Amparo Dávila: de la luz a la oscuridad

Falleció el pasado sábado 18 de abril, a los noventa y dos años, la escritora zacatecana, quien en su prosa siempre poética abrió el camino en nuestro país hacia la literatura de lo fantástico y lo sobrenatural, aunque con unos matices muy mexicanos

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No hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos.
AMPARO DÁVILA

 

En el principio fue la poesía; luego el cuento.

Amparo Dávila, quien nació en el poblado minero de Pinos, Zacatecas, en 1928, es una de las precursoras del cuento moderno mexicano y una de las primeras voces que en nuestro país puso la mirada y los sentidos en lo fantástico, el horror y lo sobrenatural.

Sus primeros libros fueron de poesía: Salmos bajo la luna (1950) y Perfil de soledades (1954); en 1959 aparece Tiempo destrozado; le siguieron Música concreta (en 1964) y Árboles petrificados, que en 1977 obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia.

Ya desde su primer libro de narraciones perfiló su mirada, su modo de ver y sentir. En Tiempo destrozado ya está uno de sus cuentos icónicos y en el que se centra toda su obra: “El huésped”.

Aunque abandonó pronto la escritura de versos, nunca se deshizo de ese antiguo y mágico temblor de la poesía. Todos sus cuentos está escritos bajo ese asombro poético que permite que sean distintos y únicos. Hay en sus textos una parte lírica que nunca se rindió y ofrece frutos a los sentidos del lector.

No es a la fuerza que entra esa música que narra, no es la brutal y llana prosa de los narradores a secas que a punta de esfuerzo hace que el lector escuche (más que leer) lo que en sus historias se dice.

Amparo Dávila es el murmullo de esas canciones, de esas voces que surgen casi de la nada y dicen lo que escuchan.

La delicada prosa de Dávila es es un canto surgido de pronto que sorprende al que escucha y al no saber de dónde surge se ve redimido a lo que dice y es quizás de allí donde se posiciona en un tono fantástico y sobrenatural.

Cada una de las historias deja una inquietud, un miedo, un sobresalto y nos recuerdan a las pesadillas sutiles de los primeros seres humanos que a nosotros nos llegan desde ese “antes”, “después” y en ese “instante”.

Los cuentos de Amparo Dávila (quien el pasado sábado 18 de abril falleció a los noventa y dos años para ir tal vez a encontrar a esas voces que le contaron desde atrás de una pared), y que a nosotros nos parecen narrados por “alguien” y de allí quizás lo sobrenatural y fantástico, son como esas narraciones que escuchamos de niños y nos causaron sobresaltos en el sueño.

Lo fantástico, el horror y lo sobrenatural son la cadena que nutre los sueños y las pesadillas. Son, en todo caso, las coloraturas de la voz que narra y la imaginación que los transcribe de algún modo. Es el oído que escucha y que la voz repite a manera de canción de miedo.

Lo fantástico es la tremenda luz que nos ciega; el terror es lo que nos deja en la tremenda oscuridad; el horror es el espejo en el que nos miramos y ¿lo sobrenatural?

Quizás lo sobrenatural sea lo que perturba nuestra relación con la realidad; lo que hace que no estemos ni aquí ni allá, porque es el lugar intermedio: el limbo, la suspensión de nuestros sentidos en el vacío.

Tal vez lo sobrenatural es de donde surge esa voz poética de Amparo Dávila. Y ella sea (¿siempre lo fue?) el médium que escucha a la gente de quién sabe dónde y lo que hizo fue darnos un puñado de joyas perfectas que nosotros llamamos cuentos o narraciones.

Podría ser, o tal vez necesitamos nombrarlas de algún modo para no sentirnos en el abandono.

Podríamos llamarles prosas poéticas para consolarnos.

O sencillamente poemas en prosa.

Todo para no sentir temor.

Lo fantástico y terrible “a la mexicana”

Luis G. Abbadie

La obra fantástica de Amparo Dávila es excepcional en el momento en que se produce porque, en aquel entonces, eran muy pocos los autores que tocaban lo fantástico y lo sobrenatural sin caer ya fuera en un refinamiento excesivo, como buscando intelectualizar un género de corte emocional para volverlo respetable, o bien de manera condescendiente, solazándose en las extravagancias.

Estas actitudes —que, aunque ya son muy poco frecuentes, todavía se presentan en quienes intentan escribir un relato fantástico sin ser lectores de tales temáticas— se derivan de un prejuicio, el de que una obra que se aparta de la realidad literal carece de seriedad y trascendencia. Amparo Dávila nunca lo hizo así; ella reconoce que la sensibilidad hacia lo fantástico y lo terrible es algo especialmente inherente al espíritu del mexicano, que somos viscerales antes que intelectuales; y así son sus personajes.

Se le reconoce como una de las autoras icónicas del terror mexicano —prácticamente, parte de una media docena de autores clasificados como nuestros “clásicos” del género—, sin embargo su obra muestra muy pocas pinceladas de lo horripilante.

Tiene algunos cuentos con momentos inquietantes, sin duda, pero son escasos. Sus cuentos, fantásticos o no, con frecuencia muestran matices sombríos, mas lo terrible es casi siempre inherente a la vida familiar, a la decadencia emocional que se produce al estancarse las emociones en un hogar.

“El huésped”, por ejemplo, es un relato inquietante y no exento de humor negro, que de haberlo conocido Hitchcock habría adaptado gustoso para televisión; pues entre el suspenso y el terror psicológico, en efecto, no hay una línea definida. Pero evitemos caer en la falacia de forzar el terror y el horror como mutuamente exclusivos ámbitos de lo psicológico y de lo sobrenatural, una tendencia de años recientes que sólo sirve para distraernos del punto.

Cuando Amparo nos habla de fantasmas, éstos pueden ser siniestros, pero la gran tradición del cuento de fantasmas sólo se traslapa con lo horripilante en ocasiones, con obras como los Cuentos de un anticuario de M.R. James, o Cuento de fantasmas de Peter Straub.

En las páginas de Amparo Dávila esta superposición se da por momentos, pero tampoco predomina. Escribir acerca del terror puede definir un cuento como terrorífico, pero no es necesariamente así. En realidad, muchos de sus cuentos encajarían más en el suspenso hitchcockiano, de no ser precisamente por sus elementos sobrenaturales. En todo caso, ese énfasis en los habitantes de una casa, en las emociones asfixiadas por las circunstancias, empataría mejor con lo que Stephen King denominó el nuevo gótico americano, aunque traducido, obviamente, al contexto mexicano, donde esta angustia reprimida de las familias es algo que muchos pueden identificar en sus propios antepasados, incluso en algunos hogares actuales.

El microcosmos cuasigótico de una familia, si añadimos un fantasma, deja el escenario listo para un Carlos Taboada; y muchos hemos conocido, de oídas o en persona, a alguna anciana que en sus últimos días experimentara de manera constante el perturbador escenario descrito por Amparo en “El espejo”. Lo fantástico no hace, una vez más, sino un reflejo en alto contraste de lo real; y a veces esa realidad puede tocar los puntos sensibles de la psique de algunos lectores, aun si los cuentos no son necesariamente terroríficos.

Este es un país de fantasmas, y éstos se nutren de nuestras emociones; esto lo reconoce Amparo Dávila no como una reflexión, sino como una experiencia vital y ubicua, y así lo recrea una y otra vez, revelando lo sorprendente y lo fantástico que, por su proximidad, a veces puede que nos resulte difícil discernir.

Por ello, sus aportaciones al terror son en realidad escasas; acaso su obra en general ha aportado mucho al género porque señala caminos por los cuales aproximarse a lo terrible de una manera congruente con lo mexicano, y la insistencia con que el género se empeña en adoptarla ha permitido que muchos autores posteriores descubran estas posibilidades.