Sobre versos rimas y el poeta del Santuario

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    Lo que le da vida a un pueblo son sus creencias, su forma de interactuar, su folclor, sus tradiciones, pero también sus personajes. En las grandes ciudades ocurre algo similar; sin embargo, en éstas, la principal diferencia es que la urbe se divide en barrios. A pesar de que cada ciudad respeta y sigue su propia idiosincrasia, en cada barrio existen ciertas festividades, historias, leyendas y hasta tradiciones propias…
    Al igual que en los pueblos, en las ciudades también, de vez en cuando, aparecen personajes que identifican a cada barrio: son aquellos individuos que siempre transitan las calles haciendo algo que los caracteriza y dejan su huella en la gente, pues —como decía Carlos Monsiváis— le dan vida a la cultura, color local a los espacios urbanos y son parte por derecho propio de la cultura popular; esos personajes son la base misma de toda la cultura de un pueblo.
    Como “parte de la cultura popular”, el poeta Raúl Bañuelos califica la obra de Jesús Ibarra Paredes, mejor conocido como El Poeta del Santuario, a quien se le rindió un homenaje —por su décimo aniversario luctuoso— el pasado jueves 30 de junio, en el Museo de la Ciudad.
    El Poeta del Santuario fue —y es— uno de la ciudad, uno que representaba la esencia pura de la capital tapatía, sus versos evocaban la sátira mexicana y enarbolaban la belleza de la mujer, y se convertían en cantos puros de los barrios del centro. Sus palabras dedicadas a la muerte o a las cañas situaban a todos los lectores en las arterias que circundan el barrio del Santuario y enaltecían la típica comida de los puestos populares.
    El pasado jueves no fue una velada melancólica, más bien fue un anochecer lleno de risas. Diferentes voces de esta ciudad describieron y citaron las sabias palabras del Poeta del Santuario. El periodista Jaime García Elías resaltó la suerte del nativo del Rancho Popotes, municipio de Mezcala, y quien también fuera un ferviente aficionado de las Chivas Rayadas del Guadalajara, al no vivir “el suplicio de tener que regresar en bicicleta desde (el) nuevo estadio —que no conoció—” hasta El Santuario, arrastrando el oprobio de los recientes descalabros que ha sufrido el equipo rojiblanco.
    Al inicio del evento la luz del cañón proyectó al frente la imagen de Jesús Ibarra Paredes, quien aparecía en una entrevista televisiva. Al hombre que comúnmente se le veía montado en bicicleta, recitaba a viva voz sus versos, titulados “Adulterio”:

    Una tarde que asistí a un curso de literatura en el Cabañas, la maestra nos explicaba cómo se conjugaban los versos, entonces yo le pregunté:
    ¡Maestra, anoche tuve un romance con la mujer ajena, contarlo no me dio pena, pues era tan celosa, que enamorarme no valió la pena!
    ¿Eso es poesía?”
    “No le hagas al misterio, eso es adulterio”, me contestó.

    En ese momento ese verso se convirtió en un himno y se repitió con diferentes timbres, aunque las risas siempre chocaron con la misma fuerza; también sonaron las vivencias, los momentos en los que se le vio bailar el jarabe tapatío y su espontaneidad de hacer rimas hasta con un tinte de cabello, convertido en todo un intento de nuevo look fallido.

    La descendencia
    Omar era uno de los que estaban ahí desde temprano, y mientras los padrinos del evento leían las líneas que evocaban a su abuelo, él, con su pierna izquierda, estirada e inmóvil —debido a una ruptura—, traducía todo lo dicho a lenguaje de señas. Al finalizar la parte donde Helia García Pérez, Jorge Orendáin, Raúl Bañuelos y Jaime García Elías recordaban al personaje de la noche, Omar pasó al frente con sus primos y juntos leyeron una rima del abuelo.
    La noche ya había caído, a pesar de seguir en el horario de verano; los pilares que bordean el patio del recinto ya generaban sombras, no obstante que el cielo aún no era oscuro en su totalidad. Omar regresó junto con sus primos, Adrián y Tonatiuh, y aunque necesitara las muletas para poder desplazarse, no le costaba trabajo intentar sentarse sobre el escalón que se levantaba en cada columna del patio. Estando ahí, miraba fijo y del celular borraba algunos mensajes de texto y lo guardaba para después, con el ipod, tomar unas fotografías al tiempo que respondía la pregunta sobre el nerviosismo.
    —Cuando leí, no sentía miedo, sentía nervios, que es distinto.
    Y confirmaba su afición por las Chivas, cual si fuera la herencia del abuelo y lo presumía con la gorra que cubría su cabeza.
    —Me gustan las Chivas, y sí, sí me vendría en bicicleta desde el nuevo estadio, estaría cansado, pero chido.
    Las personas siguieron pasando, las palabras de don Jesús Ibarra Paredes seguían danzando en su velada, donde se aprovechó para ofrecer el mismo libro que hacía 15 años se había presentado en el mismo lugar, Rimas y ruimas ¡órale muerte, no te me entumas!, aunque, como mencionó García Elías, ahora el ahijado ya no estaba; sin duda, él se lo perdió.