Orhan Pamuk y el arte de la novela

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    En arte a veces ocurren debates benéficos. Un buen ejemplo de ello es el debate que Orhan Pamuk ha sostenido con Jorge Luis Borges sobre el valor literario de la novela. Para Borges se trata de un “desvarío laborioso y empobrecedor”. Desde esta perspectiva, el género del cuento breve es preferible, pues su efecto es equivalente al de una novela de quinientas o aun de mil páginas. Para Pamuk, por el contrario, la novela se trata de un género único e indispensable. Hace poco, en una entrevista, dijo que Borges “fingía no entender qué cosa es el arte de contar una historia. El hecho es que las novelas no son sólo construcciones metafísicas o estructuras imaginarias que tratan de trascender la realidad. Son también modos de generar y transmitir el placer de expresar sentimientos, describir ambientes, encontrar las palabras justas en el momento justo.” Esta respuesta a Borges bien pudiera encontrarse en El novelista ingenuo y el sentimental, un libro que reúne las seis conferencias que dio, en 2009, en la Universidad de Harvard.
    ¿En qué se basa la singularidad de la novela? En el hecho de que no sólo es un objeto intelectual, sino que también involucra todos nuestros sentidos. Pamuk rechaza la vieja teoría del héroe literario. La personalidad del héroe no es el conductor de la novela; la trama, más bien, depende de la relación de los personajes con el mundo que los rodea. Tan ligados están, personaje y mundo, que el novelista difumina el contorno entre ellos creando de este modo el “paisaje”. Es decir, según Pamuk, los pensamientos y estados de ánimo de los personajes influyen en los objetos y en el escenario. Para ilustrar esta idea, Pamuk cita el ejemplo de Anna Karénina leyendo en el tren. Como lectores sabemos de su tristeza no porque Tolstói nos lo dice, sino por la descripción que hace del frío y de la nieve visibles por la ventana del vagón. Otro ejemplo, esta vez de Borges, es “el grito inútil de un pájaro” que Erik Lönnrot oye, en La muerte y la brújula, antes de ser asesinado en la quinta de Triste-le-Roy. Cuando nos sumergimos en el paisaje de una novela, adoptamos el punto de vista de los personajes y experimentamos los pensamientos y las sensaciones que los atraviesan; y, al mismo tiempo, lo comparamos todo con nuestras propias vivencias. Pamuk compara el acto de leer una novela con vivir una “segunda vida”.
    Por otro lado, la novela se distingue del resto de géneros por el hecho de esconder en su interior un centro secreto. En una novela todo apunta a él. Todos los ambientes, todas las descripciones, todos los diálogos son pistas para que el lector pueda descubrirlo. El centro, esto es, una “exploración de un aspecto de la vida”, es el verdadero conductor de la trama. Una vez que lo hemos descubierto, estamos seguros de que la vida tiene un significado profundo, y la vemos desde otro enfoque. Dice Pamuk que buscar el centro de una novela es en realidad examinar nuestra propia vida. Yo, por ejemplo, cuando acabé de leer Anna Karénina no dejaba de preguntarme si todos los matrimonios que conozco son en verdad felices; tampoco dejaba de pensar en mi propia búsqueda de la felicidad. Un novelista escribe una novela con el solo propósito de expresar su visión del mundo, “y el resto es literatura”, diría Verlaine. Para Pamuk, una novela puede lograr los mismos efectos que la religión o que la filosofía. Una novela nos ofrece la posibilidad de analizar las decisiones que hemos tomado a lo largo de nuestra vida. Una novela nos enseña el arte de vivir.
    ¿Cuál es entonces la razón del desdén de Borges? Según George Steiner, el origen está en ciertas carencias como narrador que le impedían escribir una novela. Menciona, por ejemplo, la incapacidad de Borges para crear un personaje femenino que tuviera relieve. Sin duda, Borges sabía de estas carencias; quizá por eso se esforzó por ocultarlas al preferir el cuento. Una nota final: es curioso el hecho de que Pamuk haya tomado prestada la idea de centro secreto del mismo Borges.