La guerra de castas

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El 30 de julio se cumple el 168 aniversario del inicio de la rebelión maya en la península de Yucatán, conocida como la Guerra de castas. Se trata del movimiento de insurrección indígena más prolongado que logró amenazar de forma real el orden establecido durante más de 300 años en aquella aislada región de México. Es uno de los episodios de la historia nacional menos conocido y que aporta valiosos elementos sobre la naturaleza y alcance de la lucha que los pueblos originarios han dado por alcanzar su libre autodeterminación.

Durante el periodo colonial los mayas fueron sometidos a una férrea explotación y un inhumano control por parte de los españoles y criollos, que mantenían la posesión de las tierras y el monopolio del uso de la violencia. Tan brutal era el régimen, que al término de la invasión española sólo sobrevivieron alrededor de 300 mil mayas y para 1700 este número había quedado reducido a menos de la mitad.

Durante la época colonial y aún después de consumada la independencia, los levantamientos armados en la península de Yucatán fueron frecuentes. Tal vez el más famoso de ellos fue el encabezado por Jacinto Canek, en 1761, en el poblado de Cisteil; esta revuelta fue sofocada rápidamente y su líder torturado y asesinado de manera cruenta, como escarmiento.

Sin embargo, la indignación y el anhelo de libertad no pudieron ser extirpados.

A mediados del siglo XIX, tres líderes mayas planearon una nueva insurrección: Manuel Antonio Ay, de Chichimilá; Cecilio Chí, de Tepich y Jacinto Pat, de Tihosuco. Pero el gobierno de Yucatán, encabezado por Santiago Méndez, se percató de una enorme concentración de indígenas armados y pertrechados en la hacienda Culumpich, propiedad de Jacinto Pat, a 40 kilómetros de Valladolid. En respuesta y con la intención de disuadir cualquier intento de rebelión, detuvieron, trasladaron a Valladolid, juzgaron y ahorcaron en la plaza pública a Manuel Antonio Ay, bajo el cargo de instigar la sublevación maya. A esto le siguió la persecución de líderes y la represión en contra de la población, que llegó hasta el poblado de Tepich, a finales de julio de ese mismo año.

Cecilio Chí no tuvo más opción que actuar y el 30 de julio de 1847 atacó y tomó Tepich. Su primera acción tras la toma del poblado fue ejecutar a todos los blancos. Jacinto Pat se incorporó desde el sur con sus tropas y juntos tomaron el control del suroriente de la península. Un año después, la guerra se había extendido por toda la península y por momentos parecía que los mayas lograrían alcanzar el triunfo.

El levantamiento se prologó por 54 años y oficialmente lo declararon extinto hasta 1901, a pesar de que las condiciones sociales y económicas que lo originaron no las habían resuelto aún.

Luego de los sucesos en Tepich, el gobierno aplastó a los líderes mayas de Motul, Nolo, Euán, Yaxcucul, Chicxulub y Acanceh, pero para ese momento los asentamientos del sur y oriente de la península habían sido tomados por los insurrectos, y los criollos, mestizos y españoles que habitaban en ellos habían sido ejecutados.

El 21 de febrero de 1848, una vez que la rebelión se había propagado hasta Izamal, Valladolid y 200 poblaciones más, los mayas bajo las órdenes de José Venancio Pec, asaltaron Bacalar y ejecutaron a la mayoría de sus habitantes; solo algunos que huyeron hacia la Honduras Británica, asentándose en la población de Corozal, salvaron la vida.

El gobierno yucateco, aun bajo el riesgo de perder la soberanía, solicitó ayuda a los gobiernos de Estados Unidos, Cuba, Jamaica, España e Inglaterra para sofocar la rebelión. El presidente norteamericano James Knox Polk simpatizó con la idea de intervenir y anexar Yucatán al territorio norteamericano, pero el Congreso norteamericano rechazó y anuló tal pretensión.

Luego de sus fallidas gestiones en el exterior, el gobierno yucateco se vio obligado a realizar diversos intentos de negociación. La primera respuesta positiva que recibieron fue de parte de Jacinto Pat, que acuartelado en Tzucacab, puso como condiciones para el cese de las hostilidades: 1) que él fuera reconocido como Jefe Supremo de todos los mayas de la península; 2) que los agricultores mayas pudieran sembrar maíz en tierras baldías sin necesidad de efectuar pago alguno; y 3) que toda contribución personal de los mayas hacia los caciques blancos fuera eliminada.

A mediados de 1848, el gobierno de Yucatán sólo mantenía el control de algunas poblaciones de la costa y del camino real hacia Campeche. Ante tal desventaja, el entonces gobernador Manuel Barbachano aceptó la propuesta de Pat y firmó los tratados de Tzucacab, que además de lo ya mencionado incluían: la dispensa de los acreedores de sus deudas, la reintegración de todos los fusiles requisados a los mayas y la reducción de los pagos a la iglesia por los servicios de bautismo y casamiento.

Cecilio Chí no reconoció el tratado y la paz no llegó. Hacia finales de 1848, el gobierno mexicano envió dinero y tropas al gobierno yucateco a cambio de su plena incorporación a México. Con estos nuevos bríos fueron recuperados varios núcleos en manos de los rebeldes y realizaron nuevos intentos de negociación, pero ninguno prosperó.

Continuaron la lucha los cruzoob, quienes erigieron una verdadera nación maya, con ejército y gobierno propio en el sureste de la península (gracias a la venta de armas por parte de los ingleses y al apoyo del gobierno de Honduras).

Solo hasta la firma del acuerdo Spencer-Mariscal quedó limitado el tráfico de armamento, y las hostilidades declinaron.

En 1901 las tropas federales mexicanas tomaron el poblado de Chan Santa Cruz, acto con el cual oficialmente fue declarada extinta la rebelión maya.

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