Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa

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    Tan ambigua y confusa como esa frase parece encontrarse la realidad en que creemos vivir. En un país como México, tan lleno de teatro político y cientos de dramatizaciones para que el sistema se imponga a la sociedad, parece ya asunto común ver al crimen organizado como parte de la vida diaria.
    Ir a ver el filme El Infierno, de Luis Estrada, resultó una experiencia que dejó en evidencia los rezagos sociales de los que somos víctimas. Resulta comprensible hasta cierto punto que una película que recurre al lenguaje coloquial, el albur y excesivas palabrotas genere momentos cómicos y divertidos.
    Lo que llamó mi atención fue que con las mismas carcajadas por parte del público fueron vistas escenas de asesinatos a sangre fría, tortura y extorsión. Debe ser preocupante que ante algo así no se tenga un mínimo sentido de conciencia social. Lo que se aprecia en pantalla no es fantasía ni una mentira elucubrada en la mente de un guionista, es lo que vive nuestro país a lo largo y ancho de su territorio.
    No podría expresar con certeza a qué se debió tal reacción de la audiencia. Quizás sea que estamos malacostumbrados a ser ciudadanos pasivos y nulamente participativos, como si una esfera de cristal nos apartara de formar parte de un país sumido en la violencia generalizada. No vivamos engañados, en México pasan miles de atrocidades a diario, ya es tiempo de quitarse la venda de los ojos. Una cosa es que la ficción nos supere, y otra que no queramos aceptar la realidad. ¿Cuántas muertes más para que nos importe?

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