Stephen Hawking y la comunicación de la ciencia

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La semana pasada en casi todos los medios se habló de la semblanza y del trabajo realizado por una de las mentes más brillantes en el mundo: Stephen Hawking. Se han detallado sus aportaciones en el área de la astrofísica, en la que trabajó durante toda su vida, pero también su ejemplo de vida, al continuar adelante hasta ser un extraordinario científico a pesar de que se le diagnosticó esclerosis lateral amiotrófica desde los veintiún años, lo que paulatinamente redujo el control de todo su cuerpo a sólo la flexión de un dedo y al movimiento de sus ojos. Sin embargo, su carisma lo hizo llegar a un público mucho más amplio que el de los aficionados a las ciencias.

Hawking fue un revolucionario de la física, aportó grandes conocimientos sobre las ondas gravitacionales, los agujeros negros, la teoría del Big Bang y, por lo tanto, del origen del universo y del tiempo, también le interesó adentrarse al debate de la inteligencia artificial; apoyó diversos movimientos diplomáticos, cuyos objetivos fueran la búsqueda de la paz; y qué decir de las conocidas obras de divulgación que escribió, entre ellas Breve historia del tiempo, del Big Bang a los agujeros negros,  con un éxito tal, que lo convirtió en el libro de ciencia más vendido de la historia. Y es que Stephen Hawking supo trasladar el lenguaje científico al lenguaje popular. Sin duda, el conocimiento que compartió y su mente inigualable lo llevan a ocupar hoy un lugar en la historia de la ciencia y su divulgación.

Pero si no fuera por la tecnología, las ideas y conocimientos de uno de los científicos más brillantes se hubieran quedado guardadas para siempre. Hawking hizo uso de ella para superar las barreras de comunicación y sus limitaciones físicas.  Su vida fue un ejercicio de superación y del tendido de puentes para democratizar y retroalimentar los conocimientos científicos, es decir, hacer comprensible el lenguaje de la ciencia para la mayoría de la población.

Su ejemplo fortalece a todos aquellos que buscan un mejor desarrollo de la sociedad mediante la información científica, ya sea a través de la difusión de conocimientos relacionados con temas actuales, como por ejemplo los problemas medioambientales, o bien sobre nuevos hallazgos en los múltiples campos del saber humano. Recordemos que en la medida que la población se interese y tenga una mayor calidad de la información, interactuará de manera frecuente con el conocimiento, para comprender y participar en los entornos sociales y naturales en que se desenvuelve.

Impulsar la inspiración y el talento de personas que contribuyen a la ciencia y la tecnología, que innovan y desarrollan nuevos conocimientos, es una obligación de todos los niveles de gobierno y de las instituciones educativas, que incluye, sin lugar a dudas, la generación de espacios idóneos para la difusión y la divulgación científica, en este último caso, como una oportunidad para abrir un diálogo permanente entre quienes producen el conocimiento y aquellos que se benefician o, en su caso, sufren las consecuencias de sus aplicaciones.

Si queremos que la ciencia transforme al mundo, lo primero es hacer que los más pequeños se enamoren de ella, con programas de divulgación científica, como “Ciencia para niños” del CUCEI, que trabaja para que los chicos y jóvenes vean al conocimiento científico como algo cercano, útil y necesario, que estimula la imaginación, las ideas y el deseo para hacer de nuestro planeta, un espacio habitable y bueno para todos.