Arreola la literatura azarosa

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Vivo de una manera muy distinta de lo que fue antes mi vida, que también tuvo pasajes diversos y situaciones que me obligaban a formas de vida distintas cada vez,  pero ya desde hace algún tiempo mis distracciones han cambiado”, me cuenta Juan José Arreola, con la voz apagada, desde su sillón rojo que parece muy cómodo. Yo estoy sentada frente a él en una silla de madera. Entre nosotros hay una pequeña mesa con una botella de vino tinto y una copa. Se le ve cansado, tiene ojeras, pero jamás bosteza y con cada trago de vino parece recargar su energía.

“Llegué hace casi seis años a Guadalajara (1990) todavía con energías que no puedo llamar de juventud, pero sí eran restos de madurez importantes, tenía fuerza en brazos y piernas, pero los últimos años empecé a decaer físicamente y para todo me había adaptado, pero no para la decadencia física. Me puse a ver el calendario y me di cuenta de que ya era tiempo de que tuviera fallas musculares”. Esto me lo dice en los primeros minutos de la entrevista a manera de disculpa por haber llegado tarde.

Una lluvia tras la ventana
Es el mes de julio de 1996, acaba de llover y por la ventana todavía se percibe el aroma a tierra mojada. A pesar del tráfico llegué a tiempo, sin embargo cuando su hija abrió la puerta de la casa de Providencia, él no estaba.

“Mi padre fue a dar un paseo. Espéralo sentada, nada más no lo hagas en el sillón rojo porque ése es su lugar”, me informó al tiempo que desaparecía por un pasillo.

Me senté en la silla de madera. Desde ahí me puse a observar las paredes con el movimiento de un paneo (cuando la cámara gira sobre su propio eje) de izquierda a derecha, de derecha  izquierda, de arriba abajo y viceversa.

A primera vista el lugar no tenía la apariencia de ser la casa de un escritor, mucho menos de “Este Escritor”, al menos desde el sitio donde me encontraba parecía no haber indicios, ni pistas de que así fuera. No era como las casas de otros autores que en cuanto se pasa del umbral de la puerta se percibe el gusto por los libros y el arte en general. No había libreros apretados de ejemplares literarios, académicos o periodísticos, ni revistas, ni cuadernos apilados en alguna mesa. Tampoco había discos, ni pinturas, ni fotografías.

No, la casa de Arreola de la colonia Providencia no lucía como estos templos de la literatura, por el contrario tenía pocos muebles, el espacio se acercaba más a un estilo minimalista, casi de oficina donde también el ruido era escaso, el silencio envolvía el lugar. Imaginé que toda su obra y colección de libros estaban en Ciudad Guzmán, pero también pensaba que en alguna de las habitaciones de esta casa podría haber si no una biblioteca, al menos un estudio con algunos libros en una estantería. Me levanté de la silla con la intención de curiosear un poco pero cuando me disponía a caminar por el pasillo, escuché el ruido de un auto que entraba a la cochera, como un resorte volví a la silla de madera. Enseguida escuché voces y el sonido de unas llaves que abrían la puerta.

Juan José Arreola entró acompañado de un joven a quien presentó como su chofer. Estaba ataviado con capa, sombrero y bastón, lo cual me pareció maravilloso, pues imaginaba que sólo se vestía así en los eventos públicos. Luego de que se despojó de todas estas prendas, se quedó sólo con una camisa blanca de manga larga y unos pantalones oscuros, y se acercó a saludarme de mano.

“Disculpe que la hiciera esperar, pero me dieron ganas de dar un paseo. Le pedí al chofer que me llevara a dar la vuelta, lo hago con frecuencia, sobre todo ahora que ya no puedo andar en motocicleta”.

Antes de comenzar la entrevista, me invitó a conocer su colección de corbatas. Caminamos por el pasillo hasta donde estaba una repisa de cristal. Las corbatas representaban sus viajes al extranjero. “Esta la compré en España, es una de mis favoritas”, me dijo señalando una corbata amarilla con diminutos libros de color negro.

Se sentó en su sillón rojo y yo en la silla de madera, parecía que estábamos listos para una partida de ajedrez…

“Ahora sí, ya podemos iniciar —me dijo no sin antes advertirme de su larga ausencia en la escritura y en muchas otras actividades—. Paso por una limitación del movimiento, de la energía, que trae como compensación un mayor reposo espiritual y una posibilidad de entregarse a reflexiones, incluso a tareas de lectura muy distintas de las anteriores, hacer una relectura, leer lentamente y con mayor profundidad. He dejado de hacer varias cosas como andar en motocicleta o jugar ping-pong, debido a las lagunas y a las fallas de reflejos musculares. Esto es el bienestar de la vejez, una capacidad para irse haciendo el ánimo de que muchas cosas que eran placenteras ya no son posibles. Se empieza a aprender a desaprender; lo que más presente se tiene es el subir y bajar las escaleras como cuando se era un niño pequeño”.

Me siento conmovida por sus palabras, pero trato de que no se me note y pasamos a la siguiente pregunta. Hace rato que le di la vuelta al casete de la grabadora. La botella de tinto está más allá de la mitad. Ya le he preguntado y me ha hablado de casi todo: literatura, música, ajedrez, del hombre, la mujer, de la virginidad de la mujer, del presente, el futuro, del paso del tiempo, de la vejez, entre muchas otras cosas, pero el maestro Arreola, como buen conversador, me sigue hablando y me dice que los escritores inventan más de lo que saben.

“El escritor es un hombre que dice más de lo que sabe. En esa ordenación magnética, siempre habla el otro. Es el caramillo de Homero o de Hamelín, o del encantador de serpientes. Pero si hablamos de Borges te puedo decir que se me hace cada vez más claro, nítido e importante. El ejemplo de Borges es que no se consideraba escritor sino lector. Su pretensión fue y lo logró ser uno de los mejores lectores del mundo. Yo que desde niño fui dado a la lectura y no sabía yo que Borges tenía esa verdadera actividad. Borges leyó mucho desde niño, adolescente, joven, en la madurez y hasta la última vejez”.

De repente el autor de La feria (1963) se queda en silencio. Se levanta del sillón, me informa que regresará en un momento y desaparece por el pasillo. Me quedo un poco confundida, no estoy segura de si ya terminó la entrevista. Su hija sale de la cocina y camina hacia a mí. Observa la botella vacía y la copa llena. Me voltea a ver y me dice.

—No te preocupes, enseguida regresa.

El maestro al volver parece contento, me cuenta que ahora que me vaya se pondrá a jugar ajedrez. Me dice que además de leer y escuchar música, el ajedrez sigue estando entre sus actividades primordiales.

“No dejo de leer, es mi principal actividad y al mismo tiempo mi principal distracción. Evito leer durante el día para reservar la noche. Mis horas de lectura están dentro de la noche: duermo, despierto y vuelvo a leer. La lectura nos lo da todo. El ajedrez es también una de las distracciones más importantes y necesarias en mi vida. Es lo único que me hace descansar, incluso de la lectura y de todos los accidentes de la vida. Yo empiezo una partida de ajedrez y el mundo cesa de girar y el tiempo de seguir recorriendo la carátula del reloj”.

Su hija me acompaña hasta la puerta. El maestro se ha despedido de mí desde su sillón rojo. En cuanto subo al carro lo primero que hago es verificar que esté bien grabada la entrevista, doy rewind unos segundos y pongo play: “La literatura es múltiple, diversa, y en mí sigue siendo azarosa”.
Acelero feliz de la vida.

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