquí hemos llegado, se acabó…, escribió en “Filo”, el 5 de febrero de 1963, su último poema (el 23 de marzo había aparecido su novela La campana de cristal).
En la madrugada del 11 de febrero había caído una de las más fuertes nevadas que se hayan registrado en Londres desde 1947; desesperada, con pocos recursos económicos, sin teléfono (para hablar a su psicoterapeuta) y con todo congelado, Sylvia da el desayuno a sus hijos, se encierra en la cocina y cubre todas las puertas y ventanas con toallas: mete la cabeza en el horno de la estufa y abre las llaves del gas.