El pensamiento milenarista que ha secuestrado México

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Quienes vaticinan el fin del mundo vía internet, televisión, culturas ancestrales, Nostradamus, pandemias, el colapso financiero, escasez alimentaria, etcétera, no han entendido que esto es un efecto de la globalización.
El artífice mayor de estas visiones apocalípticas de los males que están por llegar al mundo, es sin duda Al Gore, el profeta del fin del mundo, por su espectacular estilo de anunciar la muerte del planeta. Con un discurso llamativo y recursos retóricos y vacíos.
Este político-actor propone al mundo qué hacer en materia ambiental. A la manera más cliché exhibe a los malos, en dónde actúan los buenos y los apocalípticos. Una rama en nuestro país son los gobiernos de Fox y Calderón, que han secuestrado la tranquilidad de los ciudadanos. Con discursos mediáticos se persignan y rezan, dictan conferencias en auditorios de universidades privadas, donde cobran miles de dólares, escriben libros de superación personal y hacen fundaciones para no pagar impuestos.
En sus nuevas campañas de promoción de imagen, no abandonan su pose mesiánica o de “ciudadano comprometido por el bien de México”.
Al igual que Al Gore y su Verdad incómoda, se sienten autoridad sobre el equilibrio de la vida, los demonios personales y piden a “Dios enviudar de ellos”, aconsejando a la mujeres mexicanas, a las que consideran un manojo de temores, incapaces de todo. Proponen motivar a las amas de casa: ¿para qué? Seguramente para hacer fila en las tortillas. Con autoayuda serán mejores lavadoras de dos patas, ¡seguro que sí! ¿Verdad, Chente y Josefina?
En lo que no cejan es en tratar de dar continuidad al poco creíble pensamiento milenarista que rinde culto a Joaquín de Fiore, un monje italiano de quien se dice profetizaba el fin del mundo en el año mil, imponiendo su pensamiento y el final de la historia del hombre, lo que denominó Edad del Padre, Edad del Hijo y Edad del Espíritu Santo. Al culminar estas edades vendría el fin de los tiempos. Ya lo dijo Emilio González: “En tres años colapsará Chapala.”
La falsedad de los discursos milenaristas no se queda en este detalle concreto, sino que avanzó hildelbrandamente hasta darnos un frentazo y ampliar los panteones por todo el país, con otro aspirante a actor, o mejor dicho, el guía turístico de México, Felipe Calderón y todos los candidatos de su partido a suplirlo, quienes profetizan que sin su participación en el gobierno México se destruirá.
La grave inestabilidad social ha atrapado a todo el país. Ésta no se debe al calentamiento global: es el fruto del pensamiento que ya pasó a su mayoría de edad en las convicciones doctrinarias y anacrónicas, al atentar contra la educación pública, por el desacuerdo social, por la religión, el petróleo y por el dominio de los carteles de la droga, por los periodistas de plumas negras que rinden culto a la mentira, que aplauden los miles de muertos en sus editoriales, al justificar las razones de un grupo en el poder adoctrinado en la mentira.
Se avergí¼enzan de tener sangre mexicana y buscan la limpieza racial en matrimonios con extranjeros.
El terrible caos social, que parece el fin de la existencia de la población mexicana y para el que nunca se está o se estará preparado ni se puede ser superviviente. La violencia que vivimos los mexicanos se debe a Felipe Calderón, quien será recordado como el artífice del horror en México.
Este capítulo negro tiene un marco azul y blanco. Es el único que ha logrado diezmar la población en menos tiempo registrado en la memoria histórica nacional y la historia mundial contemporánea.
Es notable ver cómo la gente transita por las calles: miran a los lados, con temor. Hace más de 10 años la gente caminaba tomándose del brazo, sonreía, conversaba. Antes de “los y las milenaristas”, en las ciudades y pueblos simplemente se caminaba, tranquilos, pero sobre todo libres.
¿Tendrá razón el gobierno actual? Realmente no la tiene, porque los mexicanos tendremos siempre a mejorar y frenar el arribo de los profetas del mal. Una muestra serán los resultados de las próximas elecciones.