Por una credencial de elector

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    A finales del mes de enero acudí al módulo ubicado en la calle Santander 2204, colonia Santa Mónica de Guadalajara a renovar mi credencial de elector. Había mucha gente, así que me informaron que regresara al día siguiente, lo hice pero sólo estaban atendiendo a quienes traían ficha del día anterior, por lo que me indicaron que regresara una semana después.
    Tenía el firme propósito de votar en estas elecciones a pesar de que nunca lo he hecho; todavía ahora desconozco el porqué de mi intención de ser un ciudadano que elija democráticamente a sus representantes, debe ser por tanta publicidad que invita a hacerlo.
    La tercera vez pasé a la sala de recepción donde había gente sentada esperando, pregunté a alguien sobre los trámites y dijeron que subiendo unas escaleras me darían información —a pesar que debiera haber algún tablero de información, pero no existe—. Empecé a subir, pero a medio camino salió una mujer que inquirió: “qué se le ofrece” (bueno, nunca supe si además tienen alguna miscelánea o venden otro tipo de productos por la desafortunada demanda), le expliqué que quería renovar mi identificación y empezó la minuciosa revisión y si bien el espejo me dice que soy latinoamericano, la “servidora pública” me imaginó europeo o asiático queriendo comprar una nueva identidad, pues todo estaba en orden, aparentemente… Cuando llegó al acta de nacimiento, me devolvió los documentos diciendo que ella “ocupaba” acta de nacimiento original; le expliqué que era copia certificada, pero de nada sirvió explicarle que el estado de Jalisco no tiene convenio con los estados de la Unión y que las actas de nacimiento originales tardan más de tres meses en llegar y que las elecciones son en julio. Se plantó en su demanda y con esto quedó evidenciada la primera premisa del típico burócrata: prepotencia.
    En un último y desesperado intento de hacer valer mis derechos y para no regresar por cuarta vez, le solicité hablar con alguien más. Se enfadó, había puesto en evidencia “su autoridad”. Subí a mi segunda apelación, me derivó con un chavo, me sentí aliviado, pensé: “es joven y quizá todavía no está contaminado”. Pues nada, otra vez una cuidadosa revisión y problemas al llegar al acta de nacimiento.
    Reclamó la original del acta, le mostré un tríptico donde se encuentran enumerados los requisitos, en donde se reza “…cualquiera de los siguientes documentos: credencial para votar”. Le mostré la credencial que les devolvería y le expliqué que por ser terminación 03 requería renovarla. Se puso a leer el volante, seguramente nunca lo había visto o buscaba otro pretexto, pero no había. Ahí se señalan claramente los requisitos, titubeó, podía aceptar la copia pero no, no hay humildad. Aceptarla sería admitir que un ciudadano común y corriente sabe mejor que ellos cuáles son las disposiciones de ley.
    Segunda premisa: ineptitud. Ellos son todo, son los que determinan quién sí tiene el derecho constitucional de demandar una identificación para votar y quiénes —como en mi caso— no. Me devolvió todos los papeles, la anterior credencial del IFE la boté al basurero, no sirve para nada. Sólo sirve para justificar la cacareada democracia que en nuestro país excusa el altísimo gasto público en sueldos a personajes sin escrúpulos.
    Deberían de expedir cartillas de identidad nacional y cerrar ese costoso e inoperante instituto —con minúsculas—-. Después de todo, si alguna vez a estos dos perfectos buenos para nada les dan alguna instrucción será para notificarles que las elecciones ya están arregladas, que de antemano ya está repartido el pastel, solamente montar el circo del proceso electoral… me quedó bien claro todo. Pobrecito México con una población aguantadora y resignada, y un gobierno feroz e insolente donde cualquier infeliz hace lo que le place sin consideración ninguna. La tercera y última premisa: corruptos, de mí dependía ofrecerles dinero quizás entonces, pero no, prefiero no votar (para qué) que seguir en el “jueguito” de arreglarnos por debajo de la mesa.