La realidad en blanco y negro

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    Mientras los ingleses y los norteamericanos bombardeaban Belgrado un domingo de Pascua de 1944, para tratar de liberarla de la ocupación nazi, el padre de Charles Simic se divertía gritando: “Los norteamericanos están tirando huevos de Pascua”, aún cuando toda la familia corría aterrorizada al sótano. Lamentarse de la “miserable puntería” de los aliados que hacía que los serbios desearan alejarse de sus buenas intenciones, era tan normal para Simic como la conducta de su padre: “No importa cuán sombría fuera la situación, siempre encontraba algo chistoso que decir”. Tarde o temprano Simic tendría que admitir la herencia. Autor criado en el absurdo de la guerra y el exilio que pega parches de ironía a su obra: “Al mismo tiempo hago de todo un chiste y un asunto serio es para honrar el eterno conflicto entre la vida y el arte, lo absoluto y lo relativo, el cerebro y la panza, etcétera. Ninguna filosofía basta para superar un dolor de muelas… Por ahí va la cosa”.
    Esto se consiga en El flautista en el pozo. Ensayos escogidos, libro editado en 2011 y que reúne textos de Simic publicados a lo largo de 30 años, y en los que yace el trabajo de quien es ante todo un poeta, pero que a través del uso de una variada prosa termina por crear la poética de sí mismo. Libro en el que no se espere encontrar ni la predicación del intelectual ni la horizontalidad de la forma. El collage resultante de la autobiografía, los cuestionamientos filosóficos y artísticos, la ficción, el humor y la innegable desgracia, tienden a la coherencia, en tanto que se amalgaman sin perder su diversa cualidad: “Siempre me han gustado las cosas fragmentadas, que son trozos y pedazos. Creo que carezco de paciencia para tomar una sola dirección”.
    A pesar de ello, Simic le ha dado unidad a su trabajo, a base de la postura comprometida, de la congruencia del arte con su tiempo: “Al igual que cualquier otra persona, el poeta es parte de la historia, pero debe ser una parte consciente”.
    Atormentado por la crudeza de la guerra y la apatía de la posguerra, éstas jamás se apartarán de él. Son experiencias a las que no puede evitar evocar en su obra, pues “la forma en que eso me permite crear, no es mía, pertenece a esos recuerdos”, que aunque irónicos no dejan de contener crueldad: “Me quedé asombrado cuando lo detecté por vez primera mientras escribía los poemas. Toda esa violencia. Y pensar que me considero manso […] Es una especie de intento patético y pervertido por sentir”.
    Por eso dice Simic que la poesía siempre será su tema para atajar la locura de quien “tiene los medios para asesinarnos a mí y a todos los que amo sin previa advertencia”, temiendo que “nuestra situación sea terriblemente incierta, ambigua […] No digo ‘seria’, porque también hay algo de risible en nuestro predicamento […] Quiero que la poesía refleje toda esta variedad de contradicciones”. Escribir poesía, en un mundo que no escucha, puede volverse un “acto de desesperación”.
    Hundido en el pozo inmenso de sus páginas, y queriendo guiar la verdad a ciegas, Simic adquiere una obscena vigencia: “Uno quisiera decir algo acerca de la época en que vive”, pues ninguna se salva de “injusticias y sufrimientos inmensos”, y hay que “enfrentar la historia de la vileza humana”.
    El flautista en el pozo, hecho a través de la mano del traductor y poeta Rafael Vargas, quien se ha dedicado a publicar a Simic desde 1979, es un libro indispensable para acercarse al pensamiento y la vasta obra de este autor yugoslavo adoptado por Estados Unidos desde su adolescencia, que se conjunta a tal punto en esa cultura que dice: “Me siento como un perfecto extraño en cualquier otro país, por no hablar de mi lengua materna: el serbocroata, en la que me siento absolutamente incómodo”.
    En este libro se encuentraan las reflexiones sobre la poesía de Emily Dickinson, Vasko Popa y Benjamin Péret, porque lo que quiere ponderar Simic es que “se presente lo conocido en términos de lo desconocido” e incluso con la mirada oblicua del absurdo.
    Pero si hay alguien en quien suma la búsqueda artística el serbio en estas páginas, es en Pablo Neruda, del que dice poseía “un audaz desdén por la continuidad lógica y las ideas convencionales”, además de la posibilidad de recrear en todo un asunto poético, donde quepan más allá de las afirmaciones, las dudas y las impurezas; yo agregaría que la ingenuidad en la desgracia.
    Dice Simic en las memorias de sus años en la Yugoslavia invadida por los alemanes: “Mi infancia es una película en blanco y negro […] Describo una era de oscuridad”, y recuerda cómo jugaba con sus amigos a la guerra fingiendo que se ametrallaban, aunque esto sacara de quicio a los adultos, porque ya era demasiada la violencia real en el mundo.