Tenemos un mundo menos hambriento

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    El editorial del semanario Science, del viernes pasado, fue escrito por Norman Borlaug, Premio Nobel de la Paz 1970 y padre de la “Revolución Verde”, que comenzó en México hace medio siglo. Señala que: “La próxima semana, más de doscientas publicaciones científicas alrededor del mundo publicarán simultáneamente artículos acerca de pobreza global y desarrollo humano -un esfuerzo conjunto para incrementar atención, interés e investigación acerca de estos importantes asuntos de nuestro tiempo. Unos 800 millones de personas todavía padecen hambre crónica o transitoria. En los próximos 50 años enfrentaremos la intimidante tarea de alimentar otros 3 mil 500 millones, la mayor parte de los cuales comienzan la vida en la pobreza. La batalla por aliviar la pobreza y mejorar la salud y productividad humanas exigirá un dinámico desarrollo agrícola.”
    Sólo que el Nobel de la Paz no cuenta con la inefable estupidez de nuestros legisladores, que han convertido en delito la sola experimentación con transgénicos y no logran entender que no hay alimento alguno que ellos consuman, quizá con excepción de la verdolaga, que no sea transgénico: el maíz es un transgénico del silvestre teosinto mejorado por los pueblos mesoamericanos y luego por la Revolución Verde que “comenzó en México a fines de los 1950s, se extendió por Asia durante los 1960s y 1970s, y continuó en China en los 1980s y 1990s.” Así lo escribe el premio Nobel y así lo dejo, porque es más fácil, correcto e inteligible que ese confuso “en la década de mil novecientos cincuenta”, sin plural y con letras, porque 1950 no es una década, es un año.
    Una buena noticia (mala para los fans del “estamospeor”) es que en sólo 40 años la proporción de gente con hambre en el mundo se ha reducido de ¡60 por ciento en 1960! a 17 por ciento en 2000. La Revolución Verde también trajo beneficios ambientales, sigue Borlaug: si los campos destinados por el mundo a cereales en 1950 todavía dieran el mismo rendimiento, habríamos necesitado cerca de mil 200 millones de hectáreas más para alcanzar las cosechas actuales.
    “Más aún, de haberse destinado a la producción agrícola tierras ambientalmente frágiles, habría sido desastrosa la erosión del suelo, la pérdida de bosques y praderas, la reducción en biodiversidad, y la extinción de especies silvestres.”
    La ignorancia de nuestros legisladores, sumado al oportunismo vil del Partido Verde, nos dejan fuera de la nueva etapa verde que celebrarán 200 publicaciones científicas del mundo entero. La única diferencia entre la manipulación genética realizada por los primeros agricultores sobre los pastos que originaron el trigo, la cebada, el arroz y unos milenios después el maíz, es que ahora sabemos por qué ocurre lo que ocurre: seguimos eligiendo genes, como los primeros chinos a orillas del Yang- tsé, pero en vez de medir en siglos el cambio, con sus consecuentes hambrunas, ahora lo podemos hacer entre una cosecha y otra. Los pueblos de Mesopotamia elegían los granos mayores porque descubrieron que a su vez producían granos mayores. El proceso estaba regido por el azar de la mutación.
    Ahora no es el azar, sino la decisión humana la que injerta un gen resistente a plagas o sequías, un gen de plantas más chicas y espigas más grandes. Llevamos al menos diez mil años haciendo lo mismo. Por eso tenemos manzanas y uvas de tamaño que nunca soñó un emperador romano, elotes que habrían asombrado a Moctezuma, y arroces en variedad enorme: para risotto, paella, arroz a la mexicana, para sushi.
    La ingeniería genética aplicada a las cosechas “desempeña un papel de creciente importancia en la agricultura mundial, porque capacita a los científicos a encontrar entre diversos géneros los genes más útiles para incrementar la tolerancia a la sequía, calor, frío, inundaciones, probables consecuencias del calentamiento global”, señala Borlaug. “La biotecnología será esencial para satisfacer la demanda futura en comida y biocombustibles.”
    Por supuesto, eso mismo nos pone ante problemas novedosos, como el ya enfrentado por México al elevarse el precio del maíz productor de combustible: ¿cuánto debemos destinar a sustituir gasolinas por etanol y cuanto a tortillas? Ya le vimos el fondo a nuestros pozos petroleros. Con capital podemos encontrar nuevos yacimientos… siempre y cuando existan. Cuba lleva decenios permitiendo a compañías extranjeras (allá sí pueden, aquí no) explorar su plataforma marina, sin resultados. “La batalla por dar alimento y seguridad a cientos de millones de gente en la miseria está lejos de haberse ganado”, concluye Borlaug en el editorial de Science.
    “Debemos incrementar la abastos mundiales de alimento, pero también reconocer los vínculos entre crecimiento de la población, producción de alimento, y sustentabilidad ambiental. Sin un mejor balance, los esfuerzos por frenar la pobreza mundial serán triturados hasta frenarlos”.

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