Los muertos que hemos dejado de ver

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    El año pasado terminó de manera particularmente violenta. En el sur de Asia se produjo una de las catástrofes meteorológicas más lamentables de la historia. Jamás sabremos la cifra exacta de los muertos del tsunami asiático, pero con seguridad estará arriba de los 150,000.
    Con el afán de dar una idea de las proporciones de este acontecimiento, recordemos nuestro terrible terremoto de 1985, que arrojó la altísima cifra de 10,000 muertos.
    Es cierto que las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando versan acerca de tragedias como las mencionadas. Sin embargo, no podemos dejar de sentirnos apenados cuando nuestro país ha recibido ayuda internacional en las penosas ocasiones que la hemos necesitado y nuestro gobierno no atinó a destinar más de 100,000 dólares para Asia. Se puede ser pichicato, pero lo que no se vale es ser miserable.
    Hoy quiero hablar de tragedias no espectaculares para los medios y su público: me refiero a las muertes violentas en México, o sea, las producidas por causas ajenas a las naturales, esas que dejan una marca indeleble en las familias que no solo han perdido a un ser querido, sino que sufrieron actos violentos que no olvidarán mientras vivan.
    Me refiero a los muertos por homicidio, que año con año elevan su número a una cifra superior a la de los muertos a causa de terremoto; me refiero a los muertos por accidentes, los que por descuido o negligencia terminan en las páginas rojas, para goce del morbo de enfermos; a los individuos que tras haber recibido severas heridas, fallecen después sobre la cama de un hospital, tras de angustiosas agonías.
    La cifra de todas las muertes violentas en México no es pequeña, ya que de acuerdo con el INEGI, en 2001, 51 mil 370 mexicanos fallecieron por causas violentas.
    Esta cifra (la de un solo año en México) es equivalente a un tercio de una de las peores tragedias mundiales. Para esos mexicanos no contó la expectativa de vida en este país, arriba de 70 años, puesto que terminaron por sucumbir ante lo que pudo ser evitado.
    Una parte importante de esos 50,000 compatriotas que ya no están con nosotros, no se vio favorecida por los supuestos avances en la lucha contra el crimen que nuestras autoridades reportan, ya que el 20 por ciento murió por homicidio, en un país cuya policía no los protegió y donde el sistema judicial les negó la justicia a no pocos de sus deudos.
    A muchos especialistas les parece negligente que las autoridades de Somatar no hayan atinado a activar la señal de alarma ante el inminente tsunami. Yo pregunto, ¿qué tan negligentes son nuestras autoridades municipales, cuando ni siquiera les cuadran las cifras acerca de una delincuencia que, según dicen, va disminuyendo? ¿Qué tan negligentes son los encargados del transporte, cuando ya preparan la enésima alza a las tarifas y premian la bestialidad de los minibuses que cada semana cobran nuevas víctimas?
    Los muertos de Asia podemos achacarlos a causas naturales, pero los muertos de México no tienen un solo culpable, sino muchos: abarca no solo a los delincuentes y a los negligentes que asesinan dolosa o de forma irresponsable, sino también a las autoridades, más preocupadas por maquillar cifras que por perseguir criminales, más interesadas en mantener a sus amigos en cargos de seguridad a nivel secretaría, que por exigirles que deslinden su responsabilidad ante linchamientos de policías o reclusorios ingobernables.
    Dicha lista abarca a los que ven complots antes que realidades, pero también nos involucra a nosotros (a usted y a mí), que nos callamos y con esto permitimos que las autoridades negligentes gocen a causa de nuestro silencio y modorra cívica.
    Esos 50,000 mexicanos ya no se encuentran entre nosotros y cada año se les unirá una cifra similar, gracias a que sus compatriotas, nosotros, no estamos preocupados por cambiar las cosas al respecto.

    * Coordinador de la maestría en gestión pública, CUCEA.