Paloma serpiente y… cerdo

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    Muchos no creen que pudo existir un asesino de Dios. Sin embargo, hace más de 100 años que un demagogo del dolor lo hizo. El pasado 15 de octubre fue el CLXIII aniversario del natalicio de uno de los filósofos más estudiados de los últimos tiempos, y aun así, la pregunta para algunos sigue en pie: Nietzsche ¿ha muerto?
    En una sentencia en verso, el creador de Zaratustra señala: “donde hay peligro, ahí estoy yo, ahí medro”, y es así que la presencia filosófica del individuo que propone al í¼bermensch (superhombre) no ha finalizado, ya que con el tiempo se ha plasmado más en las bocas de varios intelectuales de nuestra época, por mencionar algunos como Diego Sánchez Meca, Mónica Cragnolini, Giuliano Campioni, Tomás Pollán, Julio Quesada, Lisbeth Sagols, Gerardo Martínez Cristerna, entre otros, quienes a principios de octubre participaron en el Congreso internacional Nietzsche ¿ha muerto?, organizado por la Universidad de Veracruz, la Fundación Hombre y Mundo, la Universidad Autónoma de Madrid y la embajada de España en México, en Xalapa, Veracruz.
    A pesar del intercambio de ideas y del desbordamiento sobre Fritz, como sus amigos le llamaban, su filosofía sigue provocando la búsqueda de un pensamiento libre sobre la humanidad. No ha dejado de ser un gran contemporáneo, tanto que en la actualidad continúa vigente con su raciocinio dionisiaco. Algunos creen que contradictorio, otros que insuperable, pero ¿qué hay más allá del hombre que mató a Dios? ¿Qué hay de esa sensibilidad y de la finura que era como persona? ¿Hasta dónde llega su fuerza mental?
    El autor de Ecce homo (1888) se desplaza entre las sombras de una constante que abarca el dolor por sí mismo y el amor por la vida. Pareciera que es una contradicción, pero son recursos que propone para un equilibrio dentro del pensamiento humano. El dolor para Nietzsche era autosuficiente, inquebrantable, y es en este sentimiento en el que se desata como el peor y el mejor individuo, se autocritica y desarma, se valora y supera a sí mismo. Encontró dentro de su locura y sus aflicciones físicas la oportunidad para automedicarse. Se hospició dentro de ella para quedarse a formar los tejidos de su “voluntad del poder”.
    Lou Andreas Salomé afirma que Nietzsche renuncia por su propia voluntad a su unidad física y mental para convertirse en su propia herramienta de experimentación. Esto es provocado por el amor que encuentra al sentirse más complejo. Es por este motivo que en su filosofía Nietzsche se creó y destruyó por sí mismo. Nunca estuvo a expensas de otros, tanto de críticos como de familiares. Siempre estuvo en su soledad diurna solidificando su ritmo de vida.
    Supo cómo contenerse a las visiones de la sociedad: “a medida que envejezco me fascinan más las ideas y me atrae menos la gente”. Logró acumularse en su fortaleza mental, para transmitirla a todos.
    Nietzsche no sólo fue filólogo y filósofo, sino también músico y poeta. Aprendió de uno de sus más cercanos amigos, Richard Wagner, quien consideraba la música como una forma de exploración mental dentro de la vida, que más tarde, ya en la pulcritud de la adultez de Fritz, se convertiría en una enfermedad y para buscar la cura escribió El caso Wagner (1888) y Nietzsche contra Wagner (1889).
    Como músico no fue febril. Su poca cosecha abarca una infinitud de pensamientos y plantea otro nivel de exploración dentro de su filosofía. Musicalizó una poesía que le dedicó Lou Andreas Salomé, como amigo infinito, Gebet an das leben (Oración a la vida).
    Fritz no solamente se consagró como uno de los filósofos más grandes, sino que aplicó su ideología en sus poemas. Al leer sus máximas se contempla el lado en que guardaba sus más profundos deseos e ilusiones personales como individuo. Su pequeña galaxia, que siempre se vio perturbada por la hegemonía de su filosofía, permite descubrir su pasión por los mínimos detalles y saborear sus ocultos sentimientos personales hacia las cosas y las personas que quiso. Esto se puede apreciar en las varias series de aforismos que se encuentran en Así habló Zaratustra (1883-1885), en la poesía de La gaya ciencia (1882) y de Ditirambos de Dionisio (1888), entre otros póstumos.
    El discípulo de Schopenhauer ha otorgado un significado expansivo en su propia figura. Con esto trató de meditar que la fuerza imponente de su personalidad no era más que un recubrimiento, es decir, contaba con una gran sensibilidad y le preocupaba la sociedad, de forma acérrima, pero lo hacía: era el dominador, dominado por sí mismo, para los dominados. Se ahorcó con sus propias manos. En su enfurecida racionalidad no logró rescatarse de su impoluta desgracia.
    Nietzsche es un dolor propio, un dolor que sucumbe bajo su propia provocación, de su fuerza metafísica; lo que crea el hombre es el resultado de la ideología y de su crecimiento.
    Friedrich Wilhelm Nietzsche existe en sus sentimientos más prendidos, más escatimados, que se vuelven ruido para la visión y en ellos se logra contemplar la tranquilidad de un ser supervivo, colmado de ideales y emociones derramadas a lo largo de su tiempo. Se lleva entre la sangre su sentir y sus penares, incurables y en ocasiones, palpables. Un muerto dentro de un vivo, nostalgia que se extermina en el cerebro de un ser fugaz, fuerte, y a la vez débil, en la idea de lo que no es duradero.