Neo se pone la sotana

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    Ayer, que minuciosa y casi religiosamente busqué una película digna de ver en nuestra sacrosanta cartelera comercial como quien busca a Dios extraviado en el cosmos infinito, me di cuenta de que los milagros existen. Neta: no es ni choro ni cine. Y miren que aquí su humilde servilleta se encuentra muy lejos del reino de los cielos (ojo: no vayan a creer que por eso estoy cerca del averno tan mentado), pero mi agnosticismo natural (o ateísmo provocador, según los fieles y arrebatados soldados de la verdad celestial), siempre abierto a nuevas experiencias y posibilidades, terminó de experimentar algo semejante a un milagro, que bien pudo ser algo parecido al azar. Cuestión de enfoques. ¿Será que mi capacidad de creer está medio llena o medio vacía? Qué se yo que en poco creo, salvo en la curia del yo-yo que, eso sí, mientras haya fuerza motora mediante, sube y baja irremediablemente. Fue entonces que, hallando una prueba fehaciente del divino poder providencial del Señor Hollywood –léase bosque sagrado–, una luz apareció en el periódico que sujetaba en mi manos, como si el periódico fuese libro sagrado y háganle como quieran, inundando la habitación con una luminosidad santa, tan grande que me provocó la duda, siempre la maldita duda, sobre qué soy, de dónde vengo y a dónde voy. Pero, hábil y rápidamente, apliqué un dribbling maradoniano (no cabe duda de que Dios existe, Dieguito), con túnel y sombrerito incluido, y le eché la culpa (como fiel chamula que en lugar de pedir, regaña a su santo patrono favorito) de los efectos especiales al inmaculado espíritu de Spielberg y tan tan, porque la paz es conmigo. En fin: que cuando pensé que me toparía con san Pedro y habría de pedir perdón el resto de mis días a todo aquel al que hice dudar sobre sus respectivas y absurdas creencias más allá de la muerte, cuál fue mi asombro teologal que solo me topé con un título fílmico al que le traía ganas, no se cuántas, pero casi tan ganoso como ese peregrino que gastó hasta el último peso para asistir a las exequias del Santo Padre y ver, si diosito se lo permitía claro está, el rostro de Karol por vez última y primera. Y a todo esto ¿cómo se llamaba la cinta? Constantine (Estados Unidos, 2005), un filmtainment que atrapa tu atención como lo haría un miracolo, miracolo. Y es que más allá de la entramada trama, vi el renacimiento del Neo de Matrix, pero con sotana oscura y nicotínica.

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    Que quede claro que no soy afecto a la milenaria lucha del bien contra el mal, por lo menos no desde el inequívoco punto de vista de la cristiandad, tan bien publicitada por su mejor publicista: la iglesia católica. Porque en ese enfrentamiento entre Dios y Satanás, dos de los más ególatras y dictatoriales seres que mi capacidad de entendimiento tiene como tales, solo existe el blanco y el negro, y no hay pía (ni mía) sociedad que acepte la lógica posibilidad de los tonos grises. Pero en esto de creer y no creer no hay lógica que valga, sino la fe ciega, que aunque puede ver, solo ve lo que quiere. El caso es que en Constantine, dirigida por Francis Lawrence y escrita al alimón por Kevin Brodbin y Jaime Delano, a partir de un cómic de culto cuasipagano con el mismo nombre, surgieron muchas de estas disertaciones (que de ser creyente me merecerían el castigo del más nefasto dolor por el resto de la eternidad, si es que no me lo gané desde que este monje sin hábito, pero con uno que otro vicio, decidió no solo poner en duda sino negar la Palabra de dos –mis padres, quienes sin ánimo de chingar, tuvieron simplemente y a bien enseñarme las enseñanzas religiosas que a ellos les enseñaron–). Durante la película salieron a flote muchas de estas ideas sobre el origen y el destino de la humanidad, donde los demonios andan sueltos (Mario Ruiz Massieu dixit) y los soldados de Dios, esos ángeles, que ni son santos ni dioses ni humanos, sino todo lo contrario y revuelto, demuestran que la suya chamba está de hueva. Pero más allá del bien y del mal de todo esto, Constantine tiene varias virtudes: un excelente personaje (John Constantine) atormentado, adicto al tabaco, chupador, enfermo terminal, exorcista ad hoc las circunstancias y los violentos métodos por él utilizados, que deambula por la vida espantando a los espantos que se meten en los de carne y hueso, como lo hicieron con Linda Blair en su momentum, todo porque se quiere ganar su entrada al cielo por haber cometido en un instante de debilidad en su vida uno de los pecados más pecaminosos de todos. ¿Cuál? Vean el filme y descúbranlo ustedes mismos. Así, este personaje curiosísimo, rodeado de una pléyade de curiosos personajes, y que a pesar de conocer a Dios y al diablo en persona aparenta ser el más ateo de los agnósticos, te llevará de la mano por una historia tan entretenida como inverosímil, que promete varias entregas más en el futuro, como si la promesa fuese el ticket de ida, pero no de vuelta, al Nirvana de Dios.

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    Quien vea en John Constantine (Keanu Reeves, digo ¿podría haberlo interpretado otro?) símiles y paralelos con el Neo de la grandiosa Matrix (solo la primera y a mi parecer única parte, porque el pecado que la segunda y tercera cometieron en relación con su antecesora no tiene nombre ni precio) no estará muy equivocado que digamos. Y no solo por el personaje, sino por varios de los excelentes recursos técnicos aplicados (calcas patentes de los poderes del Aquel virtual y el Este terrenal) y varios injustificados justificativos que lleva la sangre derramada de su historia, y no precisamente por todos nosotros. Pero más allá de los B moles, ¿está buena o mala la película? Lo mismo contestaría sobre qué es lo correcto e incorrecto del bien y el mal. Pero sin duda yo la recomendaría, para que luego no digan que qué gustos (y no-creencias) las mías. Y nada, que tiene lo suyo, pero francamente tiene lo de otra, y tan solo por eso vale la pena autoinflingida, cual monje que se lacera a latigazos y cree que así encontrará el camino de la verdad y la salvación. Bueno, también vale la gloria de verla para recordar que, cierto o falso, aquello del bien y el mal está más vivo que nunca, pero como una metáfora, no como nos lo quieren vender desde el Vaticano. Es decir, los malos y los buenos siempre han existido y existirán. Si no, pregúntenle a los promotores del más nauseabundo desafuero por todos conocido (y eso que se dicen creyentes de cepa y hasta soldados del Señor). Sin embargo, hay quienes estamos seguros de que esto no es solo un atentado contra la democracia, contra el voto libre de los ciudadanos que votamos por el Mesías de petatiux, pero simpático Peje, contra el futuro del país, contra el divino destino y contra lo que se nos ocurra, sino que es una señal divina. Pues sabemos que mientras AMLO aguante canela, como lo hizo John Constantine o Neo contra los malosos de Malolandia, todo puede ser posible, como la esperanza de un verdadero cambio. O como ese cómic escrito por un colombiano pletórico de fe, paz y cielo asegurado, donde Juan Pablo II funge de superhéroe (al más puro estilo de los dos personajes tan similares y al mismo tiempo tan distintos que interpreta Reeves, mal actor, pero que tiene un algo y por eso está donde está) y ensotanado con crucifijo en mano, combate a los miembros de la Liga del Mal de una manera poca ortodoxa, cuyos poco ortodoxos métodos, al más puro estilo de la Santa Inquisición, acabarán con la vida, y no-creencias, de quien ose poner en duda la existencia y palabra de Dios. Me queda el consuelo del asombro, porque cuando uno piensa que la vida toma rumbo hacia las cloacas de los tres metros bajo tierra, casos como este y el que vive el país te recuerdan que la vida vive. Y cómo. Tanto como decir: es que el show debe continuar.

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