Madres canguro

757

El bebé nació de manera prematura. No estuvo en el vientre de su madre ni siete meses: solo duró 31 semanas. En los siguientes días tendrá que ganar peso y estar pegado a la madre el mayor tiempo posible. También deberá recuperar el calor que le faltó.
Sentada en el área de neonatología, del Hospital Civil “Fray Antonio Alcalde”, Idalia Torres Villalvazo mira con ternura a su pequeño, que esconde dentro de la blusa. Apenas logra moverse, aunque de vez en cuando estira su frágil brazo, como si quisiera saludar o acariciar el pecho de su madre.
Ella luce cansada. Ya son 13 días de acudir diario a dar calor y leche a su bebé. Como el niño apenas pesa un kilo 300 gramos, “todavía no es conveniente darle pecho”, a fin de que no pierda energías en succionar el alimento. Por esto extraen leche a la madre, misma que luego dan a su hijo mediante una pequeña sonda.
“Lo percibo como si todavía estuviera dentro de mí. Estoy sintiendo de nuevo sus latidos, su pulso, su calor”, dice optimista la mujer, mientras esboza una leve sonrisa.
El pequeño todavía carece de nombre. “Solo tiene mis apellidos”, dice mientras asoma detrás de su rostro unas enormes ojeras que denotan los desvelos de los últimos días, además de manifestar síntomas típicos de una madre que ha dado a luz un niño prematuro. “Me sentía culpable por no haber dado el tiempo suficiente a mi hijo, pero ahora estoy reponiéndolo, porque aún está inmaduro”.
Ella desea pasar el mayor tiempo posible con su hijo. “¿Qué otra cosa podría querer más?”. Sin embargo, tiene que salir del lugar, aunque luego regresa puntual, cada tres horas, cuando “le toca comer al bebé”.
Como el pequeño espacio donde están otros ocho niños casi en la misma situación resulta insuficiente, tampoco tiene permitido dormir ahí.
Espera con paciencia a que den de alta a su hijo y a que ella termine de recibir su entrenamiento, mismo que permitirá, como una incubadora ambulante, simular el estilo de crianza de los marsupiales: llevar al niño en su vientre las 24 horas, “hasta que quiera salir de ahí por sí solo”.
Una enfermera interviene para sacar de la blusa de la madre al pequeño, pues “se está yendo para abajo”.
“No tenga miedo. Agárrelo con confianza, ándele, así, súbalo para que asome su cabecita”, dice la enfermera, quien toma al niño con la familiaridad que dan los años, para que pueda ser fotografiado.
Originaria de Puerto Vallarta, Jalisco, Torres Villalvazo ha tenido una larga convalecencia desde que se rompió su fuente. Después de cuatro días y con un inminente riesgo de infección “por rotura prematura de membranas”, tuvo que someterse a una rápida cesárea para evitar que pudiera morir o perder a su hijo.
“Me vine sola, porque mi esposo está trabajando en Puerto Vallarta. Uno de los dos debe laborar, pero además tiene que cuidar a mis otros dos niños.
“Nunca pude tenerlos de manera normal, y digo nunca, porque mis otros hijos también nacieron por cesárea, y ya me ligaron. Por esto ya no podré tener más niños”.

Madre-canguro
El hijo de Torres Villalvazo es uno de los mil 200 niños prematuros que en siete años, lapso que tiene el programa Madre-canguro, han sido atendidos en el Hospital Civil “Fray Antonio Alcalde”.
Solo tienen con registro y han dado seguimiento a 820 infantes, “porque muchas madres desertan del programa o regresan a sus ciudades de origen”, explica la doctora Laura López Vargas, responsable del proyecto.
“La idea consiste en que la mamá sustituya a la incubadora, porque la mejor fuente de calor es el humano. De esta manera el bebé prematuro permanecerá todo el tiempo con su madre, como hacen los marsupiales cuando tienen a sus crías y terminan su maduración en estrecho contacto, piel con piel, con su progenitora”.
A lo largo de estos siete años han comprobado las bondades del proyecto, pues la mayoría de los niños que ahora ya tienen cinco, seis o siete años, presentan “mínimos problemas”.
“En general están bastante estables, luego de pasar por altos factores de riesgo mientras estuvieron en terapia.
“Por supuesto, hay niños con algún déficit neurológico, pero son rehabilitados bien, de manera que tienen posibilidades de cumplir con un desenvolvimiento natural en todas las áreas”.
La mayor virtud del programa Madre-canguro radica en su “intervención temprana”. Esto impide que un niño enfermo permanezca en una terapia intensiva prolongada y separado del contacto directo con su madre, quien, a final de cuentas, estimulará su recuperación.
“Cuando el niño oye de nuevo el corazón de su madre, cuando la huele, la escucha o la siente y permanece con ella todo el día, es capaz de desarrollar su sistema inmunológico y hormonal, de despertar sus capacidades y obtener una pronta recuperación, algo que no ocurre en una incubadora”.
La mayoría de los niños prematuros tratados con este programa “tienden a lograr una estabilización idéntica a la observada en un pequeño nacido de manera normal. La diferencia radica en la estimulación o rehabilitación oportuna que podamos lograr en los bebés, así como en las atenciones que brinden sus padres dentro de la dinámica familiar”.

Madres en crisis
De acuerdo con López Vargas, las madres que gestan niños prematuros, sobre todo las primerizas, deben ser atendidas con mucha paciencia, ya que, por lo general, entran en una fase depresiva aguda.
“Suelen presentar una severa crisis de angustia, estrés e impotencia, por sentir que no pudieron proveer a su pequeño de todo lo que necesitaba, además de experimentar culpa, denominador hallado en la mayoría y en algunas con tanta intensidad, que caen en un duelo interminable”.
Los sentimientos de crisis y culpa pueden experimentar una intensificación, si a cada rato los parientes recuerdan a la madre todas las advertencias y consejos que le hicieron, algo que también ocurre “cuando los médicos carecemos del tacto para dar un buen trato a las mamás, sobre todo si el bebé está en fase crítica”.
La gestación normal requiere entre 37 y 40 semanas. Los nacimientos de niños con 28 a 36.6 semanas son considerados prematuros; de 25 a 28, extremadamente prematuros, y de 21 a 24, alumbramientos en estado crítico, etapa en la que suele haber un alto índice de mortalidad.
El 85 por ciento de los nacimientos prematuros es ocasionado por infecciones de los órganos femeninos, mientras que el 15 por ciento restante, por incontinencia del útero. Del total, 25 por ciento de los casos corresponden a madres adolescentes, rango que abarca a mujeres de 13 a 18 años.
“El caso más crítico que hemos tenido fue un niño de 26 semanas. Resultó difícil, pero ahora está bien. Solo tuvo como secuela una retinopatía, es decir, debe usar lentes especiales para corregir un defecto en sus ojos”.
—¿Cuál es la actitud y respuesta de los padres a este programa?
—Bastante buena. Uno debe entender el estrés y la angustia que atraviesan. Les hacemos sentir que su ayuda hará más fácil la rehabilitación de los niños. Al principio algunas muestran renuencia, pero después la mayoría logra sensibilizarse, de manera que terminan por integrarse al programa.