Alan Turing contra el olvido

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Buenas noticias para la investigación científica en México: el Cinvestav. del Instituto Politécnico Nacional, acaba de presentar a Xiuhcóatl (“serpiente de fuego”, en náhuatl), una súper computadora con capacidad para elaborar 25 billones de operaciones aritméticas por segundo. Se trata del equipo de mayor potencia en México, que también servirá para conformar una red de súper computadoras, junto con Kan Balam y Aitzaloa, máquinas propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Universidad Autónoma Metropolitana. Así esperan reducir el tiempo necesario para ejecutar complejas simulaciones de laboratorio y de intrincadísimos cálculos. Buenas noticias al inicio de este 2012, cuando se conmemoran 100 años del nacimiento de Alan Turing, deslumbrante pionero de la computación moderna.

Computadoras que aprenden
Alan Turing fue un matemático inglés especialmente interesado en la criptografía, la lógica y los autómatas. Tan inteligente como complejo, se formó en el King’s College de Cambridge, Inglaterra y en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, en Estados Unidos. Con menos de 35 años de edad postuló las preguntas clave para el futuro desarrollo de la cibernética, pero también analizó la evolución de los organismos en la naturaleza de acuerdo con patrones establecidos, impresionado por lo notorio que puede resultar la influencia de la matemática en todo ello. Turing desarrolló un algoritmo para verificar si una oración matemática podía ser demostrada o no. Por ese trabajo se le reconoce la autoría sobre el prototipo teórico de las computadoras como las conocemos.
Desaliñado, tartamudo, original, brillante, supo formar parte de equipos de investigación de primer nivel –a él se debe, por ejemplo, el desciframiento de las máquinas de código secreto que empleó el ejército alemán durante la Segunda Guerra mundial, llamadas Enigma–. Rebelde, pero sin salirse nunca del sistema, Turing defendía la tesis de que las máquinas podían aprender y superar significativamente la inteligencia de su fabricante.

Injusticia y olvido
Entre juegos, Alan Turing sugirió hacia 1950 una prueba sencilla para determinar si una computadora podía ser inteligente: la máquina debería mantener una conversación sin que su interlocutor distinguiera que efectivamente se trataba de una máquina.
Visionario para encontrar los caminos por los que habría de andar la ciencia en el futuro, de trato esquivo y difícil, engreído y ensimismado, Turing fue culpado oficialmente de “indecencia grave” en 1952. Había ayudado a su nación a ganar la guerra, pero no le perdonaron una afrenta grave: ser homosexual en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XX. Su madre –con quien siempre estableció una relación tormentosa– no supo reponerse de la noticia. Turing fue obligado a seguir un tratamiento hormonal para “curarse”. En lo profesional no pudo avanzar mucho los siguientes meses.
En 1954, a los 42 años de edad, se comió una manzana bañada en cianuro y murió al poco tiempo. Sobre su memoria cayó cierto manto de incómodo olvido.
En 2009, el primer ministro de Reino Unido, Gordon Brown, ofreció a nombre del gobierno británico una disculpa. Pero la interrogante que abre el más célebre de sus ensayos, Computing machinery and intelligence, sigue esperando una respuesta: “¿Pueden las máquinas pensar?”
Para atender preguntas de ese tipo, y de paso arrancar del injusto olvido su memoria, un comité académico internacional se ha encargado de organizar el “Año de Alan Turing”, y quizá volvamos a escuchar con más atención a aquel personaje irrepetible que orgulloso se mofaba de que “cuando programamos una computadora, apenas tenemos una leve noción de que le hemos pedido qué haga”.

* Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica