Para leer a Galileo

761

El Año Internacional de la Astronomía, propuesto en 2005 por el comité ejecutivo de la UNESCO y aprobado en la 78 reunión general, del 19 de diciembre de 2007, da pretexto para revisar materiales y textos relativos a Galileo Galilei, uno de los padres de la ciencia moderna y personaje central de las celebraciones, ya que hace 400 años dirigió un telescopio al cielo, lo que cambió radicalmente las ideas que sobre el universo se tenían.

En pos del telescopio
Hacia octubre de 1608, Hans Lipperhey, nacido en Alemania occidental –Wessel– y avecindado en los Países Bajos (Holanda), solicita la patente de un instrumento para observar objetos lejanos, aunque se ha publicado que probablemente el inventor de lo que ahora conocemos como telescopio fuera el catalán Juan Roget, según lo consigna la nota bibliográfica reproducida en:
http://www.raco.cat/index.php/AnnalsGironins/article/viewFile/53695/64129.
La noticia de la existencia de dicho instrumento llega al insigne pisano, quien ya había dado muestras de su habilidad como artífice de instrumentos científicos, pues en 1597 inventa el compás geométrico y militar a partir de las necesidades de sus clases de arquitectura militar y fortificación a estudiantes particulares, que sería modificado hacia 1599. Este dispositivo permitía calcular tasas monetarias de cambio, raíces cuadradas y determinar la carga apropiada para cañones de cualquier tamaño. En resumen, una temprana calculadora de bolsillo.
Copernicano convencido de tiempo atrás, aunque manifiesta mucha prudencia al respecto, considera que el telescopio puede administrarle los argumentos que necesita, y emprende la construcción de uno. El primero –de varios que hizo– tuvo seis aumentos; el siguiente que sale de sus manos tiene nueve aumentos y su calidad es tal que no deforma los objetos observados.

Convenciendo senadores
El 21 de agosto de 1609, en lo alto del campanile –a unos 100 metros sobre la plaza de San Marcos–, en Venecia, hace una demostración del telescopio por él construido a los senadores de dicha ciudad, según refiere Jean-Pierre Maury (Galileo, el mensajero de las estrellas; Aguilar Universal-Ciencias, Madrid, 1990, pp. 38-39). “Las escaleras son muchas y se hacen pesadas, pero los senadores no lo lamentan, ya que lo que descubren es un fenómeno prodigioso que supera cualquier cosa prevista […] Maravilloso en efecto: la iglesia de Padua, que está a treinta y dos kilómetros del campanile, a través del anteojo parece hallarse a tres kilómetros y medio. […] ¡Podemos imaginar el entusiasmo de los senadores! Galileo ofrece de inmediato su instrumento a la República de Venecia”.
Eran evidentes las posibles aplicaciones militares del telescopio. Los senadores confirman su cargo de profesor a Galileo y le duplican el sueldo. Ahora los que se autoduplican el sueldo son los consejeros del IFE, por no hablar de las ofensivas dietas de diputados y senadores en una época de supuesta crisis. ¿Acaso el “trabajo” de dichos políticos hará posible el desarrollo de la ciencia y tecnologías mexicanas que nos permitan evolucionar como sociedad?
Por lo pronto la Academia Mexicana de Ciencias da a conocer en el boletín AMC/028/09 (28 de febrero de 2009), que “El analfabetismo científico hunde a los países del tercer mundo en desocupación, deudas, miseria y dependencia”, según conferencia impartida recientemente por el doctor Marcelino Cereijido, investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados (Cinvestav), del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

Galileo divulgador
En la época de Galileo el latín era la lingua franca de la educación y la ciencia recién nacida en su sentido más amplio. Un estudiante o profesor universitario podía trasladarse de un país a otro sin mayor problema, ya que toda la enseñanza era impartida en ese idioma. Los textos de lo que ahora llamamos ciencia se escribían y publicaban en latín. Sin embargo, sólo los sacerdotes, universitarios y algunos nobles, lo sabían. En ese contexto podemos considerar revolucionario por parte de Galileo publicar sus trabajos en italiano vulgar, como escribe el destacado historiador de la ciencia, José Manuel Sánchez Ron, en la nota preliminar de la edición española de Diálogo de los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano (Biblioteca de los grandes pensadores, Barcelona, 2002): “El Diálogo […] (1632), libro universal donde los haya, es el instrumento que utilizó aquel gran pisano para presentar la lógica implacable de sus descubrimientos y razonamientos. Un instrumento absolutamente magnífico, en el que el científico se unía al expositor original […] además de al escritor que no dudaba en acercar sus ideas al conjunto de la sociedad, empleando, en contra de la costumbre entonces imperante en el mundo académico, la lengua vernácula, la lengua del pueblo”.
Además nos han llegado su Carta a la Gran Duquesa Cristina, publicada originalmente en latín e italiano, en 1636, en la que además de dar a conocer a esta influyente mujer sus ideas sobre las teorías de Copérnico, expresa su parecer sobre la religión y ciencia, en tanto partícipes del tema en esa época.

Blog de notas
La página del Proyecto Galileo es: http://galileo.rice.edu/index.html; aquí se pueden encontrar desde la biografía detallada, una cronología que comprende la vida de Galilei, su época y el calendario gregoriano, retratos, notas sobre ciencia y religión relacionadas con el insigne pisano, hasta una biblioteca virtual de temas galileanos.

* Licenciado en física adscrito al Instituto de Astronomía y Meteorología, del CUCEI. No es miembro de ninguna red.

Artículo anteriorRafael Nájar
Artículo siguienteDiscurso científico o moral