Del claroscuro a la luminosidad

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Mientras veía ese espectáculo acuático: donde las ballenas hacen algunas acrobacias que arrancan aplausos a los espectadores, me preguntaba qué quería decir con ello Jacques Audiard (París, 1952). Es cierto que se trataba de los primeros minutos del filme (Metal y hueso, 2012); sin embargo, ¿cómo encajaba aquello con el particular lenguaje fílmico de este cineasta francés, sobre todo después de Un profeta (2009), una pieza magistral, sobria, contundente? La respuesta no tardó en llegar: esa algarabía cedería en un instante su lugar a la tragedia: una ballena, en uno de sus ejercicios acrobáticos, embiste a Stephanie (Marion Cotillard) y tras ese accidente la mujer queda sin piernas: un límite humano que se toca por vía de lo inesperado, como casi todo en Audiard. Luego, esa mujer llegaría a ser la manejadora y amor de un peleador callejero (Ali).
La construcción de una narrativa fílmica propia (el sello, el aliento, el estilo, dirán algunos) le lleva a los directores muchos años de trabajo y, sobre todo, muchas tentativas que se van a pique, aunque en otras tantas dan con películas magistrales. En el caso particular de Audiard, Metal y hueso es apenas su tercer largometraje y ya uno sabe con lo que se va a topar cuando se dispone a ver un filme suyo: no en el sentido de que se trate de un cineasta previsible, sino porque su cine es todo lo contrario, imprevisible, desmesurado, inequívoco, sin falsas poses ni un recurrir demasiado a la técnica para contar sus historias. A Audiard incluso se le podría acusar de no ser sentimental (cosa que veo como un acierto más que como una carencia), pero no de vender trucos para aligerar un drama violento: porque es ésta su concepción de cine negro.
En su primera película (El latido de mi corazón se detuvo, 2005) un delincuente decide dejar ese mundo marginal y ser pianista, y en la segunda (Un profeta, 2009) un joven árabe de origen francés, delincuente común, de criado y mandadero de los corsos en la cárcel se abre paso hasta llegar a ser un capo, un traficante respetado: en una cinta, podría decirse, el descenso criminal y en otra, el ascenso. La vena de estos dos filmes puede hallar sus antecedentes en el legado de Scorsese (Buenos muchachos, 1990) y en el de Coppola (El padrino, 1972), pero también tal vez en Michele Placido (Romanzo criminale, 2005). Hay vena, sí, mas él se las arregla para abrir otra ruta y seguirla.
En estas tres primeras películas de Audiard no hay nada de arranques heroicos, sino pura y llanamente actos descarnados, sin sentimientos, violentos y desproporcionados. El asesinato es la palanca que acciona el mecanismo y lleva a Malik El Djabena (Un profeta) a la cúspide de una organización delincuencial en la cárcel y cuyos tentáculos se extienden fuera de ese recinto. El que alguien salga prácticamente del barro y alcance alturas insospechadas parece ser el escenario mejor para Audiard: Stephanie y Ali (Metal y hueso) tras casi ahogarse al fin salen a la superficie y logran respirar: queda confirmado que a este director le sobra maestría para contar historias en las que se avizoran más fracasos que éxitos.
Podría fácilmente pensarse que este cineasta francés es un tipo motivacional o de ésos que se embelesan en ensalzar la progresión del alma humana como un sembradío de virtudes. El suyo, sin embargo, es un interés meramente humano: nada de la condición humana le es ajeno ni desconocido al momento de construir sus historias (porque en ellas hay sobre todo personajes: en los que aplica aquel verso de Silvio: “es tremendo estar vivo.” Sí, se trata de personajes que están tremendamente vivos, de rostros inescrutables, que retroceden y avanzan a cada tanto). El tratamiento es lo que los vuelve carnales, frágiles y sedientos de los días por venir. Que se abalanzan por un túnel corto pero de una oscuridad letal.
Un profeta y Metal y hueso evidencian la secreta esperanza en lo que uno lleva en los adentros: porque no obstante el viento desbocado que la azota, la condición humana siempre, de algún modo, se las arregla. Chéjov escribió en un cuento: “y súbitamente todo empezó a aclarársele”, nada mejor para describir la tesitura de los filmes de Audiard: hay un algo nebuloso, hay puñados de sombras y un sinnúmero de claroscuros, pero aun a sabiendas de que nada hay nuevo bajo el sol, la luminosidad asoma de a poco. No se trata de una victoria total, sino de un pequeño resquicio por el cual se insinúan otros horizontes.