El habla de los otros

378

Asomarse a la obra más afinada del poeta y dramaturgo Edgar Lee Masters, Spoon River Anthology (1915), es escalofriante si se lee desde la conciencia de que son los muertos quienes narran sus historias, pues lo que uno escucha (es ineludible anotar que se lee con los oídos), es de muchas formas terrible. Es volver al Medio Oeste norteamericano de comienzos del siglo XX para adentrarse no únicamente en la poesía, sino también en la historia de un pueblo que revela sus miserias humanas (reclinados, seguramente, en la quizás única verdadera democracia, la que conceden los muertos): los odios, los amores atroces, las torturas, las injusticias y, entre muchas otras cosas, la intimidad de quienes yacen sobre la colina del pueblo escondido entre el paisaje del Valle de River, a unos kilómetros de la ciudad de Chicago, en Illinois.
Hasta antes de 1913, año en que se comenzó a escribir el libro, Masters era un oscuro abogado, quien en su tiempo libre había escrito obras de bajo impacto en el público; pero decidido a ir a recuperar su infancia en Illinois, descubre un camposanto en donde, tal vez, comenzó a escuchar las voces de los difuntos enterrados sobre la colina. Antes, se sabe, se había iniciado en su papel de médium al leer la Antología Palatina de los griegos (en la cual a lo largo de siglos se había hecho ya una tradición que distintos poetas escribieran sobre los epitafios y los muertos en los cementerios), y de allí surgió este tenebroso proyecto literario, el cual Ezra Pound —infaliblemente riguroso— después de la lectura aprobó con entusiasmo. “Finalmente, América ha descubierto un poeta”, subrayó.
Spoon River Anthology fue recibida con fervoroso entusiasmo no solamente por los santones de la crítica de su tiempo, sino también por la sociedad, que lo convirtió en un libro sumamente popular, tanto, que la primera edición alcanzó numerosas reimpresiones. El editor, al descubrir el éxito del poemario, solicitó al autor una segunda parte, que fue definitivamente un fracaso; lo que hundió a Masters hasta su muerte en 1950 (había nacido en Kansas en 1868), a su habitual “mediocridad”.

La voz de los muertos
Interfectos, los moradores de Spoon River —en un principio anónimos—, luego de que Edgar Lee Masters escuchara su dictado y lo colocara en un cuaderno, cobraron “celebridad” y universalidad. Sus voces se unieron a la antigua tradición funeraria del arte, logrando una directa comunicación con el pasado y el futuro. Etéreos, lanzan sus voces cada vez que se abre el libro y logran nuestra conmoción.
Dice desde su tumba la ignota Ollie McGee:

¿Han visto caminando por el pueblo / a un hombre de ojos abatidos y rostro macilento? / Es mi marido que, con secreta crueldad / inconfesable, me despojó de juventud y belleza, / hasta que al fin, arrugada y con los dientes amarillos, /
roto el orgullo y en vergonzosa humildad, / me hundí en la tumba…

Responde Fletcher: “Me quitó las fuerzas, minuto a minuto/ me quitó la vida, hora tras hora./ Me secó como una luna febril/ que devora el mundo giratorio…”
Consecuente de la antigua práctica griega, Spoon River Anthology desde su aparición se convirtió en el centro de ésta, logrando obtener resonancias hacia atrás y hacia delante. Su autor, sin quererlo, nos advierte que continuar la costumbre es también atesorar la existencia de la vida y de las formas literarias. Asimismo, nos indica: salvaguardar los usos siempre nos puede revelar originales —si aplicamos una inteligente ruptura a la tradición.
La resonancia de las voces de la colina es clara. En nuestro país Luis Miguel Aguilar (1956) consiguió un excelente homenaje a Edgar Lee Masters, cuando en 1983 conquistó 23 poemas y los reunió en su Chetumal Bay Anthology. “En 1978 yo leía la Spoon River Anthology de Masters y encontré ahí el modo de narrar varias historias que tenía en la vista y en los oídos, referidas a los habitantes de Chetumal, Quintana Roo, el lugar del suroeste mexicano en que yo nací”, declara Aguilar en su breve pero honesto prólogo.
A finales de los años ochenta (en Guadalajara), el poeta Rafael Torres Sánchez sostuvo por algún tiempo un taller literario (sabatino) sobre las tumbas del Panteón de Belén, donde él mismo logró algunos textos que fueron editados bajo el título de Ejercicios en el cementerio (2004); en el libro dispone una sección y se destaca, sobre todo, un poema (“Seamos, sí, por último, caballos./ Caballos satisfechos y sabihondos/ que pastan a la orilla de las tumbas/ llenando el mundo de contentamiento…”); el texto de Torres Sánchez evidencia la constante influencia de Spoon River Anthology.