El hombre que nunca aceptó al mundo

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Albert Camus estrelló su auto hace cincuenta años y perdió la vida. En la plenitud de su carrera y apenas tres años después de haber recibido el premio Nobel de literatura, uno de los intelectuales más coherentes del siglo XX desaparecía dejando tras de sí novelas, obras de teatro y ensayos que prefiguraban el fin de las certezas, décadas antes de que la posmodernidad hiciera su aparición como concepto.
Nacido en Constantina, Argelia, en 1913, Albert Camus construiría (no sin pesar) sus lazos con Francia desde el extranjero. Como lo describe en su inacabada novela El primer hombre, Camus se levantó a una infancia pobre y gracias a la ayuda de un maestro del liceo pudo acceder a las primeras lecturas —sobre todo de Nietzsche— que ayudaron a cambiar su percepción sobre la cultura occidental.
Censurado en Argelia llega a París y comienza a trabajar para la editorial Gallimard para después dirigir Combat, una de las publicaciones más críticas hacia la ocupación alemana en Francia.
Albert Camus desarrolla su trabajo de articulista al tiempo que escribe una extensa obra ensayística y de ficción. Todavía durante la Segunda guerra mundial (en 1942) publica la novela El extranjero, que también puede ser traducida como El extraño, obra que junto a La peste, ejemplifica mejor su filosofía. En El extranjero, el protagonista se ve arrastrado hacia un destino trágico sin aparente voluntad. Con un asesinato gratuito sella la suerte de una vida fracturada. El escritor italiano Giovanni Papini situó a esta novela en la línea de obras de Dostoievski, Gide, Victor Hugo y Kafka. La novela de Camus, señala Papini en su diario, “pretende ser la desesperación total: la de los sin Dios”.
Y es precisamente Dios uno de los conceptos que más son tratados por Albert Camus. Tanto en sus obras de teatro como en sus ensayos, la libertad del hombre pasa por derrumbar esta última muralla conceptual. Al igual que Nietzsche, Camus ve en la desaparición de Dios el paso más coherente de una humanidad consciente. “Odio este mundo en el que estamos reducidos a Dios”, clama uno de los personajes de El malentendido.
Otra de sus obras de teatro más famosas es Calígula. En este déspota romano ve Camus el mejor ejemplo del hombre prisionero de un destino que lo sobrepasa. La existencia del emperador sólo puede ser redimida a través del ejercicio de la libertad, aunque sea una libertad violenta y suicida. “El poder brinda una oportunidad a lo imposible —dice Calígula— a partir de hoy y en lo sucesivo, mi libertad dejará de tener límites”.
Y es sólo en la abolición de los fines, es decir de los límites, que cualquier hombre puede hacer frente a la muerte que se presenta, además de Dios, como la última frontera de la existencia. Es aquí cuando el absurdo toma forma como una postura existencial que puede ayudar al hombre a vivir sin depender de religiones o ideologías. “Lo absurdo es la razón lúcida que comprueba sus límites”, escribe Albert Camus en El mito de Sísifo.
La conciencia de la muerte si bien afirma el sino trágico del hombre, al mismo tiempo lo protege contra el cinismo y la enajenación de la vida moderna. Para Camus el suicida es el hombre absurdo por naturaleza. Lo que aparenta ser un acto cobarde es por el contrario una reflejo sublime que contempla a la muerte como el único destino posible. “Los que se suicidan suelen estar seguros del sentido de la vida”, subraya en El mito de Sísifo. Y es en este ensayo clásico donde Camus habla de dos de los autores que mejor explican el abandono que sufre el hombre ante la desaparición de Dios: Kafka y Dostoievski. Del ruso explica cómo a partir de Los demonios se construye por primera vez en la literatura una realidad escindida en la que la conciencia de sus personajes se vuelve contra la existencia misma. El suicidio de Kirilov es un acto que inaugura un tiempo nuevo, donde la decadencia espiritual sería la constante. Tanto Los demonios como Los hermanos Karamazov mantienen una correlación con una de las obras más polémicas de Camus: Los justos. En ella los protagonistas (un grupo de jóvenes idealistas) debaten sobre el asesinato como un medio para terminar con el régimen. Tanto los nihilistas de Dostoievski como los revolucionarios de Camus comparten la negación de sí mismos (es decir de Dios), como el último y más elevado acto libertario. Y es al fin libre cuando el hombre se sitúa frente al espejo de su destino, y solo frente al reflejo de su mortalidad abraza al absurdo como una postura de vida. Respecto a Kafka, Albert Camus lo consideró el único autor capaz de crear un universo absurdo: “Donde el hombre se permite el lujo torturador de pescar en una bañera, aun sabiendo que no sacará nada”.
En general la obra de ficción de Camus, aunque posiblemente más lograda estéticamente que otros existencialistas, es fallida en cuanto a que no logra separarse de sus pretensiones moralistas. Es en sus ensayos y en algunas escenas de sus dramas donde el espíritu de Camus se sublima. Y es que si el autor francés decepciona es por su infinita ingenuidad de humanista que lo salva del puro desprecio de los existencialistas liderados por Sartre. Para Albert Camus el arte y la rebelión eran una misma cosa. Un todo que definía la postura del hombre frente al mundo.
A Camus —muerto demasiado pronto a los 47 años— le queda el epitafio que Petrarca utilizó para sí mismo: “Vine tan sólo a despertar a otros”.

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