Nuestra primera casa

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“Soy una nariz que huele el adobe de la casa de enfrente/ un patio y todas sus casas./ Una fotografía regañada,/ un trazo delgado en medio de la selva./ Una flor para el agua, para otras flores y/ no de las personas./ Soy una resina que lloró San Vicente” dice la traducción de uno de los poemas de la autora zapoteca Natalia Toledo. Junto a ella, existen millones de mujeres y hombres mexicanos cuyas primeras palabras poseen sonidos ajenos al castellano. En nuestro territorio permanecen vivas más de sesenta y cinco lenguas distintas, algunas de las cuales manifiestan su fuerza a través de miles de hablantes que las mantienen vivas no sólo desde la oralidad, sino también con la escritura. Otras, en cambio, parecen condenadas a la extinción. El pasado martes se celebró el Día internacional de la lengua materna. Instituido por la UNESCO, en este día se busca reconocer el valor e importancia que tiene esa primera casa que es nuestra lengua. 

En México se llevan a cabo encuentros, festivales y mesas de trabajo que convocan no sólo a hablantes de lenguas distintas al español, sino a historiadores y lingüistas, así como a narradores y poetas indígenas. El reconocido historiador Miguel León-Portilla fue el encargado de abrir las celebraciones con una conferencia inaugural que fue transmitida en el Colegio Nacional, en la Ciudad de México, ya que su estado actual de salud no le permitió asistir. En ella invitó a todos a proteger, tal y como se cuida de la biodiversidad, la diversidad de lenguas maternas. Continuó su disertación explicando que para sus hablantes, la lengua materna es su propia alma y la riqueza que significa la pluralidad de lenguas maternas para un país.

La evidente e histórica marginación en la que viven y sobreviven los pueblos indígenas en toda América, y particularmente en México, se vuelve aún más hostil cuando se les priva de una educación bilingüe. En nuestro país, los programas que buscan educar desde el bilingüismo siguen sin materializarse a cabalidad, lo que implica que los pocos indígenas que tienen acceso a la escuela no aprendan adecuadamente ni su lengua materna —en la que la mayoría de las ocasiones no podrán escribir—, ni tampoco el español. Esta situación los condena a seguir en contextos de explotación y marginalidad pues no participan activamente de la vida ciudadana.

Cada lenguaje posee las características únicas de una cultura, crecer con él y desde él supone dotar al hablante de sólidos puntales en los que soportar su propia casa: el pensamiento. La organización de nuestro mundo interior y también de la vida social ocurre gracias al lenguaje, con él damos nombre a lo que vemos y poseemos, a nuestras carencias, a los anhelos y también a las injusticias y los abusos. La descripción del complejo universo nacional no puede ocurrir si continuamos dejando de lado los saberes y experiencias de todas estas lenguas, que siguen sin integrarse formalmente a los programas educativos y tampoco a la vida institucional.

Para León-Portilla, si bien es necesario un lenguaje común, eso no implica el sometimiento del resto de las lenguas ni de sus hablantes, como sigue ocurriendo a diario en nuestro país. Si bien encontramos muchos signos pesimistas sobre el estado que guardan las lenguas indígenas en México, la cada vez más visible presencia de autores que escriben y publican en otomí, náhuatl, maya, purépecha, rarámuri y zapoteco, hace crecer la esperanza no sólo de la legitimación de estos importantes veneros de nuestra cultura, sino también del enriquecimiento de la literatura mexicana.