Consumir escenas

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"Festival Finale" - 20th May, 7:30pm @ Astor Theatre -

El ritmo de una ciudad se puede medir en el tipo y cantidad de consumos que sus habitantes realizan. En un mundo que le ha alzado la mano victoriosa al capitalismo, el lugar para las artes es casi un refugio.

En él, sobreviven, al margen del circuito económico, las personas que tienen como oficio el teatro, por ejemplo. Mientras crecemos recibiendo infinitos estímulos sensoriales que justifican y consideran al consumo con el más humano de los actos, las artes y sus estrategias van en paralelo avanzando en soledad. El teatro que se produce en Guadalajara, sin importar lo cerca o lejos que se encuentre de la convención representativa, en lo referente al consumo, manifiesta un grave desequilibrio tanto en lo estético como en lo económico. En todos los discursos encontramos afirmaciones que colocan a la cultura y las artes como elementos fundamentales para el desarrollo integral de los grupos, sin embargo, para que esta ambición aparentemente pluralista y pacificadora salga de las numeralias de los informes de gobierno y sea una realidad, es necesario el diseño e implementación de políticas públicas que consideren el concepto del consumo, en su sentido más complejo, al fomentar la producción y difusión del quehacer escénico.

En principio tendríamos que realizar con toda formalidad un estudio diagnóstico que dé cuenta de las formas de producción escénica, y sobre todo de quiénes y cómo consumen los llamados productos sensibles, las piezas escénicas. En este momento carecemos incluso de información básica sobre el circuito económico de las artes escénicas en México y por supuesto, también de nuestra ciudad. Bajo el prejuicio y el temor de ser considerados mercenarios, de perder el nombre de artistas, pocos ejecutantes se reconocen como trabajadores escénicos. Como público de teatro he visto cómo en los últimos años el número de directores, colectivos y actores se multiplican de forma inversamente proporcional a su público y a la economía que soporta sus propuestas. El público de teatro, lejos de crecer se atomiza en la cantidad de oferta escénica de nuestra cartelera. Fuera de los miércoles de teatro gratuito que ofrece la SCJ en el Teatro Alarife,  el resto de los espacios raramente completa sus aforos. Esta es una de las primeras claves para estudiar el fenómeno. ¿Qué mensaje enviamos cuando las funciones escénicas se ofrecen sin un costo?, ¿quién gana y quién pierde cuando damos la idea de que las artes, concretamente el teatro, no es un trabajo que también posee un valor económico? Para comprender mejor este asunto tendríamos que realizar un acercamiento a lo que los artistas, trabajadores de la escena, producen.

En el siglo XVIII, el racionalismo definió las experiencias estéticas como propias de aquellos que tuvieran competencias intelectuales, lo que provocó una división. Por un lado las élites culturales produciendo y del otro las élites de consumidores. ¿Qué es exactamente lo que los trabajadores de la escena producen? No hablamos de bienes ni de servicios, sino de experiencias, algo aún más difícil de comprender, de asir para explicarlo. Las experiencias de las que hablamos, sensibilizan, aportan profundidad a nuestro pensamiento social y estético. Se trata de vivencias estético-sensibles que si bien pueden estar condicionadas por factores culturales, ideológicos o de afinidad, producen emociones como experiencias de ocio o hasta conmoción como experiencias estéticas.  La sociedad de mercado gana en esta confusión dejando al margen de los beneficios que aseguren una calidad de vida a todo un sector, sin importar cuánto produzca y la importancia de su quehacer social.

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