Volar adentro

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Alejandro Amenábar es el nuevo genio del cine español y uno de los creadores fílmicos más interesantes y originales del planeta Celuloide. Lo demostró con su ópera prima, Tesis; lo confirmó con ese prodigio llamado Los otros, y ahora consolida su condición de brillante creador cinematográfico con Mar adentro (España, 2004). Llama la atención sobremanera que no solo escribe, dirige y produce sus películas, sino que además se da el lujo –y el tiempo– de realizar la música original de sus filmes. Es decir: el hombre es escritor, director, productor y músico de cine, y en todos los rubros se destaca como pocos. O más bien, como nadie. El efluvio es que cuando veo la cara de bueno de Buenolandia que tiene Amenábar, me intriga cada vez más las poco –o nada– comunes historias que ha imaginado con esa imaginación suya que, seguramente, aún está imaginando su mejor película por imaginar. Porque aunque resulta evidente que con la historia del simpático, sensible y sesudo cuadripléjico cuyo único sueño –además de volar de adentro hacia fuera y hasta donde sueñe llegar– es que le permitan o mínimo le ayuden a morir dignamente, ha arrasado con cuanto premio le han puesto en el camino, estoy seguro que aún no hemos visto todo lo que tiene que decir, ni lo mejor. Mar adentro, una historia cruda pero a la vez esperanzadora, una cinta dramática que mira con justificado desdén a cualquier atisbo de melodrama, ha ganado el Festival de Venecia (Premio especial del jurado), el Globo de oro (Mejor película de habla no-inglesa), dos premios de la Academia Europea, 14 de los 15 premios Goya (el equivalente al Óscar en España) a los que estaba nominado, y por si no fuera suficiente –y me cae que después de ver la película no lo es– se perfila como una de las favoritas para llevarse el Óscar a Mejor película en lengua extranjera en marzo próximo, y hasta la estatuilla a Mejor maquillaje. Pero más allá de estos importantes reconocimientos, Mar adentro es, en mi opinión, una cinta humana que humaniza desde todas sus aristas.
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Sabrán que para nada soy aficionado a vender de antemano las tramas de las películas que aquí se abordan. Y en el caso de Mar adentro tampoco lo haré, a pesar de que parte de esa trama haya sido contada aquí, lo cual no es pecado ni pecatta minuta, porque esa parte que aquí se contó es lo mínimo que hay que saber para descubrir luego de ver el filme –obviamente– la verdadera trama del porqué, cómo, cuándo y dónde del polémico y liberador sueño de Ramón (un Javier Bardem como siempre brillante, pero a la vez como nunca antes). No puedo, sin embargo, evitar cierto paralelismo temático con El aviador, de Scorsese, ya que tienen un par de llamativas coincidencias entre sí. Una, el que ambas hayan ganado el Globo a Mejor película en sus respectivos rubros y estén nominadas al máximo galardón hollywoodense en el mismo sentido. Y la otra es que ambos protagonistas, tan diametralmente disímiles entre sí, deseen sobre todo y contra todo volar, aunque uno lo haga afuera con una máquina y el otro adentro con su cuerpo. Pero eso sí, los dos personajes motivados por una imaginación que no les permite quedarse quietos y evitar despegar hacia donde el imaginario de sus propios deseos, y sobre todo sueños, los lleve. Y qué quieren que les diga: el inteligente gallego creado por Amenábar, realmente me puede como ser humano y personaje. Porque aunque es un personaje de ficción, es un personaje en el que seguramente se verán reflejados no solo quienes han vivido una condición física semejante, sino también todos aquellos que podemos movernos y hacer todo eso que podemos hacer, ya que no me cabe la menor duda de que la cuadriplejia, además de ser un impedimento físico, puede ser un impedimento mental. Es decir: no hay que ser como Ramón para ser un discapacitado. Es más, apuesto el espacio de este Cinechoro a que hay más cuadripléjicos de éstos que del tipo fuera de lo común interpretado por Bardem.

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La historia es sencilla: Ramón Sanpedro lleva postrado en la cama casi 30 años desde que tuviera aquel –hasta cierto punto tonto– accidente tras echarse un clavado en el mar. Como cualquier cuadripléjico, solo puede mover la cabeza y en consecuencia, hacer los gestos que le dan personalidad y carácter a su rostro, y por supuesto, también la mueve adentro, donde las ideas, imaginación y sentimientos navegan libres sin anclas físicas que se lo impidan. Su vida transcurre tranquila, pero pétrea, junto a una ventana donde puede ver las montañas y el bosque que le sirve de lienzo para imaginar su querido mar. Su familia, conformada por su abnegada y querida cuñada Manuela, el terco y sin embargo sensible hermano José, su dolorido pero devoto padre Joaquín, su servicial e intuitivo sobrino Javier, viven para él y alrededor de él, con un amor incondicional que no puede ser traducido a lo que Pedro más desea para cambiar su postrada vida. Además, están Gevé y tal tal, ese tipo de personas que se dedica a ayudar sin nada a cambio y que tiene bien plantados los pies en la tierra: lo que se necesita para poder despegar y volar en beneficio de otros si es necesario. Pero la vida de Sampedro se verá radicalmente transformada con la llegada de Julia, una abogada que pretende ayudar a Pedro para que las leyes le permitan llevar a cabo la eutanasia y publicar sus escritos, y por supuesto, con la súbita presencia de Rosa, joven festiva y trabajadora, quien tratará de hacer todo lo posible para que él recupere las ganas de seguir viviendo. Ambas iluminarán el oscuro túnel de una vida totalmente detenida, pero que sin embargo se mueve cuando su lúcida mente hace lo que mejor hace: pensar. ¿Será suficiente? ¿Sabrán que la mujer que ame y lo ame deberá ayudarlo en lo que más necesita? Cierren los ojos e intenten volar adentro para descubrirlo.

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Guión (escrito por Amenábar y Mateo Gil), realización, música, fotografía, maquillaje y actuaciones vuelan mar adentro, gracias a las alas exteriores que les dan su creador, los actores y el equipo de producción en su conjunto. Una película que aborda un tema polémico, y por ciertos grupos satanizado (a quienes, por cierto, ponen en su justo lugar), del cual cada quien tendrá su propia opinión y sacará sus propias conclusiones. Mar adentro no pretende aleccionar a nadie, sin embargo, ilustra sin pelos en la lengua, y sin necesidad de tener la boca demasiado grande, como aquel cura del filme que habla por hablar sobre la diatriba del ser humano que humanamente, y en casos específicos como este, pretende decidir sobre su propia y exclusiva vida. Porque quién más libre que aquel que decide sobre su propio destino, entre medio vivir o enteramente morir, y más cuando uno se encuentra en las condiciones en que está Ramón, e incluso más, cuando uno se da cuenta cómo y quién es él. Y más allá de las cuestiones éticas o morales sobre esta disyuntiva, hay que decir que Ramón es doblemente valiente y coherente consigo mismo. Sobre todo cuando, muy su opinión –que coincide con la mía–, después de la muerte no hay nada. Nada. Eso no impide que podamos seguir viviendo en el recuerdo de los otros.