Las Grandes miradas de Alfonso Cueto

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    Vladimiro Montesinos, asesor de Alberto Fujimori, tenía el poder judicial a su servicio, menos a uno de sus jueces. La historia que cuenta Alfonso Cueto en su libro Grandes miradas, de editorial Anagrama, habla de ese juez. Ahora que Alberto Fujimori ha anunciado su intención de reelegirse, resulta más interesante acercarse a la historia reciente del país invitado a la XIX Feria Internacional del Libro en Guadalajara (FIL).
    “Fujimori es una aberración moral, un personaje monstruoso. No creo que una persona con un mínimo de decencia colabore con él. Me parece terrible ver personajes que están a favor de su regreso. Es patético que gente como Fujimori y Alan García sigan teniendo una cierta presencia en la escena política. Increíble que gente como esa se recicle”.
    Cueto lamenta que los latinoamericanos poseamos una cultura tan patriarcal, sin una relación en la que el grupo sea el fuerte, no el gobierno. “Hacemos pactos familiares, pero no sociales. Sin la base social no se puede resolver nada”. La tragedia para América Latina consiste en que goza de gobiernos fuertes y sociedades débiles.
    Alfonso Cueto acudió a la cita con Gaceta Universitaria una tarde de ese invierno peruano en el otro lado del hemisferio, cuando no dejaban de caer escuálidas gotas que los limeños llaman “garúa”, y que nunca llegan a más, porque en Lima dicen que “nunca llueve”.
    En el barrio residencial de Miraflores, Cueto, de entrada y antes de hablar del libro que presentará en la FIL, suelta el gozo que provoca el encuentro con los lectores:
    “Estoy contento de participar, porque encontraré amigos, personas que hace mucho no veo, y todo en torno a las aficiones que nos convocan: los que cuentan historias y quienes las leen. En una ciudad tan antigua, con una gran tradición, y que además quiero mucho, a donde fui numerosas veces de joven. Eso me da una alegría adicional, porque Jalisco es la tierra de un escritor al que yo admiro: Juan Rulfo. Restableceré mis relaciones”.
    Ya en el tema de su libro, advierte que los hechos narrados en Grandes miradas son reales. El juez César Díaz Gutiérrez, que en la novela se llama Guido Pazos, era amenazado frecuentemente por los servicios de inteligencia al mando de Montesinos, incitándolo a liberar sentencias absolutorias a favor de su gente. Al final fue torturado y asesinado.
    Este es el filón de la historia reciente de Perú que Cueto aprovecha en su narración: la zaga de Gabriela, novia de Guido y quien decide buscar a los sicarios, incluido Montesinos, para matarlos.
    Es la persecución de venganza de una mujer, su rebelión y el corte abrupto en su vida, aquella en la que esperaba casarse y ser feliz con su marido. Se trata de una joven que exploró el fondo de sí misma hasta encontrar las energías, las raíces del mal que van a permitirle cobrarse la deuda, dice el autor. La novela es el viaje de una mujer tranquila hacia el mal, que florece hasta convertirla en una persona violenta, destructiva y seductora. “Es un proceso de erotización y tanatización, ya que busca el sexo al mismo tiempo que la muerte”.
    El devenir de Gabriela se intercala con escenas en las que aparecen Fujimori y Montesinos, lo más real de la historia. Un Montesinos que el escritor dibuja muy bien en sus páginas. Es “fascinante hasta cierto punto, maligno. Un tipo que acostumbraba grabar a todas las personas a las que corrompía en el momento justo de entregarles el dinero como una forma de someterlas, dominarlas y tenerlas a su disposición”.
    Irónicamente, estos hechos lo hicieron caer. En medio de su desquiciada perversión y sus manías de grandeza, Montesinos era ingenuo: confiaba en lo ilimitado de su poder, explica el limeño nacido en 1954.
    Una enorme videoteca era el tesoro más preciado del doctor Montesinos, quien se regodeaba con su imagen en la pantalla cuando sobornaba a la gente. Los videos también incluían escenas sexuales. “Era un voyeur de sí mismo, un Narciso, un hombre solitario que partía de una definición: el ser humano es esencialmente corruptible, comprable. Decía que es imposible no encontrar personas que puedan ser pervertidas por el poder del dinero o del sexo, cuerdas fundamentales del espíritu”.
    El escritor desgrana los matices de uno de los sujetos centrales en el régimen fujimorista: “Montesinos creía que sometiendo a los medios de comunicación, al Poder Judicial y a los militares, tendría el poder del Perú siempre. Incluso hay rumores de que contaba con grabaciones de otras figuras de la política latinoamericana y española, ya que su ambición era ilimitada”.
    Y continúa analizando la abrumadora figura del hombre que ahora purga una pena en una cárcel de máxima seguridad en Perú. El ex asesor presidencial, explica, olvidó que ese modelo de un ser todopoderoso –al que él aspiraba– se ha vuelto imposible en una sociedad donde la tecnología ha proliferado. Así como él grababa, a él lo grababan. Confió en que nadie lo traicionaría. Hasta que alguien de su confianza entregó el material a un canal de televisión por cable. Fue muy cándido.
    Alfonso Cueto sentencia que ya no puede haber dictadores en América Latina como hace 50 años, un Trujillo, un Pinochet. El dominio de la prensa se extiende mucho mas que antes. Lo que el poder tenía como su arma, ahora es un arma contra el poder (los medios).
    Para escribir Grandes miradas el autor visitó la oficina que ocupaba Montesinos. Todos sus espacios. Hasta el baño. Es importante, justifica, familiarizarse con esos lugares donde todo connotaba poder: brillo, colores chillantes, muebles enormes. Grotesco. Como de nuevo rico.
    Este personaje procedía de una familia de clase alta venida a menos, mientras que Fujimori pertenecía a una familia de clase baja emergente. En algún momento de la escala social, el que asciende se topa con el que está descendiendo, y nace un pacto entre ellos para asumir el control.
    Fujimori vio en Montesinos alguien que le informaría de la gente de clase alta; este vio en Fujimori un operador político. Sabía que si caminaba a su lado, encontraría otro presidente para continuar en el poder, aunque siempre en las sombras.
    Cueto quiso explorar hasta qué punto es posible escribir una novela con personajes y nombres reales, con datos más o menos fidedignos, esos que reconstruyó desde las probabilidades, no con certezas, sobre todo cuando se refiere a diálogos entre el ex presidente y su asesor.
    A los funcionarios les aterraba la idea de que hubiera un golpe de Estado o un atentado. Se volvieron paranoicos. En especial Fujimori. Una persona con poder, descubre el autor limeño, se vuelve más vulnerable. De ahí que Fujimori mandara construir prisiones de alta seguridad.
    En su novela Cueto habla de las visitas frecuentes que Montesinos hacía al líder terrorista Abimael Guzmán en la cárcel. Se sentía atraído por él, “ya que era un genio del mal, pero un genio”.
    En cuanto al posible regreso del dictador, Cueto opina que muchos consideran a Fujimori como un salvador gracias a una tradición autoritaria de los latinoamericanos, quienes buscan un individuo que los “salve”. Esta es “una de las grandes lacras de nuestra sociedad, lo cual demuestra el profundo escepticismo que tenemos de ser nosotros quienes ordenemos nuestra vida. Siempre creemos que debe venir alguien de afuera para hacerlo. En esa medida Fujimori continúa siendo atractivo para algunos”.
    Al exhibir a estos personajes en su obra, el novelista se ganó unos cuantos enemigos. Hasta recibió “dos o tres llamadas amenazantes, anónimas”. Sin embargo, lo conmovió el acercamiento que tuvo con la familia del juez, gente honesta y agradecida de que alguien haya pensado en su hijo.
    Y añade: “el hecho de que tú y yo estemos conversando ahora se debe a personas que en algún momento cumplieron con su deber y hoy en día descansan en tumbas que nadie visita”, como citaba George Elliot.
    Grandes miradas acaba de ser llevada a la pantalla grande bajo el título de Mariposa negra. Es su primera novela hecha película. Es muy fiel al libro, dice. La dirige Francisco Lombarde, uno de los cineastas más reconocidos por sus adaptaciones de Pantaleón y las visitadoras, y la Ciudad de los perros, de Mario Vargas Llosa.