Un grillo indomable

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Una borrachera de mezcal con tequila, un plato condimentado con mil especias, un abrazo fraterno que acaba rozando la sensualidad… así es el cine de Carlos Reygadas, que nos ha acostumbrado al estupor de saberse al borde de algo, uno nunca sabe bien qué, de conocer desconociéndonos. Y al final, nos sentimos estúpidos o privilegiados.
“Algunos creen que los planos lentos, largos, te hacen Tarkovsky, pero no”, me dijo una amiga cuando le pregunté su opinión sobre Reygadas: “tiene cosas buenas, pero es demasiado pretencioso”, sentenció. Creo que tiene razón. Pero también creo que su ambición es una virtud a la hora de construir proyectos como Post tenebras lux, más allá del resultado en cada espectador.
Desde su ópera prima, Japón, el cineasta mexicano dejó claro que su manera de hacer películas se aparta de lo convencional, con estándares, fracasos y aciertos propios, que mucho le deben a la escuela escandinava y oriental, pero enclavada en el contexto de un país con desigualdades, tanto sociales como espirituales y cosmogónicas en un mismo territorio. Reygadas hizo natural lo repugnante y épico el cotidiano acto de subsistir.
Con Batalla en el cielo, sin embargo, obtuvo respuestas simples, como considerarle irreverente, pornográfico, repulsivo, aunque dentro de la categoría contracultural permitida. Por el contrario, Luz silenciosa sorprendió a propios y extraños. Allí Reygadas armó un rompecabezas extraordinario, tan perfectamente bello, que pasará mucho tiempo antes de que se le deje de comparar a sus posteriores producciones.
Pero, ¿de qué se trata Post tenebras lux? Posiblemente de una pareja joven, con dos hijos, adinerada, que vive en una cabaña, en un pueblo en medio del bosque. Hasta ahí vamos bien: hay conflictos amorosos, dosis de desnudos, orgasmos y violencia. El problema empieza cuando los personajes nos muestran, sin incluirnos, su desgastada humanidad. Cuando el patrón subestima al trabajador, cuando la esposa se olvida del marido y se deja llevar por otros cuerpos en un baño de vapor, cuando la bisabuela reúne en fila india a sus bisnietos para repartirles sobres con billetes como regalo de navidad o cuando el padre consentidor en un ataque de furia golpea a su perra preferida.
Los planos lentos, la fotografía con lente distorsionado, los flash-backs, el diablo de animación digital que irrumpe al principio y final, el continuo chirriar de los grillos (que es de hecho un leitmotiv en Reygadas), todos tienen sentido, difícil de percibir para quien no acostumbra el ejercicio de contemplar la lluvia, el mar o los atardeceres. Pareciera por momentos que el director sigue el principio de Henry David Thoreau: “Preferiría sentarme al aire libre, pues el polvo no se acumula en el pasto, excepto donde el hombre ha horadado el suelo”.
El dividido fallo del jurado de Cannes, que el año pasado le dio el premio como mejor director por esta película, los actores desconocidos, los niños protagonistas (que son sus hijos), las fijaciones sexuales expuestas al menor descuido, los cabos sueltos de la historia, en fin, la mayoría de las críticas han sido parciales. Se olvidan que el sustento del cine de Reygadas son las dicotomías: salvajismo y ternura, vejez y sexualidad, infancia y decadencia, resplandor y tinieblas.
Como dijo el realizador en una entrevista para Letras Libres: es “el tipo de gente que cree que las películas tienen que ser de una forma determinada. Que hay que establecer la situación, presentar a los personajes, definir los flashbacks, etcétera. O que si una película es confusa debe quedar claro que ese es el tema: la confusión. Cuando esa gente ve algo distinto piensa que detrás hay un tipo que trató de hacer una película y no pudo. Básicamente, un inútil. Es un asunto de conservadurismo. No quiero decir que estoy rompiendo moldes: hay cientos de cineastas que han propuesto un cine distinto desde hace muchísimo tiempo”.
En Post tenebras lux no vemos al mejor Reygadas, pero sí podemos seguir el trazo de su introspección que, aunque desconcertante por ahora, dentro de poco mostrará un desarrollo pleno y esperanzador para el futuro del, en su mayoría mediocre, cine mexicano.