Científicos en el ring

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“Una parte muy interesante de la historia de la ciencia, es la que protagonizan los pleitos entre célebres científicos que en todos los casos están ya muertos, lo que no es empedimento para que la batalla siga…”. Eso fue lo que anticipó del tema de su más reciente libro: Científicos en el ring, de editorial siglo XXI, Juan Nepote González. El volumen fue publicado a fines de 2011 y popularizado en Argentina y España, pero no en México, en donde todavía lo estamos esperando.
Para amenizar la espera, el maestro Durruty de Alba Martínez, presidente del Colegio de Profesionales en Ciencias Físicas, invitó a Nepote a una charla sobre los pleitos entre científicos célebres, que tuvo lugar en la “Joseluisa”, del Fondo de Cultura Económica, el 15 de agosto, dentro de la sesión que tiene lugar los segundos martes de cada mes.
En rápida sucesión el narrador nos recordó la pelea de Galileo contra la iglesia católica; la de Copérnico, que murió antes de presenciar el éxito de su libro; la actividad de Isaac Newton, “que siempre se portó como un luchador consagrado, porque ganó todas las luchas”. La batalla ganada por Marie Curie, cuando ya se encontraba en la madurez, contra sus contemporáneos, que le reprochaban su enamoramiento de un científico más joven que ella. La prestigiada madame Curie, que obtuvo el premio Nobel dos veces, caso único en la historia del máximo galardón científico.
Ante nuestros ojos transcurrieron las efigies: al descubridor del oxígeno, a quien debemos el conocimiento fundamental del aire que respiramos y que no se llama Joseph Priestley, sino Carl Wilhelm Scheele, un químico sueco dedicado a la farmacéutica, que envía su reporte del descubrimiento de un elemento en el aire que producía combustión química. Llegó a la conclusión de que dicho elemento, denominado por él “aire de fuego”, era un componente del calor y de la luz. Su reporte del descubrimiento data de 1770, cuatro años antes de las acciones de Joseph Priestley, quien logró obtener oxígeno a partir de diversos óxidos de forma independiente. La diferencia entre ambos descubrimientos es que el primero era un sueco radicado en Alemania, que entregó su reporte a Lavoisier, quien no le dio la suficiente importancia, y el segundo un inglés radicado en Estados Unidos, bajo la poderosa sombra de Thomas Jefferson.
Es fácil conocer las causas que condujeron a atribuir el descubrimiento del oxígeno a Priestley y no a Wilhelm, que publicó hasta 1777 su libro: Observaciones sobre el aire y el fuego. Y aquí está el conflicto situado y la batalla por llevarse el prestigio de ser el descubridor del oxígeno y su importancia en el aire que respiramos.
Como éstos, no falto el caso mexicano en la persona de Andrés Manuel del Río, español radicado en México, naturalista, metalúrgico, especialista en minas, quien creyendo que había descubierto un nuevo metal, al que le puso por nombre eritronio en 1801, se lo entregó a Humboldt, quien tampoco le dio la debida importancia y evitó sin querer que este hispanomexicano fuera reconocido a su debido tiempo como descubridor del vanadio (nombre originado en las deidades suecas y con el que bautizó el desconocido metal el químico sueco Nils Gabriel Sefstrom, quien lo reencontró en 1830). Otra discusión, esta vez prevaleciendo las nacionalidades.
La historia de la ciencia entrega numerosos ejemplos de estas controversias, las que Nepote narró hábilmente con su dotación de cultura científica, que gana la simpatía de los lectores y si no que me desmientan los que leen sus artículos dominicales en La Jornada, en sus ediciones de Jalisco y Michoacán; la revista Ciencia y desarrollo, editada por el Conacyt; La gaceta en el segmento “Ciencia y seguido”; la revista Luvina, ambas de la Universidad de Guadalajara; la revista Magis, del ITESO y la popular ¿Cómo ves?, de la UNAM.
En síntesis: seguimos esperando el libro…

*Divulgadora de la ciencia / Unidad de Vinculación y Difusión. Coordinación de vinculación y servicio social.