El arte y la bisagra

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Para la mayoría de nosotros asistir a una representación de Antígona es una experiencia ‘artística’, lo mismo que ir a un concierto o a un ballet un sábado por la noche. Pero cuando los antiguos atenienses vieron por primera vez Antígona, lo hicieron en el marco de un festival político-religioso que celebraban anualmente bajo la advocación de Dioniso”, relata Larry Shiner en su libro La invención del arte. En el mismo contexto podemos encuadrar las obras que representaban en Roma; entorno ajeno por completo a lo que conocemos como bellas artes e incluso distante de nuestra concepción del teatro.
La aseveración de Shiner —que coincide con la mayoría de estudiosos de la estética— no se ciñe únicamente al ámbito del teatro, sino que abarca todo lo relativo a la esfera de las “bellas artes”. Sintomático de ello es que tanto el término griego como el latino, con el que solemos traducir “arte” (techné y ars, respectivamente) designan más un “saber hacer”, más una habilidad que aquello que podríamos interpretar como una obra de arte, tal como ésta fue comprendida a partir del siglo XVII.
Al respecto conviene matizar. El problema no es meramente terminológico. Según las tesis de Kristeller, la ausencia de la categoría de arte, tanto en la antigí¼edad grecorromana como en el Medioevo (y aún en el Renacimiento, en que se comienza a generar la ruptura con el panorama anterior), nos remite al hecho de que con techné y ars se percibía un ámbito más amplio que aquel conocido como “bellas artes”, un terreno más próximo a lo que actualmente concebimos como los oficios: la poesía, la hípica, la fabricación de zapatos y la medicina se comprendían dentro de una misma esfera. Ciertamente encontramos una división tardo-helenística entre las artes liberales y las artes vulgares, mas tal diferenciación está lejos de lo que posteriormente será la separación entre arte y artesanía, dado que el eje de tal clasificación reside en que las primeras fueron las artes intelectuales, mientras que las artes vulgares eran aquellas que hacían intervenir el trabajo físico y el pago; artistas eran quienes se dedicaban a las artes liberales.
Ars y techné tenían el sentido de un hacer humano vinculado a un propósito, es decir, la cuestión de la utilidad era prioritaria en tal hacer; de ese modo, Tomás de Aquino ejemplifica cómo, si un artífice decide hacer una navaja más bella construyéndola de cristal, la consecuencia será una navaja, que además de inútil, no será bella.
En el siglo XVIII, las cuestiones de la utilidad y el interés constituyeron puntos centrales de ruptura con las ideas anteriores; en dicha centuria, paralelamente al nacimiento de disciplinas como la estética y la historia del arte, se vinculan las nociones de lo bello y el arte, para dar lugar a las “bellas artes”. Así, en la Crítica de la facultad de juzgar, Kant considerará el desinterés como uno de los caracteres del juicio de gusto y las bellas artes como las artes del genio.
Es importante, sin embargo, advertir que la carencia de una categoría que abarcara las “bellas artes”, tal como las entendemos ahora, no implicaba una ceguera ante la belleza; ejemplos como el Partenón o las catedrales medievales, nos impiden llegar a tal conclusión (a pesar de la problemática que puede plantear la propia noción de belleza). No obstante, el hecho de construir tales edificaciones, de representar obras, escribir poesía, pintar o esculpir, no obedecía primariamente al acicate de la belleza; esas creaciones tenían, principalmente, una función social, política o religiosa, aunque evidentemente que éstas fueran bellas no era tampoco indiferente.
Consideración fundamental representó en el Siglo de las Luces para el surgimiento de la estética, la búsqueda de autonomía de este terreno, independencia respecto del conocimiento científico y de la ética. En la persecución de un espacio propio, la nueva idea de arte se desliga de las nociones de bien y de verdad, trío que había permanecido hasta entonces —salvo las teorías de contados autores— estrechamente vinculado. Esa autonomía es palpable, entre otros aspectos, en la creación de los salones, antecesores de los museos, y sobre los cuales Diderot escribe numerosas páginas, inaugurando lo que constituye la crítica de arte.
La invención de las bellas artes no fue labor de un sólo autor u obra. Una transformación cultural de tal magnitud precisó del diálogo intelectual sostenido a lo largo del siglo XVIII. Uno de los textos, entre otros, cruciales es Las bellas artes reducidas a un único principio, de Charles Batteux, en que aparece una idea fundacional en lo que a éstas respecta: el propósito de las bellas artes es dar placer; así, es en otro terreno donde se consolidan las bellas artes: no el de la función social, no el de la utilidad —sea ésta, política, didáctica, religiosa, etcétera.
Otros aspectos contribuyeron a esa formación, sostenida por lo menos durante dos siglos. Actualmente, no obstante, y con el precedente de las rupturas artísticas de principios del XX, parece que nos encontramos en el terreno del arte contemporáneo, más cerca del amplio espacio que representaron en el mundo antiguo techné y ars.