La vida es pelar cebollas

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Esta era una vez una niña que vivía a un lado de un panteón, en Michoacán. No tenía ni un juguete. Tenía que jugar con piedras, zacate, tierra y olotes. Por las tardes, su mamá se iba a misa y la dejaba sola con sus hermanos mayores. La asustaban. Le contaban de los muertos que enterraban en el panteón y a ella le daba mucho miedo quedarse sola con sus hermanos.
A pesar de ellos, la niña encontró sus diversiones: corría en el campo, trepaba árboles, agarraba animales, hacía pastelitos con lodo y vestía olotes con las hojas del maíz, como si fueran sus vestidos. Era una niña pobre, pero feliz.
Un día, su vida cambió. De Michoacán se la trajeron a Guadalajara. En la ciudad, por fin tuvo sus muñecas, ropa, zapatos, casi todo lo que quería. Pero nunca, lo que siempre deseó: aprender a leer y escribir.
Su papá la llegó a sacar de las greñas cuando se animó a ir a la escuela por su cuenta. Esa tarde su padre le dijo: “Tú vas a trabajar en la casa. ¡Las mujeres son para mantenerlas, no para andar en las escuelas!”
Siempre envidió a sus amigas que sabían leer y escribir.
Cuando su papá la escuchaba hablar el purépecha, idioma original de Michoacán, la hacía callar porque no le entendía. Él era de Jalisco, pues.
La niña creció, pero no mucho. A los 18 años se la ‘robó’ un muchacho. Tan solo dos años después tuvo una hija, a la que le contaba este mismo cuento. Como no sabía leer ni escribir, no le quedaba otra más que relatar a su hija, Micaela, la historia de su propia vida.
Pero la historia de la niña Paula Bautista no termina ahí. Ya tiene 28 años. Es corpulenta. Tiene el pelo negro, largo, amarrado en una cola de caballo, cachetes saltones y coloreteados. Ojos chiquitos. Dice que tiene sueño, que acaba casi de levantarse. Son cerca de las 6 de la tarde.

Capas y capas
Paula trabaja por las noches. En el mercado de Abastos. Vive en la colonia Miramar, hacia el sur de Guadalajara, cruzando el periférico. Se dedica a pelar cebollas, “para que la gente compre la cebolla limpia y para que se la puedan llevar a las tiendas grandes”.
La noche anterior peló lo que había en 16 “arpillas” –costales–. “Es poquito”, dice, “casi siempre nos tocan entre 20 y 30 arpillas, nada más que nos pusimos en huelga”.
Explicó que las cebollas tenían muchas capas y que tardaban demasiado en lograr los 400 gramos que debían pesar esos cebollones. El patrón les quería pagar los mismos 12 pesos por cada costal que vaciaban. “¡Pero cómo, si es más trabajo!”, reclamó Paula junto con las otras 15 mujeres purépechas.
Está desvelada. Apenas durmió tres horas. “Imagínate. Llegar, hacerle el desayuno a la niña, lavar, llevarla a la escuela. Hasta la tarde puedo dormirme. Y eso, si me dejan. Ya viene alguien a buscarme o me pongo a hacer otras cosas”.
El ruido que hay en la casa no la molesta. Cae “pero si bien cansada”. Viven entre las mismas paredes sus hermanos mayores, que le sacaban sustos en Michoacán, su mamá, sus cuñadas, los hijos de sus cuñadas y su hija.
La zona metropolitana de Guadalajara es un punto de atracción para varias subregiones, entre estas de Michoacán, de donde provienen familias purépechas como la de Paula.

Planeación
El rector del CUCEA, Jesús Arroyo Alejandre, quien desde la década de los noventa investiga la migración de los mexicanos hacia Jalisco y Estados Unidos, explica en un estudio que las comunidades indígenas no cuentan con una planeación económica, lo que genera la migración hacia zonas más productivas.
“En los municipios rurales y pequeños, dadas sus características presupuestarias y sociales, no se cuenta con el dinero ni el factor humano que pueda llevar a cabo un ejercicio racional y profesional de planeación. Su alternativa es solicitar ayuda a los gobiernos estatales, que los apoyan con la elaboración de sus planes. Sin embargo, es frecuente encontrar apoyos estatales dirigidos sobre todo a dar forma a los aspectos de inversión pública, sin tocar los sociales, culturales, políticos o de gestión social en cada municipio.
“En lo que respecta a los grupos indígenas y su organización, estos se encuentran lejos de la figura tradicional del municipio, ya que a través de éste se impone un sistema de relaciones institucionales ajenos a su cultura. Sobra decir que los sistemas de planeación actuales están descontextualizados de los territorios donde habitan grupos indígenas”.
Paula espera narrar pronto a su hija Micaela un cuento. Le acaban de regalar: Juguemos a leer, versión lecturas y versión ejercicios.
Le dijeron en el DIF, ubicado en El colli, que en siete meses podrá leer bien, “y escribir más o menos”.
La historia de Paula no terminó como alguna vez le dijo su padre… nadie la mantiene. Se prepara para una jornada más en el mercado de Abastos. Para pelar las cebollas que pueda. Al menos con su trabajo puede pagar a su hija lo que ella nunca tuvo: educación escolar.
Mientras tenga los 12 pesos por cada “arpilla” de cebollas que pela, también le podrá hacer a Micaela su fiesta de cumpleaños, para que destroce la piñata que ella nunca golpeó y para que se embarre el rostro con el pastel que ella nunca mordió.