A 50 años del mejor Miles

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American jazz musician and composer Miles Davis (1926 - 1991) playing the trumpet. (Photo by Express Newspapers/Getty Images)

Cinco canciones que cambiaron la historia del jazz y la música en general. Dos sesiones en el estudio de Columbia en la calle 30 de Nueva York. Un sexteto mítico: los saxos de John Coltrane y Julian “Cannonball” Adderley, Jimmy Cobb en la batería, Paul Chambers en el contrabajo y Wynton Kelly con el piano excepto en un corte, de la mano de Bill Evans.
Miles no era uno de esos genios temperamentales de solos extravagantes y poderosos. El aliento de este chico de Saint Louis era sutil en la trompeta, instrumento estridente por antonomasia. Desvanecido, difuminado, su música era el otro lado de un espejo que no lo reflejaba. Su sonido era limpio, tranquilo, lírico, casi estático, pero su carácter era el de un divo que se sabe en la cima: agrio, siempre de espaldas al público en el escenario, arrogante, apasionado del box y los autos de carreras, heroinómano depresivo en su últimos tiempos… Quizás el éxito lo embriagó demasiado pronto: a los 23 años ya estaba de gira por Europa y a los 29 su nombre se hizo famoso, tras el Festival de New Port de 1955; o quizás venga de antes, de 1944, cuando sustituyó por dos semanas al tercer trompetista en la banda de Billy Eckstine, de la que eran parte “Birdie” y Dizzie Gillespie.
Como sea, con Kind of Blue demostró en la práctica lo que había dicho un año antes para la revista The Jazz Review: “Sin acordes… tienes mucha más libertad y espacio para escuchar cosas. Cuando tomas este camino, puedes seguir por siempre. No tienes que preocuparte por los cambios y puedes hacer más cosas con la línea (melódica) […] Creo que está comenzando un movimiento en el jazz alejado de los acordes convencionales… habrá menos acordes pero infinitas posibilidades de qué hacer con ellos.”
“So what” y “All blues” eran temas que el sexteto ya había tocado antes de las sesiones del 2 de marzo y el 22 de abril, pero de los otros cuatro cortes no sabían nada, excepto algunos bocetos de escalas y líneas melódicas. No fue sino hasta el día de las grabaciones que vieron por primera vez el esqueleto armónico de las canciones, y fue sobre esa base que cada músico construyó su improvisación e imprimió sus propias ideas y abstracciones. Nacía el jazz modal.
A pesar de que el resultado es tan sólido como una cúspide, en realidad el proceso fue sumamente experimental. Hasta entonces la improvisación del jazz surgía de una serie de armónica que se repetía con variaciones y se desataban casi por completo en los solos.
“Le encantaba reunir un grupo de músicos heterogéneo y a ver qué pasaba”, dijo el baterista Jimmy Cobbs al diario español El País hace dos meses con motivo de los conciertos conmemorativos al 50 anivesario de Kind of Blue en los que participa.
Ese regusto por la incertidumbre provocó un momento incómodo en la primera sesión. El pianista Bill Evans estaba en el banquillo de Wynton Kelly, tocando sin marcar el tiempo, alejado de la base rítmica. Miles no le había dicho a nadie, ni siquiera a Wynton. Al final le respetó el sueldo y lo incluyó en “Freddie Freeloader”, pero Evans se quedó con el puesto.
Como suele ocurrir con las obras maestras, un mito rodea a Kind of Blue: no es raro escuchar que el disco se grabó en una sola toma, pero el rumor es falso. Sólo “Flamenco Sketches” se grabó completa en la primera toma, pero no fue esa la que se incluyó en el LP. Esa primerísima versión vio la luz hasta 1997, como bonus en una edición especial. Sin embargo, “Flamenco Sketches” cobra importancia por otra razón: es una pieza fundamental en la apertura del jazz a la música del mundo, y una influencia de especial relevancia en el historial de Miles Davis, que se concretó en su siguiente grabación de estudio, Sketches of Spain, de 1960.
Producido por Teo Macero e Irving Townsend, Kind of Blue salió al gran público el 17 de agosto de 1959. Entonces no fue un gran suceso. The shape of jazz to come de Ornette Coleman, que tocaba ese otoño en el Five Spot Club, opacó el trabajo de Davis.
No fue una súbita explosión pero es el disco de jazz más exitoso de todos los tiempos, con cuatro millones de copias vendidas hasta octubre de 2008, cuando la Asociación americana de la industria discográfica le certificó un cuádruple disco de platino.
La relevancia de esta grabación ha sido como el soplo de Miles: sostenido, sin vibrato, largo y penetrante. Sony BMG ha lanzado una edición conmemorativa casi fetichista con gran éxito, la revista Rollingstone lo pone en el número 12 de los 500 mejores discos de todos los tiempos y Pitchfork Media le otorga su más alta calificación, al igual que prácticamente cualquier crítico de música. En 2002 pasó a ser parte del Registro nacional de grabaciones de Estados Unidos y el Congreso de este país votó por unanimidad una moción para conmemorar su 50 aniversario, y que considera al jazz “tesoro nacional”.

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