Ilustración: Lore Cervantes

EL ASTEROIDE HUMANO DE DESTRUCCIÓN MASIVA

Nunca me hubiera imaginado, que el disfrutar del hermoso canto del canario amarillo enjaulado de mi abuela, era un regalo que debía agradecerle a la muerte. Hace mucho tiempo (más de 60 millones de años) un asteroide grandote (de 12 km de diámetro), viajando rapidísimo (a 43 mil km/hora) chocó con nuestro planeta y formó un inmenso cráter (de 150 km de diámetro) en la península de Yucatán. Ese cráter se ve hoy desde el espacio como un anillo de cenotes alrededor de la ciudad de Mérida. El impacto causó nubes de rocas pulverizadas, lluvia con ácido sulfúrico, e incendios que saturaron con cenizas y humo la atmósfera, generando una oscuridad planetaria que redujo la temperatura global. Murieron tres de cada cuatro especies animales del mundo. Nunca se había presenciado tanta muerte. Y esta muerte masiva incluyó a los pobres dinosaurios. Bueno, a casi todos. Porque los dinosaurios pequeños (de cómo 1kg) lograron sobrevivir. ¡Y no solo sobrevivieron! Se adaptaron y diversificaron para llenar muchos nichos ecológicos, hasta convertirse en el grupo de vertebrados terrestres más rico en especies (excluyendo anfibios que son acuáticos al iniciar su vida).  Hoy, esos dinosaurios nos alimentan con sus huevos en la mañana, deleitan nuestras pupilas con sus plumas de colores, inspiran pintar, componer música y hasta crear máquinas para volar, y nos traen alegría con el trino de sus cantos. La genética ha comprobado, sin duda alguna, que las aves son dinosaurios. 

Nunca me hubiera imaginado, que otro episodio de muerte masiva se extiende hoy sobre el planeta; pero el “asteroide mortal” somos nosotros. Cambiamos la cobertura del suelo y causamos contaminación atmosférica, acuática, oceánica y terrestre. El cambio climático y la pérdida de la biodiversidad son, junto con el riesgo de la guerra nuclear, los grandes retos morales y técnicos civilizatorios. Este “asteroide humano” de destrucción masiva, nuevamente está aniquilando los dinosaurios que viven con nosotros. Casi la mitad de las especies de aves del mundo están disminuyendo, y solo el 30% de la biomasa de aves en el planeta son silvestres (el resto son nuestras gallinas y patos). Casi 1,500 especies sufren amenazas graves. En Canadá y los Estados Unidos se han perdido el 25% de la población de aves (miles de millones ya no viven). Solo queda la mitad de los individuos de aves playeras que existían hace 40 años. En Jalisco, han desaparecido dos tercios de la población de uno de los dinosaurios volantes más pequeños del mundo, que además realiza las migraciones más largas en relación al tamaño de su cuerpo, el colibrí rufo.    

Esta extinción coincide con que a partir del inicio de este milenio la mayoría de humanos vivimos en ciudades (una característica de los nuevos tiempos planetarios llamados antropoceno) donde residen los poderes político, económico, militar y tecnológico. El poderoso urbanita definirá el futuro de la naturaleza, de los dinosaurios y de nuestra especie. Pero el urbanita no sabe, que su ciudad no puede sobrevivir sin los servicios ecológicos que le brindan los paisajes rurales, boscosos, montanos, lacustres y oceánicos. 

Eduardo Santana Castellón es Director General del Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara- esantanacas@gmail.com

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