Un piano de tonos rosas

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Para algunos ver a Michael Douglas y Matt Damond besándose tiernos, y realizando escenas sexuales era algo demasiado arriesgado de contemplar en los cines. La película es Behind the Candelabra (2013), del director norteamericano Steven Soderbergh, que aborda la vida del excéntrico y kitsch pianista Liberace desde el punto en que comparte algunos años de su vida con su amante Scott Thorson y hasta su muerte en 1987, y cuya verdadera causa —el SIDA— trataron de ocultar sus apoderados, tanto como se había hecho en vida con su homosexualidad, aun cuando todos hablaran de ella.

Veintiséis años después del fallecimiento de Liberace parece que la intención de no exhibir demasiado el tema continúa, pero esta vez desde la acartonada industria hollywoodense que se negó a producir la película, basada en el libro homónimo de Thorson, porque, como dijo Soderbergh, les resultó “demasiado gay” para apoyarla, no obstante que contara con dos actores prestigiados y taquilleros. Quienes sí se atrevieron fueron los de la cadena televisiva HBO, y a pesar de que la cinta —luego de ser presentada en el pasado Festival de Cannes— fue técnicamente estrenada como una miniserie o telefilme, y que por lo tanto ni tuvo el eco suficiente en las salas de cine ni mucho menos está nominada al Oscar, ya ha sido premiada por los Emmy, los Globos de Oro y el Sindicato de Actores de la Pantalla, lo que resalta más la censura y conservadurismo de los grandes señores del cine en Estados Unidos.

Wladziu Valentino Liberace nació en 1919 en Wisconsin, de padre italiano y madre polaca, y se encontró con el mundo unido a la dualidad; su gemelo muerto. Empezó a tocar el piano desde niño, y tuvo oportunidad de estudiar con el reconocido pianista Paderewski, pero con el tiempo sus presentaciones poco a poco lo fueron alejando de la interpretación tradicional para convertirlo en un showman que mezclaba lo clásico con lo popular, siempre de una manera recargada, chillante y egocéntrica. Y terminó siendo un espectáculo televisivo y de Las Vegas, con demasiada fama y dinero para fomentar sus caprichos y su estética de arte pop.

Ese gran personaje, ya en edad más que madura, que entraba al escenario en un Rolls-Royce, o incluso “volando” en algún momento gracias a un arnés; que se sentaba a tocar un piano recubierto de hoja de oro o de pedrería y espejos, sobre los que instalaba un gran candelabro; que portaba exuberantes trajes de lentejuela, larguísimas capas emplumadas y abrigos de mink, con las manos atascadas de anillos, fue al que conoció Thorson. Un muchachito que aspiraba a no ser más que un veterinario, y que en la intimidad convivió con el Liberace que necesitaba cirugías para sentirse joven, que usaba peluquín, que tenía implantes en el pene para poder funcionar en la cama, que a pesar de toda su fortuna, psicológicamente estaba subyugado por su madre, y que iba siempre en busca de nuevos jovencitos para hacerlos sus protegidos y amantes no declarados.

Y Thorson se volvió el hijo y pareja en turno de varios años, que tuvo que permitir que le hicieran cirugías a él también para parecerse a su mentor; que se volvió adicto a las anfetaminas para mantenerse delgado y después a la cocaína; que soportó las infidelidades de Liberace hasta ser botado de la casa; que lo demandó y sólo obtuvo 75 mil dólares de esa relación no reconocida, y que lo vio morir hecho una piltrafa ya sin la fantasía del maquillaje y la vestimenta, por una enfermedad estigmatizada desde siempre como una sucia culpa gay.

La idea de la película la tuvo Soderbergh alrededor de trece años atrás, cuando filmaba Traffic, y aunque se lo planteó a Douglas —quien en ese momento quedó extrañado de la propuesta—, la cosa no caminó por la desconfianza de financiar algo así. El mismo Douglas admitió, ahora con 68 años encima, que quizá veinte años atrás no hubiera aceptado el papel. Y es que en esta cinta vemos a una pareja de locas, interpretadas por dos actores que están en el estereotipo cinematográfico de los personajes varoniles y heroicos (en el caso de Douglas es casi dinástico, por las actuaciones de su padre Kirk Douglas).

Lo que se intentó y logró de gran manera fue precisamente salir de las fórmulas tradicionales autoritarias de la industria del cine estadounidense, y que obviamente repercuten en los demás países. No sin sarcasmo Douglas dijo que Hoollywood sólo es capaz de estrenar filmes que ya tienen “un número y con la palabra man en el título”. Por ello, tanto se ha hablado de la enorme migración que están haciendo actores, productores y guionistas a la televisión, que les ofrece la apertura y creatividad perdidas en el cine.

Al final, luego de que Michael Douglas admite que el negocio está cambiando, que considera un regalo el que lo hayan esperado para hacer un papel así después de enfrentar el cáncer, de que el tema gay continúa en polémica en todo el mundo, de que se vea en la pantalla no un chiste, sino a dos tipos en toda su humanidad; se aplaude el atrevimiento, pero en el ambiente queda el tufillo de la misma sociedad norteamericana puritana e hipócrita de siempre, que se jacta de libertaria.