Un tratado sobre las drogas

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    Descubrí el otro día, polvorienta y olvidada en uno de los estantes superiores de una librería loca, una pesada obra de un farmacólogo alemán, Phantastica de Louis Lewin. El precio no era excesivo. Pagué y llevé a casa el tesoro de aspecto poco prometedor. Se trataba de un libro grueso, denso en contenidos y, en cuanto a prosa, un modelo de lo que el estilo literario no debe ser.
    Para decirlo concretamente: un libro ilegible. No obstante, lo leí de principio a fin con un interés apasionado y cada vez mayor. Este libro era una suerte de enciclopedia de las drogas. El opio y sus derivados modernos, morfina y heroína, cocaína y peyote mexicano, hachís de la India y Medio Oriente; agaric de Siberia; betel de las Indias Orientales; el alcohol ahora universal; éter, cloral, veronal del Occidente contemporáneo; no faltaba ninguno.
    Para cuando llegué a la última página sabía algo de la historia, de la distribución geográfica, del modo de preparación y de los efectos psicológicos de todos los venenos deliciosos por medio de los cuales los hombres han construido, en medio de un mundo hostil, sus paraísos breves y precarios.
    La historia del consumo de drogas constituye uno de los capítulos más curiosos y, para mí, más significativos en la historia natural de los seres humanos. En todas partes y en todas las épocas, hombres y mujeres han buscado, y luego hallado, los medios de tomarse unas vacaciones de la realidad de sus existencias generalmente aburridas y con frecuencia profundamente desagradables. Unas vacaciones fuera del espacio, fuera del tiempo, en la eternidad del sueño o el éxtasis. En el cielo o en el limbo de la fantasía visionaria. “En cualquier parte, en cualquier parte fuera del mundo”.
    Es significativo que el consumo de drogas desempeñe semejante papel en casi todas las religiones primitivas. Los persas y, antes que ellos, los griegos y probablemente los hindúes ancestrales, utilizaban el alcohol para producir el éxtasis religioso; los mexicanos se procuraban la visión beatífica alimentándose con cactus venenosos; un hongo llenaba de entusiasmo a los chamanes de Siberia y les otorgaba el don de lenguas. Y así otros casos.
    Los ejercicios devotos de los místicos posteriores están todos pensados para producir los milagrosos efectos de las drogas a través de medios puramente psicológicos. ¿Cuántas de las ideas corrientes de eternidad, del cielo, de los estados supernaturales, derivan en última instancia de las experiencias de consumidores de drogas?
    El hombre primitivo exploraba las vías de escape farmacológico con una amplitud verdaderamente sorprendente. Nuestros ancestros casi no dejaron sin descubrir ningún estimulantes natural, droga alucinatoria o estupefaciente. La necesidad es la madre de la invención; el hombre primitivo, como su descendiente civilizado, sentía una necesidad tan urgente de escaparse ocasionalmente de la realidad que la invención de las drogas fue a lo que más o menos se vio forzado.
    Todas las drogas existentes son traicioneras y dañinas. El cielo al que invitan a sus víctimas se convierte en un infierno de enfermedad y degradación moral. Primero aniquilan el alma, luego, en unos pocos años, el cuerpo.
    ¿Cuál es el remedio? “La prohibición”, responden a coro los gobiernos contemporáneos. Pero los resultados de la prohibición no son alentadores. Hombres y mujeres sienten una necesidad tan vital de tomarse de tanto en tanto unas vacaciones de la realidad que harán casi cualquier cosa con el fin de procurarse vías de escape. La única justificación para la prohibición sería que fuera exitosa, pero no lo es, y por la naturaleza de las cosas no lo podrá ser.
    El modo de prevenir que la gente tome demasiado alcohol o se convierta en adicta a la morfina o la cocaína, es brindarle un reemplazo eficiente y cabal para estos venenos deliciosos y –en el actual mundo imperfecto– necesarios.
    El hombre que invente tal sustancia será considerado uno de los grandes benefactores de la sufrida humanidad.

    *Texto publicado por primera vez el 10 de octubre de 1931 en la revista Hears. La presente edición fue tomada del libro Si mi biblioteca ardiera esta noche, Editorial Edhasa, Barcelona, 2009.

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