Los santos difuntos de Helnwein

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    El retrato de una niña contempla por ambos flancos la Plaza de la República. Tiene cara redonda y morena, los ojos como avellanas, una mano vendada sobre el pecho cubierto con una blusita azul con escarolas. A pleno sol de un día rezagado del verano en octubre, mira el campamento ya deslucido de los estudiantes del movimiento #yosoy132, los toldos blancos de una feria de artesanías y unas centenas, quizás millares de payasos que marchan con sus zapatos enormes, sus caras pintadas, sus trompetas y sus cabriolas mientras gritan que quieren paz. Es como estar en medio de un espejo.
    Ella es uno de los Santos inocentes, la exposición de retratos infantiles que alberga la galería subterránea del Monumento a la Revolución, en el espacio que se encaja en los cimientos del domo estilo Art Déco que remata la plaza. En la entraña se traza un laberinto de pilotes de acero remachado, estrechos pasillos desde cuyas paredes nos miran más niñas en claroscuros tan expresivos como sus rostros serios, a veces rodeados de vendas, a veces con el vestido manchado de sangre, a veces sosteniendo un sagrado corazón, un cáliz o un crucifijo.
    “Son fotografías de niños mexicanos que el artista hizo inspirado en México y las iglesias del centro [de la capital]”, dice la empleada eficiente que regula el flujo de visitantes hacia el tubo de cristal que los eleva al mirador, hacia el Museo de la Revolución, la cafetería Adelita o la galería del sótano.
    Dice “niños” no por la corrección gramatical que pide el género amplio cuando en un grupo hay al menos un elemento masculino, como es el caso: sólo un niño entre un puñado de niñas que se repiten en distintos semblantes, posiciones.
    Lo dice porque Gottfried Helnwein, el autor de todo esto, ha dicho más de una vez que tiene una conexión especial con los niños, que no se entiende tan bien con los adultos. Así los traducen siempre: “niños”, aunque en el inmenso corpus de su obra son las niñas las protagonistas. La razón viene de la brecha entre los idiomas: en alemán kind es una palabra que no es femenina ni masculina, sino neutra. Das kind sirve lo mismo para ambos sexos, no hay diferencia. Por eso pasa desapercibida la prominencia de niñas en sus imágenes. Quizás no sea tan relevante la distinción, pero sin ella se diluye un indicio evidente y sutil al mismo tiempo de la veta de la que proviene su trabajo y su talante: el romanticismo.
    Por lo general, sus niñas son pálidas como las heroínas desvaídas del siglo XIX, y están manchadas de sangre como una especie de femme fatale trocada: de victimaria a víctima. En el Museo Nacional de San Carlos, estas niñas dominan la muestra en cuadros de gran formato que cuesta trabajo creer que estén hechos al óleo y acrílico. Son tan realistas que las pestañas se distinguen entre sí, y los poros de la piel parecen respirar. Hay que hacer un gran esfuerzo por creerle a las fichas que señalan la técnica, o aguzar el ojo para hallar las pinceladas, casi imperceptibles. De hecho, la técnica de Helnwein es tan perfecta que las fotografías de sus cuadros parecen fotografías directas de las modelos.
    “Este cuadro se llama Las siete virtudes, es del pintor flamenco Pieter Kempeneer, de aproximadamente 1550, y forma parte de la colección del Museo de San Carlos”, dice un aprendiz de guía. “Ahora di por qué inicia la exposición con este cuadro”, le responde la maestra.
    Según el catecismo, las virtudes del cristiano se dividen en dos grupos. Las virtudes cardinales son prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Las virtudes teologales son fe, esperanza y caridad. Y así se llama la exposición: Fe, esperanza y caridad.
    El cuadro manierista de Kempeneer es el eslabón –perfectamente forjado– que le da sentido a la presencia de Helnwein en la antigua Academia de San Carlos, un impresionante edificio neoclásico poblado por esculturas blancas del siglo antepasado, hechas a imitación del arte griego y latino.
    A simple vista no se aprecia con tanta facilidad, pero algo une al voluptuoso San Sebastián atravesado de flechas con las madonas en negro y cyan, con el Mickey Mouse pérfido, con la reinterpretación nazi de La adoración de los magos en la que unos solemnes oficiales admiran a un bebé desnudo en el regazo de una belleza aria del tipo de Heidi Klum o Greta Garbo. Los une el sufrimiento.
    “Yo no he vivido en México, por lo que tengo una visión externa. Sin embargo, lo que sí reconozco es el sufrimiento humano. Puedo ver que la misma tragedia se repite, y esa tragedia es provocada por la codicia y la falta de respeto a la dignidad del ser humano, la falta de respeto a los niños. Este es el verdadero mal”, dijo Helnwein en entrevista a la revista Esquire.