El miedo en el Centro
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Una balacera sobre la calle Morelos, al cruce con 8 de julio, en el Centro de la ciudad, se desató la madrugada del 1 de febrero, junto a los bellos espacios que alberga esta “Noble y Leal Ciudad”, que cumple 478 años de su fundación española

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Una serie de balazos fue lo que pudo acabar con la fiesta eterna de cada fin de semana en la zona del Andador Coronilla del Centro de Guadalajara.

El estruendoso sonido de la música que suele profanar las fincas de varias manzanas a la redonda fue opacado, al menos unos segundos, por un arma corta que había sido activada en varias ocasiones al interior del Bar Santa Lucía.

La antesala del crimen fue una discusión que se fue acalorando entre varias personas, hasta llegar al extremo (absurdo) de que un hombre que participaba en ésta saliera a su vehículo para tomar la pistola, regresar al bar y atacar a tres hombres.

Esto, dicen los testigos, ocurrió poco antes de las siete de la mañana del pasado 1 de febrero, y lo que dejó no sólo fue que los heridos se convirtieran en el saldo que la policía tapatía compartió a los reporteros, que a las nueve de la mañana ya tenían la noticia circulando en redes sociales.

Tampoco fue que el atacante huyera en un automóvil rojo y dejara una camioneta que, minutos más tarde, fue revisada por elementos de la Fiscalía, quienes además prometieron que iban a revisar las cámaras de vigilancia del C5 (cual paliativo genérico) que están instaladas en la esquina del lugar.

Lo que además dejó todo este suceso violento fue la vida de uno de los heridos, que horas después falleció en la Cruz Roja y que, de nuevo, quedará como una cicatriz urbana que recordará que en ningún lugar estamos a salvo.

Este suceso es tan sólo un caso más que se suma a las incontables experiencias que a diario ocurren en estas calles. Como cuando le robaron a mano armada a una mujer en avenida Juárez, cuando intentaron levantar a una joven en López Cotilla, cuando raptaron a un hombre en Contreras Medellín en una camioneta o cuando asaltaron a los cajeros de un Oxxo en plena mañana y nadie pudo hacer nada para evitarlo.

Una raya más al tigre.

Un par de horas después del siniestro, iba caminando rumbo a la Catedral y me tocó toparme con la calle Morelos acordonada. “¿Qué pasó?”, pregunté a un hombre que tenía la mirada concentrada (perdida, tal vez) en quienes entraban y salían del bar con radio en mano y los que inspeccionaban meticulosamente la camioneta abandonada.

Al parecer, el sujeto estaba tan inmerso en el sonido de los aparatos de radio-comunicación que lo desconcentré con mi pregunta, pero parco me respondió: “Balacera, a las siete de la mañana, hace rato, allá adentro”.

Mi misión de ir al banco que sí abre el sábado perdió peso en ese instante y abrí Twitter para comprobar lo que me acababa de decir aquel sujeto. Saciado del morbo, continué caminando y de inmediato vi lo que me asustó más: todo en el Andador Coronilla seguía como cualquier sábado por la mañana.

¿Qué es lo que asusta más con respecto a la ola de violencia? Al menos a mí, que se convierta en algo normal, y justo era lo que constaté en aquel momento. Yo estaba aterrado.

Vi cómo los restaurantes del andador estaban repletos y los meseros servían un café cuyo aroma parecía anular la tensión del aire. Todos lucían tan espléndidos desayunando pan, fruta y chilaquiles.

Mi mirada serpenteaba tratando de acomodar las ideas y unos metros más adelante, me encontré con la tradicional escuela sabatina de pintura, que tenía a decenas de personas de todas la edades pintando en carretes las imitaciones de reconocidas obras de arte.

La música clásica que se escuchaba buscaba aliviar la congoja exprés que me surgió, pero no lo consiguió, y al fondo del andador tan sólo veía la caótica avenida Hidalgo que era mi salida de este entorno que lo único que me provocaba era querer gritar a todos: “¡Qué chingados, no ven lo que acaba de pasar allá!”.

Cuando salí del Andador y percibí el aroma de productos de peluquería y estéticas le di una segunda vuelta a mis ideas: “Pero, ¿ellos qué pueden hacer? ¿Tú qué puedes hacer? ¿Tendríamos que escondernos y no volver a salir?”, me confronté.

Caminé un par de cuadras más rumbo al primer cuadro de la Perla Tapatía y en mi mente viví una pelea de posturas que combatían: estaba el bando del “Qué bueno que la vida sigue y nos apropiamos del espacio público frente a la tragedia”, contra el “No puedo creer que todos hagan como si no hubiera ocurrido algo terrible”. En ese momento no sentí que el equilibrio fuera una opción, algún frente debía de ganar.

La batalla fue truncada una cuadra más adelante. Frente al Mercado Corona, vi cómo las mercerías estaban atiborradas, en su mayoría por mujeres y no sé por qué pensé que ése sería un buen lugar para estar a salvo, que lo que nos urgía a todos frente al crimen y la violencia era alcanzar esa sensación de paz en algún espacio, el que sea.

Entonces me pregunté: “¿En dónde podemos estar sin peligro aquí?”; eso me lo repetí tanto que hasta logré articularlo en voz alta.

¿Lo estaríamos si entramos a las tiendas de los listones frente al Corona? Quizá sí rumbo a la Biblioteca Iberoamericana por la de Pedro Moreno, tal vez si doy vuelta y sigo por avenida Juárez.

¿Y si ya estando ahí, mejor entro al café del Larva? No, no, mejor caminar hacia González Martínez y llegar a donde venden materiales para arquitectos, diseñadores y artistas.

¿Pero no sería más seguro en donde están los boleros de la Plaza Guadalajara? O ya mejor sentarse en una banca adentro de la Catedral, a ver si a Dios sí lo respetan, pero pues no, ya ni eso.

¿Acaso esa seguridad la sentiría si me escondo tras las enaguas de la mujer que pide dinero afuera del McDonald’s y que se santigua cada que recibe una moneda?

No sé, no lo sé. Quién sabe en dónde haya un refugio aquí en el primer cuadro. Cómo fue que uno tiene que pensar rutas para salvaguardarse de la inseguridad, ¿cómo, el miedo, ya superó la noche y trascendió los minutos en que el sol ilumina las calles de esta ciudad?

 

 

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