La violencia

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“El agresivo nace, el violento se hace”, afirma José Sanmartín Esplugues, filósofo, escritor español y director del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia.

El también catedrático universitario asegura que nuestra “agresividad es un rasgo en el sentido biológico del término”. Es decir, se trata de una cualidad evolutivamente adquirida, en tanto que la violencia es una característica específicamente humana que suele traducirse en acciones intencionales que tienden a causar daño a otros seres humanos. Por lo tanto, agresividad y violencia no deben entenderse como sinónimos.

La primera forma parte de nuestra naturaleza animal, es un determinante biológico y forma parte de nuestros mecanismos de supervivencia. Somos agresivos por instinto frente a un entorno que se nos presenta de forma hostil, de la misma forma en que son agresivos el resto de los animales. La diferencia radica en que mientras los demás animales no llegan a causarse la muerte de manera deliberada, nosotros los humanos sí lo hacemos y podemos incluso llegar al extremo de disfrutar con ello.

Así, la violencia debe analizarse como un producto de la evolución cultural.

La Organización Mundial de la Salud define a la violencia como: “El uso intencional de la fuerza o el poder físico (de hecho o como amenaza) contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”.

Por su parte afirma Sanmartín Esplugues, en su libro La violencia y sus claves, que  entre los muchos contextos en que la violencia se manifiesta, resulta preocupante uno en particular: las pantallas del cine y de la televisión; porque desde su posición de violencia virtual ejercen una fuerte influencia en la violencia real y en particular, en la violencia de que hacen gala las jóvenes generaciones.

En su informe La violencia juvenil en México, publicado en agosto de 2013, el Banco Mundial analiza la situación, el marco normativo y la política pública sobre la violencia juvenil en nuestro país. Destaca que poco más del 38 por ciento de las víctimas de homicidio durante los últimos diez años sean jóvenes y que más de la mitad de los delitos cometidos en 2010 fueron perpetrados por jóvenes de entre 18 y 24 años.

Las disputas entre las bandas y organizaciones del crimen organizado dedicadas al narcotráfico es una de las principales causas del aumento en la violencia. En 2006 las organizaciones dedicadas al narcotráfico fueron responsables de 32 por ciento de los homicidios intencionales, para el año 2010 fueron responsables del 63 por ciento, casi el doble. Según el Banco Mundial, uno de cada cuatro mexicanos ejecutados durante la guerra contra el narco es joven.

Lo que nos lleva a preguntarnos ¿Cuánto del comportamiento violento que presenciamos a diario es instigado por un ambiente social donde se respira y se experimenta violencia en diversas modalidades?

Tantas veces fue el cántaro al río que un día se rompió. De este modo no resulta extraño que la violencia esté permeando distintos ámbitos de la vida social de forma progresiva. En días pasados, lo que hemos visto en los estadios de futbol forma parte de esta extensión de la violencia.

Los responsables directos de todo esto van desde los medios de comunicación, que instigan rivalidades deportivas mal entendidas, hasta un sistema de seguridad y justicia mexicano que se caracteriza por su altísima ineficacia que da carta de naturalidad a la impunidad, pasando, por supuesto, por directivas de equipos y de asociaciones profesionales deportivas que nada o muy poco hacen para prevenir y desalentar la violencia en sus estadios. ¿Es suficiente una multa de 2.2 millones de pesos? ¿Es suficiente una nueva disposición legal para evitar la violencia en los estadios? Creo que no.