Usted juega con el lector

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Pensar en nada, según Gabriel Medrano —o Julio Cortázar, que no es lo mismo pero es igual—, es la más horrible forma de pensar (“Historias de Gabriel Medrano” en La otra orilla). Esa nada semejante que experimenta Robert en “Anillo de Moebius” en espera de su condena de muerte (de Queremos tanto a Glenda). Aquel par de hermanos que dejan en un momento la “Casa tomada” (de Bestiario) porque presencian la invasión de su territorio, concluyen que “poco a poco empezábamos a no pensar. (Y es que) Se puede vivir sin pensar”. La obra cuentística de Cortázar es lo más parecido a un aluvión de sensaciones que desbarranca al más seguro de sí, pero no habría que emparentarla entonces con un sendero recto alejado de toda pretensión torcida, sin una sola saliente y con multitud de señales colocadas en puntos nodales; un camino en el que, como se dice comúnmente, “no hay pierde”. Porque esto dista mucho de ese octaedro como a menudo es posible ver ese edificio cortazariano, el bonaerense y el parisino.

Ya el Nobel de literatura Mario Vargas Llosa nos había alertado que lo que Cortázar hizo siempre fue jugar, escribir-jugar: “En los libros de Cortázar juegan todos”, escribió. Primero juega con la literatura misma, con los personajes y con las historias: en sus textos se aplica con justicia aquello de Henry James, “vuelta de tuerca” al caer en la siguiente página, en el renglón último de un párrafo, en las primeras acciones. “Vuelta de tuerca cortazariana” se le denomina a eso que sobreviene cuando menos se le espera: me viene a la memoria “Axolotl”, cuento de Final del juego, cuyo clímax se alcanza cuando el lector se percata que la historia no es narrada por un personaje humano, sino por un axolotl desde su vida en el acuario: todo el tiempo se creyó lo contrario. Lo fantástico como algo tremendo y despiadado, despótico además.

Cortázar, sin embargo, juega sobre todo con el lector, y lo hace como un titiritero de perfil maquiavélico y provisto de un desaforado aliento fantástico, con la profundidad y el desenfreno que le era propio a Edgar Allan Poe, a quien imitó y después se quitó de encima —ya se sabe, en la medida de lo posible: “La literatura es una forma de juego”, le dijo Cortázar en entrevista a la Paris Review en 1984. Es indudable la influencia de Poe en Cortázar (como en Dostoeivski y Borges, y otros tantos), pero el autor estadounidense se decantó por un tono fantástico que tendía a la pesadilla, a lo absolutamente perverso —así lo denomina Harold Bloom—, en tanto que el escritor argentino siguió el sendero de lo fantástico que descoloca, que subvierte la realidad y hace parecer una cosa del modo en que no lo es. “Para mí lo fantástico era perfectamente natural, no tuve ninguna duda en absoluto”, declaró.

Juega con actitud seria
Si se detiene uno a mirar por encima de parrafadas se detecta que hubo siempre en su obra un modo de ponerle juego a la literatura, de administrarle sus dosis personales a esas historias y dramas: el resultado de la ecuación se reduce a un mismo postulado: “Uno puede hacer todo lo posible para llevar a cabo ese juego”, agregó en esa entrevista. Cada quien que traiga sus canicas. En “El viaje”, relato contenido en Último round, la mujer protagonista emprende una doble simulación: por un lado, con su marido y por el otro, con el boletero. Con el primero mediante la desmemoria y con el segundo por vía de la voluntad. El juego que se juega y divierte y satisface. Y de ambos la mujer obtiene lo que busca. En “La autopista del sur” de Todos los fuegos el fuego, esto adquiere mayor relevancia: los automovilistas varados en las afueras de París, en su agobiante espera ponen en marcha un juego alucinatorio al pretender que el mundo no es ya como lo venían viviendo, alejados unos de otros, sino sustentado en la camaradería y el diálogo.

El punto inicial de mi incondicionalidad con los cuentos de Cortázar comenzó con la lectura de “Grafitti”, de Queremos tanto a Glenda, que leí en mis años de preparatoria: el encuentro azaroso y amoroso de dos jóvenes por medio de una pinta en un muro que la policía política se encarga cada día de borrar, y ellos de trazar de nuevo. Allí la querencia se vuelve destino. Más allá del trasfondo amoroso hay también un asunto político que ya por entonces asomaba en la literatura cortazariana y que, con el paso de los años y la escritura de los libros, ya no lo abandonaría más, incluso se ahondaría. En esa misma entrevista concedida a Paris Review, confesó: “Soy un escritor atormentado, muy preocupado por la situación en América Latina y, en consecuencia, a menudo ello se desliza en mi escritura”.

En el cuento “La noche boca arriba”, también en Final del juego, volviendo al asunto lúdico, Cortázar parece escribir literatura con la actitud con la que los niños juegan futbol: con la mayor seriedad posible. El engranaje que activa en este texto es semejante al devenir de “Axolotl”: un escenario subvertido, vuelto de cabeza. Una diferencia fundamental estriba en que aquí el instrumento idóneo es el sueño, el plano onírico en tanto que en “Axolotl” es el doble, la prolongación de lo que somos en cualquier instancia y bajo cualquier apariencia, vía el abordaje de lo fantástico. La mancha, por llamarle de algún modo, viene apuntalada por esto: “Mi noción de lo fantástico está más cerca de lo que llamamos realidad —dijo también en aquella entrevista de 1984. Tal vez porque la realidad se acerca cada vez más a lo fantástico”.

Un contador de historias
Cortázar escribía como el músico en el jazz improvisa. Hay una serie de notas (de presupuestos narrativos y de coordenadas y perfiles de los personajes) que el músico considera, pero a partir de allí el derrotero que sigue le compete únicamente a él y a su imaginación. “Antes que inventar prefiero imaginar”, diría Cortázar en la citada entrevista cuando le preguntaron si su escritura era autobiográfica. El aluvión de palabras y sensaciones de las que hablábamos al principio tiene que ver con esto. Saúl Yurkievich escribe en Suma crítica: “(Cortázar)… persigue el desarreglo de los sentidos para sacar al lector de las casillas de la normalidad, de la cronología y la topología estipuladas, para lanzarlo al otro lado del espejo, al mundo alucinante de los destiempos y los desespacios…” En Un tal Lucas y Último round, en que se inclina por el destanteo y un juego cotidiano pero desbocado, esta noción adquiere una claridad que no por difusa no se aprecia.

En Historias de cronopios y de famas —“Primera y aún incierta aparición de los cronopios, famas y esperanzas. Fase mitológica” e “Historias de cronopios y de famas”—, hay una variante del juego que semeja la cabeza al cubo: el juego se vislumbra entendido como una variante humorístico-lúdica de la literatura que incentiva un humor negro y denso que permea las atmósferas y abriga a los personajes. Cortázar persigue, ya decíamos, “el desarreglo de los sentidos para sacar al lector de las casillas de la normalidad…”. Y sin embargo, aparecía de nuevo el espejo, el doble, porque “sus personajes son nuestros semejantes, prójimo familiar…”. De allí el apego, la incondicionalidad, la lectura y relectura de su obra.

Y no dejaba al azar la hechura y definición de sus textos. Fue más bien un proclive titiritero que no sólo tenía todos los hilos en la mano, sino que más allá de una satisfacción de escritor en su totalidad, acometió otras tareas a la par de la escritura: ese lado político que muchos escritores emprendieron y que los más acabaron perplejos ante sus candilejas. “El problema para un escritor de participar (en cuestiones sociales y políticas) es seguir siendo un escritor”, dijo. Por ello, “esto es un asunto de equilibrio. Lo que hago siempre es literatura, es lo más alto que puedo hacer”, agregó. Desde París hizo innumerables viajes a Argentina, Chile, Uruguay, Cuba y Nicaragua, como gesto de solidaridad. Y a la par están el ya referido cuento de “Graffiti”, pero además “Apocalipsis de Solentiname”, “Satarsa” y “La noche de Mantequilla”, entre otros. Con todo y a pesar de todo, se definía como un contador de historias. Le dijo a la Paris Review: “A pesar de las historias con referencias muy precisas a las cuestiones ideológicas y políticas, mis historias, en esencia, no han cambiado. Siguen siendo historias de lo fantástico”.